A Vicente Leñero no le gustan las presentaciones de libros, las apariciones en público, las entrevistas ni mucho menos los homenajes. Tratar de evitarlos ha sido una constante en su vida. No le fue tan bien en vísperas de sus 80 años de vida –que se cumplen este domingo 9– porque todos los medios lo han buscado y todos le están dedicando páginas.
Pero lejos del tono de “feliz cumpleaños por una vida”, Proceso ha rescatado –acerca de quien fue su subdirector durante dos décadas (1976-1996)– una serie de materiales que sin duda contribuyen a conocer mejor su obra, hoy considerada en la primera línea de la literatura mexicana. No sucedió así cuando aparecieron Los albañiles y Estudio Q. Tan injustamente apreciados que José Emilio Pacheco escribió un largo artículo en su defensa en la revista Diálogos, dirigida por Ramón Xirau, en 1965, que se reproduce aquí.
En julio de 1978, Pacheco integró el texto mencionado al prólogo que le solicitó Difusión Cultural de la UNAM para el disco Voz Viva de México dedicado a Leñero.
Además, puesto que se cumplen 50 años del Premio Biblioteca Breve otorgado a Leñero por Los albañiles –el primer reconocimiento literario internacional para un narrador mexicano–, se ofrece la reconstrucción del hecho. Así como dos entrevistas: una, realizada en 1970 para el suplemento Diorama de la Cultura de Excélsior, por Rafael Rodríguez Castañeda, hoy director de Proceso, sobre su metodología como escritor. Y otra con el actor Ignacio López Tarso, quien fue productor de la adaptación teatral de esa obra y personaje central en el filme homónimo.
Vicente Leñero en 1965
En el panorama de nuestra narrativa Vicente Leñero es un autor solitario: no ha prohibido ninguna manera de contar, no ha descalificado a los demás novelistas, no tiene discípulos, es el único que ha obtenido el premio Biblioteca Breve 1963, la más importante recompensa novelística para los escritores de lengua española. También es el único al que llega el reconocimiento extranjero antes que la justa apreciación de su país.
Sus novelas exploran terrenos no frecuentados. Leñero no ha recorrido la trayectoria que uniforma las experiencias de nuestros escritores. Por el contrario, estudió y ejerció un tiempo la ingeniería civil. Hoy se gana la vida y la posibilidad de escribir haciendo telenovelas. Ha tenido la fuerza de usar la televisión (como materia de un libro, Estudio Q) en vez de ser usado por ella.
A los 25 años ganó los dos primeros lugares de un concurso de cuento universitario. En 1959 reunió estos y otros relatos en La polvareda, libro publicado por la editorial Jus que con la revista Ábside constituye la expresión más visible de la cultura católica mexicana. Porque la mayor singularidad de Leñero es ser un novelista militante católico.
Para quienes comenzaron a escribir cuentos hace 10 años hubo la alternativa de hacer narraciones fantásticas, como Arreola, o hablar del campo, como Rulfo. Muchas páginas de La polvareda pueden relacionarse con El llano en llamas, pero hay otras –“¿Qué me van a hacer, papá?” por ejemplo– con temas urbanos casi inéditos entonces y que se anticipan a la narrativa sobre adolescentes que José Agustín acaba de inaugurar con La tumba. Otro rasgo notable de este primer libro es la reaparición de personajes proletarios de una literatura de, sobre y para la clase media como la nuestra. En este sentido “El albañil muerto” y “… ojalá y no llegue” son gérmenes de Los albañiles.
A finales de 1961 apareció La voz adolorida, primera novela de Leñero: monólogo, confesión, autobiografía, ajuste de cuentas de un personaje, Enrique, quien trata de explicar las razones de su locura ante un psiquiatra invisible: el lector al que se dirige el discurso. Novela de la culpa y el error, el pecado y la posible redención, La voz adolorida se presenta como un delirio lúcido y plantea los problemas de la relatividad de la locura: ¿quién nos autoriza, en nombre de qué ideal podemos denominar así una conducta humana? Y de nuestra percepción de los hechos narrativos. Nunca llegamos a saber si las cosas fueron de ese modo o si tenemos la representación que de ellas se ha hecho Enrique.
Cuando se publicó La voz adolorida Leñero trabajaba como jefe de redacción de Señal, continuaba en el gueto a que hemos confinado a los escritores católicos y su libro no tuvo mucha resonancia. Con todo, Henrique González Casanova advirtió que los dones de Leñero sobrepasaban el mérito del libro. En estas condiciones, el premio Biblioteca Breve otorgado por Los albañiles tuvo que ser una sorpresa. La verdadera sorpresa es el libro mismo. La reciente aparición de Estudio Q confirma a Leñero como un novelista de primera línea.
Corresponde a Leñero la aclimatación de los medios narrativos que ha puesto a circular el nouveau roman y entre nosotros ya han empleado al menos parcialmente otros autores de su edad. En su afán de quebrantar nuestro anacronismo Leñero revive el conflicto permanentemente de la literatura hispanoamericana respecto a si es posible o no salvar etapas del desarrollo literario.
Como ningún otro género la novela es saqueada por el periodismo, la biografía, la historiografía popular y más recientemente las ciencias sociales. H. A. Murena dice que como lo narrativo nos llega ahora por otros medios –cine, televisión, prensa, radio–, derivamos en la novela la satisfacción de una necesidad poética que antes llenaron los versos. Desde hace medio siglo queremos ver la muerte de la novela en lo que constituye su agonía –en la acepción que Unamuno recuperó para el vocablo, no en la fisiológica–, su lucha, su crecimiento, su metamorfosis.
La tragedia del novelista contemporáneo es que ya no puede escribir como antes de Joyce y Proust pero tampoco hacerlo como ellos. El vanguardismo de los veinte es un impasse difícil de superar sin incurrir en el aniquilamiento. Quizá la novela futura reinvente la tradición enriqueciéndola con la vanguardia. Sea como fuere, el nouveau roman pertenece a un ámbito donde hay industria literaria e inflación novelística, responde al hastío frente a un determinado tipo de novela, al rechazo de la literatura como entretenimiento. En México apenas comienza a crearse un público lector y no tuvimos un Stendhal, un Balzac, un Flaubert, un Zolá. Nuestros novelistas se enfrentan a la dificultad de escribir al mismo tiempo la antinovela y la novela que nos ha hecho falta.
Leñero se niega lo mismo a mantener la narrativa mexicana en el siglo pasado que a consumirse en el experimento formal, a renunciar al testimonio y crítica de una sociedad tan llena de injusticia como la nuestra. Es respetuoso de su público y le pide su colaboración. Si Los albañiles y Estudio Q han podido escribirse es porque en el México de mediados de los sesenta ya existen sus lectores.
Aparecida en Barcelona en octubre de 1964, Los albañiles llegó al país en pleno escándalo alrededor de Los hijos de Sánchez. Esto, por una parte, desvió la atención que merece el excelente libro de Leñero; por otra, mostró que, contra lo que supone la Sociedad de Geografía y Estadística, Oscar Lewis no miente ni difama a un México que no ha superado ninguno de sus problemas esenciales. A diferencia de Lewis, Leñero no pretendió hacer sociología o antropología. El interés de Los albañiles en estos campos se da por añadidura. Leñero se refirió a un ambiente que conoce como ningún otro novelista mexicano, para situar en él una historia que lo envuelve, lo testimonia y los trasciende.
Los albañiles, análisis espectral de un sector del proletariado mexicano, experimenta en todos los niveles: estructura, punto de vista, formalización del vocabulario y la sintaxis dialectales. Lejos de agotarse en sí mismo, el experimento es el medio para contar una historia y presentar personajes con características que los individualizan. Trastorna y fractura los tiempos narrativos a fin de profundizar en un juego de correspondencias y anulaciones mucho más sutil que el ya habitual contrapunto. El arte de Leñero se vuelve un naturalismo de la irrealidad gracias a su incesante puesta en tela de juicio de lo narrado, la afirmación que engendra su contrario, la negativa que se refuta a sí misma, la dimensión en que suceden los hechos, por decirlo de alguna manera, a contigua distancia y a cercanía remota.
El infalible proceso constructivo de Los albañiles busca y logra el efecto opuesto: hacerse ante los ojos del lector o en realidad después, en su memoria. Cerrada y abierta como la “obra” misma en que se desarrolla –el edificio en construcción–, la novela está erigida en torno de una sola frase: “Isidro descubrió el cadáver en el baño del departamento 201” y de un protagonista: don Jesús, el velador viejo alcohólico, demente, corrupto, perverso, paranoico, que encarna el Mal y todo lo contamina a su tacto, pero que también asume todos los pecados del mundo.
Una noche del tiempo o la imaginación alguien asesina a don Jesús. El interrogatorio y las confesiones de los inculpados crean una engañosa superficie de novela policial, como en Les gommes de Robbe-Grillet o L’emploi du temps de Butor. Estos diálogos y monólogos revelan los actos y relaciones humanas en el interior de la “obra”, las tensiones de clase, la naturaleza expansiva de la corrupción, el orden jerárquico que se multiplica, la dolorosa historia de cada uno.
¿Quién mató a don Jesús? Todos y nadie. Todos tienen razones para haberlo matado. Todos tenemos razones para matarnos entre nosotros mismos. De cada crimen podríamos ser sospechosos, como de asesinar al velador pueden ser culpables (o inocentes) Isidro, Sergio García, Chapo, Jacinto, Patotas, Federico Zamora. El enigma no se resolverá jamás. Si en Los albañiles se encuentran Munguía y los otros interrogadores no es por ello una novela detectivesca, sino una novela sobre la Culpa y el Mal, la búsqueda de la verdad, la crucifixión de cada ser humano, la inutilidad de la bondad en Sergio, el plomero; el fin de la inocencia en Celerina, su hermana, e Isidro, el peón: víctimas de la injusticia y víctimas de sus compañeros de injusticia, los albañiles, los demás.
En Estudio Q la voluntad experimental se lleva a sus últimas consecuencias. La mirada del novelista se transforma en la cámara que registra, reproduce, transmite, aleja, acerca, sube, baja, entre todo el fade in y el fade out que encierran el curso de todo drama, de toda vida. Estudio Q es en cada párrafo un “aria de bravura”, un concierto de música electrónica compuesto a partir de todas las posibilidades aleatorias de un sonido. Es sobre todo el nuevo monólogo de Segismundo que se pregunta aquello para lo cual no existe respuesta, en una torre multiplicada al infinito por las ondas hertzianas, acechada por millones de Argos que contemplan y juzgan y pueden resolver su existencia o evanescencia con el simple giro de un botón.
Alex Jiménez, Gladys Monroy, Marta, el Director, Toño y aun la cámara voraz y omnipresente son personajes que no buscan a su autor, sino que tratan de escapar de él, encerrados en un laberinto de espejos que les devuelve las proyecciones de su imagen. The tv-play within the tv-play.
Contratado para hacer una telenovela sobre su vida, Alex en todo momento es otro, perdió su identidad a fuerza de ser siempre una ficción, un papel ideado por la guionista y dócil a las indicaciones del director. Alex no existe sino en el script, en un texto, palabras en un papel. Su rebeldía es imposible, no puede abandonar las dos columnas de audio y video; sólo decir, hacer, recordar, vivir lo que ordena un guión inflexible, que no es la vida pero al estar escrito y ser representado se convierte en parte de la vida.
Paralelamente, en el libro dentro del cual hasta el guión mismo está prisionero, todo se mecaniza y tecnifica. El dilema de ser o no ser plantea entre lo escrito y lo no escrito, lo representado y lo irrepresentado. La vida no es sueño: es una telenovela. Lo monstruoso de las telenovelas es precisamente su similitud con nuestras vidas, su naturalismo involuntario. La realidad no elige ni afina ni ordena como la literatura: procede por expansión ilimitada, combinaciones inverosímiles de los personajes del drama, encuentros injustificables, atroces casualidades, disolvencias impredecibles, golpes melodramáticos.
Los albañiles y Estudio Q significan un punto y aparte en la novelística mexicana: el fracaso de lo que hasta hoy entendimos como novela o el triunfo de un concepto enteramente nuevo para nosotros. Con el tiempo sabremos si clausuran la misma vía que se trazaron o abren nuevos caminos para nuestra prosa. (Julio de 1965)








