(Segunda y última parte)
¿Cómo era el partido que dirigió Arnoldo Martínez Verdugo de 1962 a 1981? Durante sus largos años de ilegalidad o semilegalidad, el Partido Comunista Mexicano era una organización muy pequeña. Su militancia oscilaba entre mil y 2 mil miembros. Lo que nunca lograron los gobiernos del PRI fue dispersarlo. Quizá no lo pretendieron, pero aun si lo hubieran querido, no hubiera sido fácil. Su organización celular y su vinculación ideológica, más que personal, lo impedía. Barry Carr reporta en su libro La Izquierda Mexicana a Través del Siglo XX que para 1945 el PCM sólo contaba con 3 mil 775 miembros. A principios de los setenta, después de la represión de 1968, se informa de 900 a mil 200.
¿Cuál es la causa de la pequeñez del PCM? Indudablemente, la razón fundamental era la constante represión, que se disparaba en los periodos de ascenso de los movimientos populares. El PCM tenía muchas simpatías, pero sólo un grupo selecto se atrevía a militar en una organización permanentemente perseguida por un Estado que no retrocedía incluso ante la “guerra sucia” y los asesinatos.
Los gobiernos del PRI podaban periódicamente el PCM, sembrando miedo y un sentido de impotencia. Arnoldo Martínez Verdugo condujo fundamentalmente a un partido perseguido y con muchos de sus miembros en la cárcel entre los años 1962-1978. Sólo después de la legalización, el partido creció rápidamente y en las primeras elecciones con registro demostró la amplitud de su influencia. Martínez Verdugo fue –fundamentalmente– líder de un partido de cuadros. Sin embargo, es impresionante el número de dirigentes sociales, de intelectuales distinguidos y de personajes locales que había entre los militantes comunistas.
Pero en periodos de legalidad, durante la presidencia de Cárdenas (36 mil militantes) y después de la legalización definitiva, el 7 de agosto de 1979, las membresías crecían rápidamente. Enrique Condés Lara cuenta, en su estupendo libro Los últimos años del Partido Comunista Mexicano 1969-1981, que en 1976 había en Puebla 156 militantes en 28 células, y en 1980, 3 mil, en 200 células diseminadas en el estado. En el Distrito Federal, después de la legalización, la membresía se duplicó en un año, llegando a contar con 4 mil miembros. Y en el XIX Congreso Nacional se reportó que en cuatro meses de campaña de afiliación se habían logrado 100 mil solicitudes nuevas.
Las primeras elecciones en las que el PCM concurrió con registro obtuvo 5.8% de la votación, 703 mil votos. Aquí es obvio que hay una discrepancia entre militantes, simpatizantes y electores que sólo se explica por la violencia de Estado permanente en la cual vivía el país. ¿A qué clase de poder podía aspirar un partido semilegal como el PCM? No podía acceder a los órganos de elección del Estado. Tampoco podía lograr la dirección legal de movimientos sociales puesto que sus dirigentes serían arrojados a prisión. Sólo quedaba un camino: influir crecientemente en los movimientos y sindicatos rebeldes, hasta que los gobiernos del PRI se vieran obligados a legalizarlos y tolerar su presencia legal, o bien los movimientos rebeldes desembocaran en una revolución.
Con el registro definitivo comenzaba una nueva época para el PCM. Las campañas electorales, la existencia de una representación legislativa, la libertad de reunión, de manifestación y de expresión cambiará para ellos la forma de hacer política y de llegar al poder. Antes sólo podía aspirarse a un partido de cuadros; ahora el partido de masas, un sueño permanente del PCM, podía ser una realidad. En la década de 1956-1969 la violencia desatada por los gobiernos del PRI alimentaba la creencia de que sólo existían dos opciones: la victoria de una oligarquía represiva o una revolución democrática y socialista, violenta o no. Con la legalización, primero del PCM, y luego de otras organizaciones de izquierda, se abrió una tercera opción: la permanencia del grupo gobernante del PRI, pero acompañado de una democracia electoral que incluyera a todas las organizaciones de izquierda.
El entusiasmo en el campo de la izquierda y especialmente de los comunistas que habían conocido décadas de ilegalidad no puede ser hoy imaginada. Terminaba una larga época de catacumbas, del ocultamiento, de estar separados por la fuerza de la vida cotidiana, de la sociedad. ¿Qué papel jugó Martínez Verdugo en ese proceso? La mayoría de las otras organizaciones de izquierda tuvieron al principio mucho recelo hacia la “apertura democrática” del PRI. También en las filas comunistas muchos temían una trampa. Fue Martínez Verdugo quien desde el primer momento emprendió una campaña de convencimiento en favor de la reforma electoral. Polemizó dentro y fuera del partido a su favor. Y el PCM participó antes que cualquier otra organización independiente.
Hay que tomar en cuenta –decía Arnoldo– que las últimas dos elecciones, la de 1970, en que nosotros no participamos y hubo una gran abstención, y la de 1976, en que no hubo candidato legal frente a López Portillo, fueron desastrosas para el PRI pese a sus victorias. Arnoldo se mostró dispuesto a negociar con Reyes Heroles, actor principal por parte del gobierno en la reforma electoral que se iniciaba y pronto se estableció un diálogo fructífero:
“Ninguna consigna corresponde de la manera más exacta a los intereses de la clase obrera –escribía Arnoldo– en la actual situación del país que la de la reforma política democrática… Pero esta consigna no convence aun a los distintos sectores que integran… la izquierda. La propone con insistencia el Partido Comunista Mexicano en sus documentos fundamentales de los últimos dos años bajo el título de La lucha por la libertad política…
“Este documento y otros que el PCM ha dedicado al tema en discusión, persigue claramente el objetivo de probar la necesidad y la posibilidad de una reforma política… La lucha por conquistar los derechos políticos plenos, fue parte esencial de los movimientos…de 1958-59 y de 1968…” (El Partido Comunista Mexicano y la Reforma Política, Arnoldo Martínez Verdugo, México, 1977).
Pero volvamos al partido de cuadros que dirigía Martínez Verdugo antes de la plena legalización. Es sorprendente que un partido tan pequeño hubiera participado en forma destacada en los movimientos obreros que hubo en el periodo de 1956-1959, en el Movimiento de Liberación Nacional en los años 1960-1962 y también en el gran movimiento estudiantil de 1968. La influencia del PCM en la sociedad trascendía con mucho al número de sus militantes, porque no dependía de números, sino de la presencia y el papel dirigente establecido históricamente en las muchas luchas populares.
En realidad, Arnoldo Martínez era un dirigente de dirigentes que habían aceptado su papel rector voluntariamente, diríamos por su capacidad de crear una hegemonía. Pero estos dirigentes siempre tenían su opinión propia y la expresaban sin tapujos, cada vez que lo consideraban necesario. Muchos de ellos tenían liderazgos en sus campos, mayores que los de Arnoldo. Para construir su poder, Martínez Verdugo no contaba con dinero ni plazas administrativas ni puestos políticos representativos ni siquiera con una recomendación ante un funcionario para ofrecer a sus seguidores. Su liderazgo se desprendía de una ideología común, su especial visión y su influencia personal constantemente renovada. Arnoldo debía ser reelegido en cada Congreso. Frecuentemente perdió votaciones importantes y no siempre lograba imponer su punto de vista, pero en la mayoría de las ocasiones, durante periodos prolongados y momentos muy difíciles de su gestión siempre contó con el apoyo personal de la gran mayoría de los dirigentes.
Para probarlo me atrevo a presentar una lista que está lejos de incluir a toda la gente destacada y capaz, todos ellos miembros de la Dirección Política y del Comité Central durante periodos prolongados en los años de su gestión como secretario general (1962-1981). Inmediatamente se verá que los dirigentes del Partido Comunista tenían las cualidades necesarias para enfrentar la represión del Estado e infundir esperanza en un mundo mejor sin ofrecer para el presente, parafraseando a Winston Churchill, más que “sangre, sudor y lágrimas”.
Valentín Campa, miembro del PCM desde 1921, dirigente ferrocarrilero desde 1925, organizador de huelgas ferrocarrileras en 1932, cofundador de la CTM en 1936, secretario de Educación y Organización del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros entre 1943 y 1948. Junto con Demetrio Vallejo fue codirigente del movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, preso político en diversas ocasiones durante un total de 16 años. Candidato presidencial en 1976, entre muchas otras cosas. Miembro fundador del PRD.
Ramón Danzós Palomino, profesor normalista. Activo en las luchas agrarias desde 1935. Militante y miembro de la dirección del PCM (1936-1981), secretario general de la CCI entre 1964 y 1975, vicepresidente de la Unión Internacional de Sindicatos de Trabajadores de la Agricultura, candidato a la Presidencia de la República por el FEP (1963-1964). Preso político siete veces en Sonora, una vez en Nueva York, de donde fue deportado a París, así como en Puebla y en el DF. Miembro fundador del PRD.
Othón Salazar Ramírez, profesor de la Escuela Normal. Militante del PCM y de su Comité Central (1958-1981). Desde 1951 dirigente del movimiento magisterial y principal exponente del movimiento magisterial de 1956-1958. Secretario General de la sección 9 del SNTE. Preso político varias veces, especialmente desde 1958 hasta 1970. Diputado federal y presidente municipal de Alcozauca. Defensor de grupos étnicos en todo el país. Miembro fundador del PRD.
Gerardo Unzueta Lorenzana, periodista, miembro de la dirección del Partido Comunista desde 1962. Director durante muchos años de La Voz de México, periódico del Partido. Autor de varias obras políticas. Preso político por apoyar al movimiento estudiantil de 1968. Diputado federal en dos ocasiones.
J. Encarnación Pérez Gaytán, profesor normalista, ingresa al PCM en 1939. Miembro del Comité Central durante 35 años. Encarcelado durante seis años a raíz del movimiento ferrocarrilero. Diputado federal. Miembro fundador del PRD.
De las generaciones más jóvenes se puede citar a Pablo Gómez Álvarez, economista. Miembro de la Juventud Comunista y luego del partido desde 1963 y de sus órganos dirigentes. Integrante del Comité Coordinador del SPAUNAM y de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos. Preso político por el movimiento de 1968. Secretario general del PSUM. Cofundador y presidente interino del PRD. Varias veces diputado y senador.
Arturo Martínez Nateras, ingeniero de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Militante y luego dirigente de la Juventud Comunista y del Partido Comunista. Fundador de la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos. Preso por el movimiento estudiantil de 1968. Autor de varios libros sobre política, socialismo y el movimiento del 68.
Gilberto Rincón Gallardo, abogado. Miembro del PCM desde 1963, y de la Comisión Ejecutiva. Fue apresado 32 veces y en 1968 por tres años. Dirigente del PMS (1987-1989). Miembro fundador del PRD. Dos veces Diputado federal.
David Alfaro Siqueiros, uno de los grandes pintores del muralismo mexicano. Miembro del PCM desde 1921. Coeditor de El Machete (1923). Fundador de varias organizaciones sindicales. Preso en 1931 y luego expulsado del país. Expulsado también de Estados Unidos apoya abiertamente el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959 y cae otra vez preso entre 1959 y 1964. Miembro del Comité Central varias veces.
Enrique Semo Calev, economista e historiador. Fundador de la División de Estudios Superiores de la Facultad de Economía y diferentes instituciones en otras universidades. Miembro del Partido Comunista desde 1962 y de su Comité Central por 19 años. Responsable de la Comisión de Educación del PCM. Fundador-director de la revista Historia y Sociedad.
A estos ejemplos habría que agregar docenas de personalidades en los diferentes estados y además, muy importante, las células de militantes entre maestros, ferrocarrileros, estudiantes, obreros petroleros y los que dejaron al PCM para participar en las múltiples guerrillas de la época.
Varios de esos cuadros fueron marginados de la dirección del PRD. Otro tipo de gente tomó su lugar. Con la caída del comunismo y del socialismo la ideología se fue desdibujando hasta evaporarse. El PRD se transformó en una gran máquina electoral cuya única tarea es asegurar el mayor número de representantes a todos los niveles. Las figuras del caudillo y del cacique volvieron a aparecer. La burocracia profesional cobró una fuerza y una solidez excepcional. Las tendencias internas que nunca fueron permitidas en el PCM adquirieron permanencia. Pero no como tendencias políticas sino como grupos de intereses; y finalmente, el partido sufrió una gran fractura cuyo desarrollo es imprevisible. Hoy más que nunca la pregunta ¿qué hacer? es de una actualidad candente. Y, sin embargo, en los círculos directivos no parece despertar inquietud. Nos enfrentamos a una política de hechos consumados sin explicación y a dirigentes que están decididos a que siga así. A pesar de todo, la izquierda mexicana ha avanzado mucho desde su legalización en 1978, pero en este momento aparece estancada y falta de iniciativas.
No hay regreso posible al pasado. El pueblo de México ha conseguido cierto nivel de democracia electoral y alternancia en el poder, alternancia de la que no ha gozado la izquierda. Se necesita un esfuerzo gigantesco para salir de la jaula dorada, para dejar de plantear el poder exclusivamente en término de personas, para aprovechar todas las innovaciones en la informática que han cambiado el quehacer político, para reivindicar en la práctica los valores de la honestidad y la dignidad política.








