La participación de México en la 55 Bienal de Venecia confirma la urgencia de reestructurar, profesionalizar y transparentar la gestión gubernamental de las artes visuales. ¿En qué argumentos y datos se basó la directora del Instituto Nacional de Bellas Artes, María Cristina García Cepeda, para afirmar el pasado martes durante el discurso de inauguración del pabellón de México, que “para nosotros, como país, es un privilegio” abrir el Templo de San Lorenzo “con la participación de la obra de Ariel Guzik”?
Indiferente tanto a la actual reflexión sobre la bienalización del sistema artístico, como a las críticas que ha tenido el modelo de la Bienal de Venecia por su contradictorio y excluyente modelo de pabellones nacionales en un contexto global, García Cepeda aprobó una cuestionable participación que todavía no se ha justificado.
A diferencia de la audaz participación del prestigiado chileno Alfredo Jaar quien, como representante de su país, se atrevió a cuestionar el modelo de la Bienal con reproducciones de los pabellones originales de algunos países centrales, que se hunden y emergen en el agua, México gasta por lo menos 12 millones de pesos del erario para posicionar a un autor que centra su propuesta principalmente en la exploración tecnológica y no en la problematización artística. Atractiva por la relación que plantea entre la naturaleza y el sonido, la obra de Ariel Guzik no captura naturalmente los sonidos del entorno, los traduce a través de un lenguaje sonoro que él mismo construye a partir de instrumentos y armonías.
Si el comité de selección del INBA tenía especial interés en obras sonoras y tecnológicas, ¿por qué no elegir a un grupo de artistas de distintas trayectorias y diversidad creativa? Pioneros en la creación, investigación y práctica curatorial de las expresiones sonoras, el artista Manuel Rocha Iturbide y el comisario Guillermo Santamarina deberían haber formado parte del proyecto. Riguroso y plural en sus creaciones, Manuel Rocha, quien es reconocido notoriamente en el ámbito internacional tanto académico como artístico, cuenta con un cuerpo de obra que oscila entre la creación musical y la expansión escultórica del arte sonoro. En el contexto de una representación colectiva, la trayectoria de este último podría haberse equilibrado con la inclusión de Enrique Rosas, un creador poco conocido a pesar de la pluralidad de su creación. Seleccionado en 2001 en el Concurso Internacional sobre arte y vida artificial 4.0 de la Fundación Telefónica de España, Rosas fue definido como un “espíritu sumamente renacentista” que abarcaba terrenos como la electricidad, la electrónica y la botánica. Colaborador con Guzik en el proyecto del Resonador Espectral Armónico –estación que interpreta y relaciona señales ambientales con armónicos sonoros–, Enrique Rosas realizó las visualizaciones o diseños de algunos instrumentos.
Responsable de un proceso de selección opaco que favoreció a la curadora Itala Schmelz Herner y al artista Ariel Guzik Glantz, García Cepeda tiene la obligación de informar sobre los proyectos rechazados de los otros comisarios invitados. Carente de argumentos sólidos, el “privilegio” de abrir el Templo de San Lorenzo como uno más de los 88 pabellones nacionales, se percibe como un espejismo que se acerca a la ignorancia.








