Menos de 10 años duró el planetario Severo Díaz Galindo de Guadalajara, dice el artista plástico Rubén García Mendoza, autor del mural El macro y el microcosmos, que le daba carácter al inmueble y del cual sólo quedan fragmentos. Durante su gestión como alcalde de Guadalajara, Alfonso Petersen Farah comprometió el edificio y negoció con una compañía española el proyecto de Puerta Guadalajara, por lo que el planetario fue desmantelado… pero la empresa no cumplió.
Rubén García Mendoza detuvo su auto a la altura del edificio que durante años albergó al planetario Severo Díaz Galindo, sobre Periférico Norte. Entre los escombros encontró fragmentos de su mural, El macro y el microcosmos, planeado para ser el más grande de Jalisco y que inició en 2003 a petición del extinto patronato de ese organismo.
La obra no se terminó. El artista plástico apenas pudo distinguir en medio de la maleza algunos de los viejos trazos que realizó con el apoyo de Homero Regla. Sobre la derruida pared se observaba un fragmento de su obra e indelebles rayones de graffiti.
El mural se fue a la ruina con el desmantelamiento del planetario durante la administración del panista Alfonso Petersen Farah (2007-2009). El alcalde cedió el inmueble de Periférico Norte 401 a la constructora española Mecano América en un trueque desventajoso para el ayuntamiento, pues le entregó los mejores terrenos de la ciudad a la inmobiliaria para erigir en ese entorno su desarrollo insignia Puerta Guadalajara, con una inversión cercana a los 600 millones de dólares.
A cambio de ello, los empresarios hispanos se comprometieron a entregar a las autoridades oficinas, un área comercial-habitacional, una escuela, un hospital y la supuesta rehabilitación del planetario.
El 3 de julio de 2007 la Gaceta Municipal publicó el decreto en el que da por desaparecido oficialmente al organismo público descentralizado denominado Patronato del Centro de Ciencias y Tecnología Planetario Severo Díaz Galindo, a la par que ordenó transferir todo su acervo a la Dirección de Cultura.
Los acuerdos no se cumplieron porque la empresa se declaró en quiebra en 2012; el 5 de diciembre de ese año las comisiones de Gobernación, Patrimonio Municipal y Obras Públicas del ayuntamiento cancelaron el proyecto inmobiliario. No obstante, el planetario ya estaba desmantelado desde antes.
En el edificio donde estuvo sólo hay ruinas y hierbas. En las paredes y en los antiguos techos hay grietas y las decenas de columnas están manchadas con graffitis. El entorno es refugio de maleantes y drogadictos.
García Mendoza no supo cómo se desmanteló el planetario porque entre 2005 y 2010 se fue a trabajar a la región de Los Altos. Dejó la ciudad con la convicción de que su obra sería rescatada, dice, pues así lo dijo Eugenio Arriaga Cordero, director de Cultura de 2007 a 2009.
Cuando regresó a Guadalajara en 2010, el artista plástico se enteró de que el PRI recuperó el ayuntamiento de Guadalajara, poniendo fin a 15 años de gobiernos panistas. Por esas fechas su mural estaba a punto de reventar, dice a Proceso Jalisco.
Y aun cuando el deterioro del mural era avanzado, refiere, todavía se podía rescatar. Él intentó hacerlo, incluso habló con Sandra Carvajal Novoa, quien era la directora de Museos, Bibliotecas y Centros Culturales de la Secretaría de Cultura de Guadalajara.
“Cuando me entrevisté con ella estábamos a tiempo de proteger el mural, pero las autoridades hicieron caso omiso y no movieron un solo dedo para protegerlo”, comenta García Mendoza.
La obra podía desmontarse porque se pintó en bloques de mármol con una técnica aerográfica que le imprimía un campo de visualización en tercera dimensión. Para su creación, el artista estudió la mitología egipcia y se adentró en composiciones esotéricas:
“Me basé en uno de los principios universales del filósofo Hermes Trismegisto, ‘el tres veces grande’, quien plasmó sus ideas en El Kybalión. Uno de sus siete principios es: así arriba como abajo, de ahí el macro y microcosmos que le dio título al mural”.
Se inauguró el 3 de octubre de 2003. En el acto estuvieron funcionarios y artistas locales, como el escultor Alejandro Colunga y el pintor Armando Anguiano, así como escuelas e integrantes del patronato del planetario. Ese día, recuerda García Mendoza, se develó una placa, se tomaron fotografías, se repartieron cócteles y un trío amenizó el encuentro.
El “impasse” legal
Rubén García Mendoza estudió artes plásticas en la Universidad de Guadalajara, de donde egresó en 1983. Sus murales pueden observarse en el Palacio Municipal de Tepatitlán, el museo de Paleontología y en el Morton Collage de Chicago, Estados Unidos.
Es preferible trabajar para instituciones privadas e incluso conventos porque son más agradecidos, comenta. Desde hace unos meses diseña un mural en el santuario de Santo Toribio Romo, el mártir cristero que venera la población alteña en Jalostotitlán.
Con cierta amargura recuerda que durante los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, el gobierno de Emilio González Márquez rechazó la participación de los artistas locales en la justa. Menciona que él llevó al comité organizador de los juegos una propuesta para hacer dos murales, uno con rosas y otro con material reciclable.
Y aunque hubo cientos de propuestas y, según la convocatoria, había 3 millones de pesos para esos proyectos, “ninguno fue aceptado”, comenta.
El año pasado el planetario aún se anunciaba en el portal del ayuntamiento de Guadalajara como uno de los principales atractivos de la ciudad, con horario de 9 a 15 horas de martes y sábado, y cuyo costo de entrada era de 6.50 pesos para niños y 12.50 para adultos.
Entrevistado sobre el tema, el secretario de Cultura de Guadalajara, Ricardo Duarte, asegura que el proyecto se encuentra entrampado en un proceso legal para recuperar el inmueble y dice que nada puede hacer, pues eso le corresponde al área de Patrimonio y Dirección Jurídica.
Santiago Baeza, quien fue director de Cultura de Guadalajara de 2004 a 2006, señala que el planetario, creado en 1982 como organismo público desconcentrado, prácticamente nació muerto. Los empresarios nunca tuvieron injerencia en su administración y su infraestructura nunca se actualizó.
“Básicamente desde que se inauguró y hasta que se cerró mantuvo siempre los mismos equipos para que la gente los usara. Yo creo que 20 años después este equipo ya era obsoleto. Esto hizo que la gente lo abandonara, pues no tenía la posibilidad de tener ingresos propios”, comenta Baeza.
A lo anterior se sumaron las fallas de construcción, pues el museo se erigió sobre mantos freáticos. Tal fue el descuido, asegura, que los trabajadores usaban el domo donde se proyectaban los documentales como tómbola para la entrega de premios durante las posadas navideñas.
“Nunca lo pudieron reconstruir. Y así se deterioró el espacio; al final optaron por cerrarlo”, dice el exfuncionario.
Sobre el patronato, comenta: “Estaba armado únicamente entre gobierno e instituciones académicas. ¡Imagínate!: el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología, la UdG y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, pues quién le iba a invertir dinero. Entonces, la responsabilidad estaba recayendo totalmente en el ayuntamiento, pero cuando yo llegué, el lugar no era rentable, pues generaba un costo muy alto y ni brindaba el servicio que la población esperaba”.
Para Baeza, el abandono del planetario contrasta con el éxito taquillero del Zoológico de Guadalajara, ubicado en el mismo cuadrante. Ambos nacieron casi a la par, dice, como si se tratara de hermanos gemelos, sólo que uno creció sano y fuerte, mientras el otro “básicamente nació moribundo”.
“Hasta donde tengo información, el Zoológico de Guadalajara es el único organismo público descentralizado en el estado que desde un principio nació bien y aún funciona bien; el otro (el planetario) no quisieron mezclarlo con la iniciativa privada, lo que me parece un error. Eso impidió que los capitales privados entraran en su patronato.”
Para Carlos Alberto Lara González, experto en análisis cultural y actual asesor de la Comisión de Cultura en la Cámara de Diputados, la pérdida del planetario es parte de una reconversión del consumo cultural de México, orientado a “obras de relumbrón”.
En el caso de la capital tapatía, subraya, la concentración de la cultura está en manos de la Universidad de Guadalajara, que organiza anualmente la Feria Internacional del Libro (FIL) y el Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), entre otras actividades.
“Nos encandila mucho la FIL; nos encandila mucho el Festival de Cine y decimos: Ya tenemos esto, que también recibe apoyo del municipio y el estado, por lo tanto ya tenemos un lugar preponderante a nivel nacional, para qué distinguirnos a partir de la cultura”, dice.
Lara González conoció de cerca el auge y abandono gradual del planetario. Desde su infancia y lustros después como regidor del PAN durante la administración 2002-2004, en la que fungió como presidente de la Comisión de Cultura. Al principio, recuerda, el inmueble funcionaba con lo mínimo, pero ya se percibía su estancamiento.
Cuando fue regidor, insiste, tuvo el interés de recuperar el espacio, pero que no se tradujo en un mayor presupuesto que le permitiera a la edificación dar un salto y cristalizar el proyecto que tenía en mente el presidente del Patronato del Planetario, Ignacio Levy García, para obtener apoyos de la iniciativa privada.
Dice que a la precaria situación del inmueble se agregó una herencia cultural de proyectos malogrados, como los Arcos del Milenio, la escultura monumental del artista Sebastián, impuesta por el exalcalde Francisco Ramírez Acuña para conmemorar la llegada del nuevo siglo; nunca pudo terminarla.
“Heredamos dos caprichos bastante costosos (del PAN) que muestran lo que para este partido representa la promoción cultural –resume–. En los estados gobernados por el PAN –ve a Querétaro, a Guanajuato–, a finales de los noventa se anunciaron grandes obras para adornar el año 2000, pero la mayoría se quedaron a la mitad.”
En el fondo, sostiene el entrevistado, los políticos no consideran la cultura como palanca de desarrollo, de ahí la falta de un proyecto de integración de estrategias e instituciones.
Eso se observa, por ejemplo, en Guadalajara y Monterrey, donde, dice, aun cuando cuentan con una infraestructura y una oferta alta, su demanda cultural es baja. “Es un indicador económico que se integra a partir del consumo y de la demanda. Entonces, algo no se está haciendo bien. No se ve un liderazgo en la Secretaría de Cultura; no se ve que quiera hacer un programa estructural metropolitano”.








