Hace medio siglo los premios literarios eran mucho menos frecuentes y mucho menos dotados, en términos crematísticos, que en nuestros días, pero seguramente más significativos. Esta nota atisba la historia del primero ganado por un narrador mexicano en el extranjero: Vicente Leñero, en España, por Los albañiles.
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En cuestión de literatura, 1963 fue el año en que murieron Ramón Gómez de la Serna, Luis Cernuda, Jean Cocteau, Sylvia Plath y Aldous Huxley; el año en que Julio Cortázar publicó Rayuela, André Pieyre de Mandiargues dio a conocer La motocicleta y Thomas Pynchon saltó a la fama con V.; el año en que el gran poeta griego Giorgos Seféris recibió el Premio Nobel de Literatura, y el año en que, por primera vez, escritores mexicanos cosecharon premios en el extranjero: en octubre los belgas le otorgaron a Octavio Paz el Gran Premio Internacional de Poesía de la Bienal de Knoke-le-Zoute, y en España Vicente Leñero obtuvo el premio Biblioteca Breve, convocado por la editorial barcelonesa Seix-Barral.
Considerado en aquella época como el galardón más importante para una novela escrita en español, el Biblioteca Breve fue fundado en 1958 y discernido por primera vez el 14 de junio. Lo recibió Luis Goytisolo, de 23 años de edad, por Las afueras, su primera novela.
Su ambiciosa propuesta era contribuir a renovar la novela escrita en nuestro idioma, aunque estaba dotado con 100 mil pesetas (20 mil pesos mexicanos de la época). Pero más que a su monto, debía su prestigio a la irreprochable categoría de su jurado y a la notable calidad e importancia de las novelas que sucesivamente se galardonaron.
En sus inicios, el premio tuvo un marcado color peninsular, pues las obras distinguidas en las cuatro primeras convocatorias –sólo tres, ya que la correspondiente a 1960 se declaró desierta– eran todas de autores españoles. (Además de la mencionada novela de Goytisolo, también fueron reconocidas Nuevas amistades, de Juan García Hortelano, y Dos días de septiembre, de José María Caballero Bonald.) Pero en 1962 perdió ese tinte cuando el jurado decidió, por primera vez de manera unánime, premiar la novela de un joven peruano de 26 años de edad. El libro carecía de título definitivo, y concursaba con el nombre provisional de “La morada del héroe”. En el acta del fallo se le distingue como “Los impostores”. Sólo hasta que estuvo a punto de entrar a la prensa adoptó el nombre definitivo de La ciudad y los perros.
El impresionante éxito de la novela de Mario Vargas Llosa, tanto en ventas como en apreciación crítica, hizo que la atención hacia Biblioteca Breve se incrementara. El premio se internacionalizó.
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A comienzos de 1963, después de dos años como becario del Centro Mexicano de Escritores, Vicente Leñero terminó de escribir su segunda novela: Los albañiles. La llevó al Fondo de Cultura Económica (FCE) con el propósito de verla incluida en la colección Letras Mexicana. Aguardó largos meses el dictamen, preparado, como ahora es de todos sabido, por Emmanuel Carballo, uno de los críticos literarios más renombrados. Fue negativo.
El mismo día en que se vio rechazado, Leñero decidió entonces proponerle su libro a Joaquín Díez-Canedo, quien apenas un año antes había dejado la gerencia editorial del Fondo (a cuyo frente estuvo por más de una década) para crear su propio sello: Joaquín Mortiz. No quiso decirle a Díez-Canedo que Los albañiles había sido rechazado, pero “Joaquín lo supo de inmediato”, según le contó Leñero a Christopher Domínguez.1
El 11 de noviembre Díez-Canedo llamó a Leñero para decirle que publicaría su novela. No le debe haber pasado inadvertido a Leñero el hecho curioso de que Díez-Canedo, creador de la colección Letras Mexicanas y uno de los pilares editoriales del Fondo, sí aceptara su libro.
Pero cuando Leñero fue a las oficinas de Joaquín Mortiz, en Guaymas 33 en la colonia Roma, dispuesto a firmar su contrato, Díez-Canedo le propuso que metiera la novela al concurso del Biblioteca Breve.
Veintitrés días después el propio Díez-Canedo le llamó para decirle que Los albañiles había ganado el premio.
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Se presentaron a concurso 72 obras, 31 de ellas escritas por hispanoamericanos. El jurado estaba integrado por Carlos Barral, José María Castellet, Juan Petit, Víctor Seix y José María Valverde. (De estos nombres, el único que tal vez resulte poco familiar para el lector mexicano es el de Juan Petit, distinguido latinista, profesor de la Universidad de Barcelona y entonces director literario de Seix Barral.) También se había previsto que formara parte de él Mario Vargas Llosa, pero sus compromisos laborales en París, donde residía, no lo permitieron.
Deliberaciones mediante, la cifra de novelas a considerar se decantó a 10.
Los libros finalistas fueron cinco: El engranaje, del autor vasco Juan María Aresti; Gracias por el fuego, del uruguayo Mario Benedetti; La selva gris (que a la postre se llamaría El peso de la noche), del chileno Jorge Edwards; Los albañiles, de Vicente Leñero, y Crónica de un regreso, del segoviano Andrés Martínez.
Tres hispanoamericanos y dos españoles.
Las deliberaciones fueron apretadas. Juan Petit, que se encontraba seriamente enfermo (moriría un año después, a los 57 de edad), participó en cada ronda de votación por teléfono.
El libro de Edwards, que apoyaba Mario Vargas Llosa, no llegó más allá de la cuarta votación.
En la última quedaron solamente dos libros: Gracias por el fuego y Los albañiles. Barral defendía a capa y espada la novela de Benedetti. Víctor Seix se inclinaba más por Leñero.
En la entrevista que concede al día siguiente de la decisión al diario barcelonés La Vanguardia Española (martes 3 de diciembre), Seix responde así cuando se le pregunta por el libro ganador:
–¿Novela social o policiaca?
–Ni una cosa ni otra; una novela compleja. Muy bien construida, como un mecanismo de relojería, que usa simultáneamente de diversas técnicas y con una perfección formal extraordinaria.
En México, el semanario católico Señal, en el cual Leñero comenzó como reportero en 1955, le dedicó la portada del 19 de diciembre y recogió la descripción de la novela según el propio autor:
“Es cruda y descarnada. Advierto claramente que no es para todo tipo de lectores, pero sobre todo le diré algo: Mauriac habla de que la diferencia entre un escritor católico y otro que no lo es estriba precisamente en su modo de enfocar el pecado. El escritor no católico simplemente lo ignora y escribe como si no existiera, regodeándose en horribles lacras morales. El novelista católico presenta el pecado como pecado, sin disimulo ni evasiones. Creo que el católico, para ser universal, tiene que abrirse más a todo lo que constituye la vida humana, por eso quizá su exposición resulte más larga.
“El novelista es un simple observador del mundo que contempla, un espectador objetivo, y no tiene derecho a extralimitarse ni a enjuiciar a sus personajes.”
Vicente Leñero le contó a Domínguez Michael, en la entrevista citada, que a finales de los setenta Joaquín Díez-Canedo le había develado que el argumento que en realidad inclinó el fiel de la balanza entre su libro y el de Benedetti había sido el tamaño del mercado librero de México en comparación con el de Uruguay, es decir, la posibilidad de vender más o menos ejemplares de uno u otro título.
Pero la revelación de esa pragmática consideración comercial para nada merma la importancia del premio.
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1 Christopher Domínguez Michael, Entrevista a Vicente Leñero, en Letras Libres, número 257, abril de 2013.








