Integrada por un conjunto de extraordinarias pinturas; y sin embargo, carente de un planteamiento curatorial sólido y profesional, la exposición Impulsos modernos. Pintura en México 1840-1950 provoca cuestionamientos sobre el préstamo a museos privados de obras pertenecientes a colecciones gubernamentales.
Emplazada en el Museo Dolores Olmedo de la Ciudad de México y curada por el también pintor Miguel Cervantes, la muestra, al igual que todo el recinto, se centra en la fascinación del espectáculo. Con una identidad que oscila entre zoológico y jardín, el museo enfatiza elegantemente el exotismo mercadológico que rodea a Frida Kahlo: perros xoloitzcuintles que brincan en los jardines mimetizándose con las esculturas que los imitan, pavorreales que extienden sus plumas afuera de las salas de exhibición, plantas frondosas, magueyes majestuosos. En este contexto, las 65 obras seleccionadas, desprovistas de información sobre su relevancia artística o significado particular, se suman al espectáculo interior de la casona, llenando las paredes que dejaron vacías las obras en itinerancia de Frida Kahlo y Diego Rivera.
La exposición es confusa en toda su narrativa, desde el título hasta el rango temporal y selección de firmas y piezas. Anunciada como “una revisión de un siglo de arte”, que abarca de 1840 a 1950, el discurso curatorial se contradice al afirmar que se “enfoca en obras de pintores contemporáneos a Rivera y Kahlo en México”. Considerando que Rivera nació en 1886 y Frida en 1907, sus periodos creativos no fueron contemporáneos de las obras expuestas de Gualdi, Arrieta, Felipe y Rodrigo Gutiérrez, Cordero y Landesio.
Los impulsos modernos no se especifican, la revisión omite expresiones como las Escuelas al Aire Libre, y el tránsito del academicismo a algunos vocabularios vanguardistas se presenta como una simple y cronológica sucesión de firmas relevantes entre las que se cuentan Gedovius, Goitia, Orozco, Atl, Tamayo, Lazo y muchas otras.
Integrado con espléndidas piezas provenientes de colecciones particulares, empresariales, galerísticas y gubernamentales, en el conjunto sobresale la poética pre-rafaelista de la pintura Flora de Romano Guillemín, la potente abstracción de Siqueiros, el sutil Títere pictórico de Orozco Romero, el retrato que le hizo Montenegro a Fernández Ledezma, y la hierática y sensual figuración de Ramos Martínez. Entre lo más dudoso del guión resalta La torre que pintó Gunther Gerzso en 1955.
Considerando que a la imprecisión curatorial se suma la ausencia de material informativo –cédulas de sala, material audiovisual, folletos, catálogo– que permita la comprensión del conjunto pictórico, la exposición señala una problemática que debe atenderse: el préstamo de obras emblemáticas de colecciones gubernamentales. Constituida aproximadamente en 33% con piezas procedentes de museos públicos, la muestra del Dolores Olmedo no merece contar con El Senado de Tlaxcala de Rodrigo Gutiérrez (1875), La cazadora de los Andes de Felipe Gutiérrez (1891), La criolla del rebozo de Saturnino Herrán (1916) y el Autorretrato múltiple de Juan O’Gorman (1950).








