El turno al campo

Apenas saludábamos con gozo indicios de que la justicia haría su aparición entre nosotros, refiriéndonos a la sentencia condenatoria al dictador Efraín Ríos Montt en Guatemala (Luz al final del túnel, Proceso Jalisco 445), cuando nos revirtió el rostro un ramalazo y nos apagó el ocote. Los poderes fácticos de nuestros vecinos chapines hicieron virar la tuerca diametralmente. Echaron atrás no la sentencia, sino el juicio mismo, que tal vez ni siquiera se reponga. Se extinguió la tenue luz que brillaba al final del túnel guatemalteco.

No se festinaba que un criminal confeso purgara en la cárcel sus delitos el resto de su vida. Se saludaba o se daba la bienvenida a un viraje en cuestiones de fondo en la convivencia de nuestros pueblos. Nuestros ‘gobernantes’ hacen lo que bien les viene en gana o lo que les ordenan otros poderes fácticos a los que sirven. Su premio es la impunidad. Pero de castigarse sus arbitrariedades, hay esperanza de que cambien su conducta troglodita. La ilusión de nuestros autóctonos se sentará de nuevo a esperar mejores tiempos.

Pero no dejemos que nos abata el fatalismo. Hay ahora dos hechos nuevos que hacen que vuelva a sonar en nuestros oídos la fanfarria de la esperanza. Uno nos viene del congreso de la Central Campesina Cardenista (CCC); el otro es el anuncio tanto del gobierno de Colombia como de las FARC de que, en las negociaciones que celebran para alcanzar la paz definitiva, han logrado un acuerdo sobre la cuestión del campo, la propiedad de la tierra y su forma de explotarla. Veamos primero lo de Colombia, por su trascendencia.

No se puede regatear que sea un gran logro tras tantos escarceos fracasados. Los colombianos pueden aspirar objetivamente a conseguir metas de dimensión seria y profunda. Al tapete de la mesa de las negociaciones, en La Habana, se pusieron cinco puntos álgidos para debatirlos en serio. El más espinoso de los cinco era el del campo. Encontrar una salida a los litigios de la producción agropecuaria significa hallar la puerta para una buena conducción del renglón primario. Todos sabemos que la economía de un país se sustenta sobre sus cimientos. Sobre ellos se levantará después el renglón industrial y más arriba todavía los renglones de los servicios y anexas. Alcanzar entonces un buen acuerdo para echar a andar el campo es como encontrarle la cuadratura al círculo.

Las discusiones y los encontronazos van a continuar. No tienen pavimentado el piso. Pero es evidente que la apuesta del presidente Juan Manuel Santos por alcanzar la concordia entre los colombianos está rindiendo frutos. Tanto la Organización de las Naciones Unidas como la Unión Europea saludaron positivamente lo alcanzado por las dos partes. Están poniendo por delante el interés del país, de una población sumida desde hace décadas en el estupor de la guerra, y se están imponiendo la racionalidad y la buena voluntad. El proceso apunta a que será benéfico para todos.

Contrasta la voluntad del presidente Santos por tener en sus manos, como dicen los clásicos de la sociología, el monopolio de la fuerza y no desbocarse en el baño de sangre para imponer a sangre y fuego la paz de los sepulcros. No es frecuente en estas tierras generadoras de dictadorzuelos y chacales toparse de pronto con políticos inteligentes y decididos a transitar por sendas complicadas para alcanzar el bien de sus pueblos. En cambio, su antecesor, Álvaro Uribe, símil de la hiena panista que sufrimos aquí a lo largo del sexenio pasado, Felipe Calderón –ambos azuzados por el Pentágono, ambos adictos a la línea dura–, acaba de expresar su repudio a este primer logro: “inaceptable –dijo– que el modelo del campo colombiano lo negocie el gobierno de Santos con el narcoterrorismo” (La Jornada, 28 de mayo de 2013).

Uribe es adicto a la línea dura, como muchos de nuestros “gobernantes” latinoamericanos. En ellos encuentran nuestros vecinos estadunidenses, que comulgan también con semejantes prédicas, las marionetas adecuadas. Entendiéndose ambos, lo que llamamos imperialismo no sólo encuentra el campo fértil sino hasta abonado. Con los represores de casa, aquellos tienen para sí eficientes e idóneos ejecutores para realizar sus afanes de expansión, que redundan en el sometimiento de nuestros pueblos.

Luego, en cuanto terminan éstos sus mandatos (que tampoco ganan, pues nuestras elecciones son manipuladas), sus amos blancos les pagan bien. Si pueden dejarlos entre nosotros, para que nos sigan moliendo, lo hacen. Pero si ven que el panorama les pinta agrio, se los llevan, los apapachan y les otorgan cartera de consolación. Es lección de peso, como para que entendamos los sufridos vasallos que quien se porta bien con el amo blanco será remunerado con creces. Así los vemos en puestos directivos de la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económicos, de la Organización Mundial de la Salud, del mundo bursátil, de industrias expoliadoras como Halliburton, o hasta en la cátedra de sus universidades más prestigiadas, como Yale o Harvard.

Sin embargo, en las filas del imperio también hay otras líneas, gente con sensibilidad acendrada que entiende que las armas deben ser silenciadas, para lograr el entendimiento por la vía civilizada. John Biden, vicepresidente de Obama, estuvo en Bogotá a cuenta del primer aniversario del TLC entre Colombia y Estados Unidos, y se refirió a este primer paso fundamental en términos elogiosos. Lo aprovechó para llevar agua a su molino, pero lo reconoció. Dijo que si los negociantes signan los otros cuatro puntos de acuerdo, “sería como cerrar con broche de oro lo que se inició hace 13 años con el Plan Colombia” (ibídem). Ese malhadado plan entrenó soldados colombianos para exterminar guerrilleros, le transfirió a ese país sudamericano tecnología militar yankee y hospedó comandos gringos en cuarteles locales. Tan acorde con los pasos de paz no fueron estos apoyos. Pero el comentario de Biden al menos no se fue por la vía de la descalificación, como el de Uribe, lo cual es ganancia.

El evento donde se expuso la necesidad de la reivindicación del campo mexicano tuvo lugar en el noveno congreso nacional de la CCC. Se manifestó ahí con toda claridad que el pago en su justo precio de los productos agropecuarios es la llave de oro para abatir el hambre en el país. Con eso se harían innecesarias cruzadas, como la federal, que es de mero perico.

Invitado a sus trabajos, el titular del gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, anunció que dará pasos firmes en beneficio de los trabajadores del campo. Mancera señaló que se debe reconocer de una vez por todas al campo como pilar de la economía nacional. Dijo que los campesinos, con su dura labor cotidiana, defienden nuestra soberanía alimentaria; que se tiene que reconstruir el sistema agroalimentario mexicano.

Se impone, pues, volver nuestras energías y nuestra inteligencia al campo, con la atingencia con que lo signaron nuestros hermanos colombianos. Son balbuceos y primeros pasos, pero al menos ya se empieza a hablar de esto otra vez. Aunque la tónica del gobierno de la ciudad no parece ser compartida por el gobierno federal, a pesar de su cruzada contra el hambre. Doña Chayo Robles dejó plantados a los delegados de la capital. Envió a Ramón Sosamontes en su representación. Doña Chayo, proviniendo de la izquierda, ¿es émula de Uribe y Calderón? ¡Cuántas sorpresas da la vida!