Il Trovatore (1853) es la decimoctava ópera de Giuseppe Verdi (1813-1901) con un libreto de Salvatore Cammarano, quien murió dejando inconcluso el encargo, que tuvo que ser completado por Leone Emanuele Bardare. Fue un éxito rotundo desde su estreno debido a sus inolvidables arias, dúos y tercetos, y requiere de cinco excelentes cantantes para representarse: tenor (Manrico), soprano (Leonora), mezzosoprano (Azucena), barítono (Conde di Luna) y bajo (Ferrando).
Pocas veces se habían creado tantas expectativas como con esta producción, pues se trata de la primera de la nueva era de la Ópera del Bellas Artes (OBA), y las expectativas fueron frustradas. Primero porque Ramón Vargas (nuevo director artístico de la OBA) canceló su participación como Manrico a causa, según el propio Vargas, de una reciente cirugía de rodilla. El público anhelaba escucharlo y se quedó con las ganas. De las cinco funciones programadas cuatro fueron encomendadas a Joanna Paris, soprano estadunidense y discípula de Vargas, y sólo una función a la mexicana Maribel Salazar. El público premió a la segunda con mucho más cálidos y duraderos aplausos de los que ofrendó a la Paris. Las dos son muy buenas cantantes, pero la Salazar con muchos más recursos técnicos, como sus agudos pianísimos electrizantes. Por otro lado, es la tercera producción consecutiva en la OBA que canta la Paris, lo que le pareció excesivo e injustificado a muchos. Vargas fue sustituido por Walter Faccaro, tenor italiano cumplidor con unos bellos agudos, voz generosa casi spinto, pero mañoso: no hace los trinos ni los grupetos ni otros adornos belcantísticos, de pronto se queda callado uno o dos compases mientras canta el coro, etcétera. Poco rigor artístico, buena actuación. Vargas seguramente lo hubiera superado en todo eso, excepto tal vez en caudal de voz.
La Azucena fue interpretada por la brasileña Edinéia Oliveiras, generosa voz de mezzo, buena estampa y actuación, pero incómoda, tal vez por la altura de la Ciudad de México que no es lo óptimo para cantar, y la mezzo cantaba a plena voz lo principal, y lo demás sólo lo marcaba, al grado que en algunos concertantes apenas se le oía, o de plano no se lo oía; estaba, digamos, recuperando energía. Como en otras ocasiones, nos parece que lo hubieran hecho mejor varias de las mezzos nacionales.
El personaje del Conde De Luna le fue confiado a Jorge Lagunes, barítono mexicano de hermosa y potente voz, quien lo bordó y fue aplaudido y vitoreado por el público; el barítono alterno Luis Ledezma no cantó en ninguna de las dos funciones a las que asistimos.
El bajo fue Rubén Amoretti, español muy querido por el público mexicano; lo hemos visto en varias producciones en los últimos años y es realmente bueno, ¡un Ferrando para recordar!
El pelo en la sopa: La dirección escénica, abucheada y silbada el día de la premier; en la tercera función ya ni dio la cara. Como se ha comentado aquí en otras ocasiones: ¿Por qué un director escénico en vez de sólo dirigir la obra se siente con el derecho de reinventarla, casi siempre con muy lamentables resultados? ¿Quién le autoriza esto? ¿Qué necesidad hay? ¿Quién gana en ello?, ¿la obra? No lo creo, no lo necesita. Una puesta escénica caótica, llena de pifias, y carente en todo momento de verdad escénica… y la escenografía y el vestuario, por el estilo. l
Raúl díaz
L
a estupenda, conocida y truculenta ópera El Trovador de Giuseppe Verdi sirvió para inaugurar la “era Ramón Vargas” en nuestra Compañía Nacional de Ópera. Era que, en teoría, deberá llevarnos un día no muy lejano a alcanzar niveles, si no de excelencia, sí por lo menos a la altura de las grandes casas de ópera del mundo.
Con una de verdad novedosa producción que a muchos no gustó pero que debe admitirse como distinta, la dirección escénica fue encargada al experimentado hombre de teatro Mario Espinosa y a un interesante equipo técnico en el que hay que destacar, por bueno, el trabajo de escenografía diferente de Gloria Carrasco que corresponde plenamente a la concepción del montaje; el vestuario atemporal e imaginativo de Jerildy Bosch, y la iluminación de Ángel Ancona que mantiene siempre la atmósfera sombría de la trama. Y, por malo, la coreografía de Alicia Sánchez y el inexistente de Lorena Glinz, a quien se le pagó (seguramente bastante) por una “asesoría actoral” que jamás se vio por ningún lado.
De carácter futurista –según confiesa en el programa de mano Espinosa, quien ignora las condiciones materiales de existencia de la sociedad–, su puesta en escena es en general aceptable, pero adolece de fallas enormes, como, justamente, la pésima actuación, la mayoría del tiempo, de la mayoría de los intérpretes, quienes, entre otras cosas, jamás tuvieron interacción entre ellos y, consecuentemente, desdibujaron todas las escenas de conjunto. En donde algunos se salvaron fue en sus solos, y eso no siempre ni todo el tiempo. Esto en un hombre de teatro con la experiencia de don Mario es verdaderamente señalable y se agudiza porque, aun suponiendo que por atender el conjunto no pudo atender la dirección de actores, ¿para qué diablos entonces se pagó una “asesoría actoral”?
En cuanto a lo vocal la cosa tampoco fue nada excepcional, con un elenco totalmente importado en los papeles principales. El Trovador transitó aceptablemente sin llegar en ningún momento a la brillantez que varias de sus partes permiten –y hasta propician– tanto a los solistas como a las escenas de conjunto.
Walter Fraccaro, quien sustituyó al propio Ramón Vargas por la imposibilidad de éste para efectuar las funciones, es un tenor de buena presencia pero con un timbre no muy grato, que canta en general bien pero sin mayor proyección, sin fuerza real de trasmisión, por lo que su Trovador resultó en balance sin mayor pena ni gloria.
Algo similar aconteció con Joanna Paris, encargada de Leonora, quien empezó no teniéndolas todas consigo pero que, hay que agregar, en ese tremendo tour de force que es la Leonora, tuvo momentos, sobre todo en los finales, realmente acertados, no obstante lo cual, en este papel que, insisto, es dificilísimo, no satisfizo del todo ni a todos.
Por su parte, Edinéia de Oliveiras, a quien se encargó la Azucena, marchó con una fuerza inicial que no pudo sostener con la misma intensidad a lo largo de toda la representación, pero salió bien librada, sin duda.
Lo mejor entonces fue el Conde de Luna encomendado a Jorge Lagunes quien, aunque nuestro, fue igualmente importado ya que desde hace unos cinco años reside en Alemania y tenía ya algunos de no cantar entre nosotros. Seguridad y presencia así como correcta y emotiva emisión hicieron de la participación de Lagunes la mejor de la noche.
Resultó desbalanceada la dirección concertadora del maestro huésped Federico Santi, quien olvidó en ocasiones que es él el que tiene que cuidar, guiar y concertar a los cantantes, pero, al igual que todo lo demás, saldo positivo.
Igual cosa puede decirse de la participación del coro, que actuó en esta ocasión bajo la dirección de Jorge Alejandro Suárez y que pone, una vez más y ahora que una nueva administración se inicia, la necesidad de dotar a esta agrupación de un muy, muy competente director titular.
Buen inició, pues, de la “era Ramón Vargas” y la evidencia de lo mucho que hay por hacer, entre ello la creación de una auténtica y verdaderamente solvente escuela para los intérpretes de ópera.








