“Sin paracaídas”

En fragmentos y yuxtaposiciones se nos va develando la vida de tres mujeres que a manera de confesiones a la psicoanalista adquieren forma.

Entre el surrealismo y el teatro del absurdo, el texto convive con diversas acciones que no ilustran sino que dan significados múltiples a lo que sucede. En Sin paracaídas, escrita y dirigida por Gabriela Ochoa, conviven una mujer reptil, una azafata, una psicoanalista y un hombre que fluctúa de la ternura a la servidumbre y al anhelo de ser el capitán de avión deseado por todas las mujeres.

La mujer reptil, interpretada con ímpetu y versatilidad por Gabriela Betancourt, se ha sumergido en la tina de su baño después de una decepción amorosa y se encuentra entre dejarse llevar por el impulso de la muerte o salir. Cuenta a la psicoanalista su estado, y ella, sentada en una alta silla, denotando su poder por sobre todo lo demás, analiza, sentencia y diagnostica tanto lo que le ocurre a esa mujer como a la aeromoza que impone un largo discurso sobre el amor perfecto, la libertad en su relación de pareja y el sexo virtual al que se han acostumbrado, aunque momentos después cae en un estado similar de decepción y lo único que desea es, frente a la inestabilidad del vuelo en el que se ven envueltas todas, tirarse sin paracaídas. La interpretación de Romina Cocci, que había sido tan sobresaliente en Tres para el almuerzo, de la misma autora y directora, aquí se ve debilitada por la superficialidad del planteamiento de su personaje.

Si bien en Tres para el almuerzo –una obra contundente y original presentada en el Foro la Gruta–, donde la farsa estaba muy bien resuelta, aquí ésta y el humor  están  desdibujados, y el tono irregular, entre altisonante y naturalista, es ineficaz para la propuesta de Sin paracaídas. Esta naturalidad, bien desarrollada por Gabriel Casanova, hace del personaje masculino una metáfora interesante de la inversión de roles, el cuestionamiento de la masculinidad y los sueños incumplidos. Pilar Cerecedo, por su parte, como la psicoanalista, se acerca a la farsa con soltura, y su monólogo (de lo que piensa,  de  cómo trata a sus pacientes y de su amarga vida) constituye uno de los momentos más sólidos de la obra.

Gabriela Ochoa en Sin paracaídas tiene gran habilidad para el movimiento escénico y la elaboración de imágenes. Su estructura deconstructivista da a su propuesta gran atractivo y dificultad en su seguimiento. El ingenio con que elabora las acciones y el cómo va bordando los elementos fragmentados y construyendo la obra sin anécdota, muestran un talento, junto con el de sus actores, a los que beneficiaría una dramaturgia que nos llevara más allá de la descripción de acontecimientos o emociones a partir de monólogos que filosofan acerca del amor, el desamor, el sexo y el hartazgo.

La directora es asertiva en el desarrollo de acciones escénicas y en la transición de un momento a otro, aunque en esta ocasión la iluminación no fue un factor que apoyara sus imágenes ya que en ocasiones, como cuando se estrella la sandía que cae desde las alturas, es muy difusa.

El talento de Gabriela Ochoa también se refleja en su capacidad para crear una atmósfera surrealista caracterizada, más que por la belleza, por la fuerza y la originalidad.

Ella, junto con su compañía, Conejillos de Indias, incursiona, en Sin paracaídas (que se presenta martes y miércoles en el Teatro Sergio Magaña), por un campo arriesgado y de gran valor que la aleja de la complacencia y nos lleva por caminos insospechados.