“Toda muerte es odiosa”

La mañana del pasado 26 de mayo falleció el narrador, ensayista y traductor José María Pérez Gay, probablemente el más distinguido germanista en la historia de nuestro país.

Desde muy joven tuvo el pelo blanco, de manera que no parecía envejecer nunca. Desde muy joven impresionaban su información y su inteligencia, parecía haber sido un maestro desde siempre. Se le veía siempre lleno de entusiasmo, siempre dispuesto a la conversación, siempre gentil, sonriente siempre, cálido.

Hace tres meses cumplió 69 años de edad. Aunque desde hace algún tiempo un mal de orden neurológico había empezado a mermarlo, le había dado batalla con enorme gallardía. Se apoyaba en un bastón, pero se le veía erguido.

Sin embargo, hace tres años, en el homenaje que se le rindió a Carlos Monsiváis al día siguiente de su muerte en el Palacio de Bellas Artes, me dijo:

–Estoy jodido. Me cuesta cada vez más trabajo moverme.

Para un buen número de escritores de mi generación –nacidos 10, 12 años más tarde que él– José María fue un maestro y una suerte de hermano mayor. A través de las páginas de La Cultura en México, suplemento del semanario Siempre!, Chema, como se le llamaba comúnmente, orientaba lecturas, y nos daba a conocer sus versiones de poemas, ensayos, cuentos y obras de teatro de una muy larga nómina de autores de lengua alemana (de Karl Kraus a Paul Celan a Peter Handke) y con el solo ejemplo de su labor daba una notable cátedra de traducción literaria.

¿Cuántas lecturas de autores germánicos le debemos a José María Pérez Gay?

Una semana presentaba fragmentos de los diarios de Thomas Mann, y 15 días más tarde ejemplos de la correspondencia entre Hannah Arendt y Hans Magnus Enzensberger. Fue hacia 1974 que presentó en La Cultura en México, en dos partes, la extensa y brillante conversación entre Theodor W. Adorno y Elías Canetti, y así nos hizo conocer a uno de los más extraordinarios escritores del siglo XX.

La traducción era parte de su formación como escritor. Poco a poco su pasión por la literatura germánica sedimentó hasta cristalizar en novelas y ensayos profundamente vinculados con esa cultura. En 1965 se marchó a Alemania y vivió allá casi 15 años pero, aun después de haber vuelto a México, siguió en contacto con la lengua alemana. Era su segunda patria. Y, como lo prueban abundantes colaboraciones en la revista Nexos, siguió transmitiendo a sus lectores la enorme riqueza de sus poetas y pensadores.

Es cierto que José María Pérez Gay fue diplomático, catedrático universitario, director de una emisora pública de televisión (Canal 22) pero, por encima de todo, fue siempre un escritor.

Hace tres años escribió un hermoso ensayo sobre Canetti titulado “Contra la muerte”. En él cita unas palabras de su admirado autor que inevitablemente resuenan al escribir esto:

“Toda muerte es odiosa; la de cualquier persona tanto como la nuestra. Ningún ser humano debió morir, todo deceso es un duelo. Nada más cruel que la muerte de otro, nada más increíble que la frase ‘ese hombre murió a tiempo’.”

La muerte de José María Pérez Gay resulta especialmente cruel y odiosa porque uno siente que ocurrió demasiado pronto.