El desastre sigue ahí

Los pobladores de 13 municipios jaliscienses tuvieron la mala fortuna de que el huracán Jova aplastara sus vidas en 2011, la víspera de los Juegos Panamericanos. El entonces gobernador Emilio González quería aprovechar la fiesta deportiva para amarrar la candidatura presidencial del PAN y tapó con promesas las necesidades de los 50 mil damnificados. Hasta la fecha, la ayuda que el mandatario panista gestionó en el Congreso no ha llegado al campo, y don Ángel, cuya imagen en medio de los escombros de su casa fue un emblema de la tragedia, sigue pidiendo que los políticos cumplan su palabra…

 

Los daños ocasionados por el huracán Jova en la costa jalisciense el 12 de octubre de 2011 siguen lacerando a la población del ejido José María Morelos, municipio de Tomatlán, una de las más afectadas, y que hasta ahora espera los apoyos que le prometió el entonces gobernador Emilio González Márquez.

Como parte de la propaganda gubernamental, a don Ángel Casillas Estrada las autoridades le dijeron que iban a reconstruir su casa de tablas y láminas de asbesto, pero eso no ha sucedido y él tiene que dormir en el albergue de la localidad. El 8 de mayo pasado fue a las oficinas de la Secretaría de Desarrollo e Integración Social (antes de Desarrollo Humano) a preguntar por qué no han ido al ejido y cuándo repararán su vivienda.

Una señorita que estaba en la recepción lo reconoció y le informó a un superior que no era la primera vez que don Ángel iba a la dependencia en busca de ayuda, así que tomaron nota de su petición, lo anotaron en un censo de damnificados y lo despidieron amablemente, pero sin una respuesta clara. Como sucede en otras comunidades afectadas por el huracán, la ayuda no llegó.

Contadas veces el gobierno municipal de Tomatlán, que encabeza el perredista Saúl Galindo Plazola, repartió despensas a la población de José María Morelos, pero no son suficientes y carecen de aceite y azúcar. “No sabemos con quién ir, ya he tocado puertas y puertas”, dice el entrevistado.

Las actividades económicas del poblado son la pesca y la agricultura, pero no todos tienen tierra, y los que sí disponen de ella no cosechan todo el año. Por eso el señor Casillas Estrada salió desalentado de la dependencia y, caminando por la avenida La Paz, se topó casualmente con la oficina de Proceso Jalisco. Entró y denunció la situación de su comunidad.

Usa sombrero de paja. En la mano izquierda trae una bolsa con objetos personales y una carpeta con fotografías del desastre que ocasionó Jova en su terruño. Muestra especialmente un calendario en que aparece él entre los escombros de su casita.

Está delgado. Confiesa que no ha comido en dos días y que lleva un mes atorado en Guadalajara por falta de dinero para regresar. De entre las fotos extrae un oficio que llevó a la Presidencia de la República el 14 de febrero pasado. Quiso ver a Enrique Peña Nieto, pero nada más lo dejaron entregar su escrito en la Dirección General Adjunta de Atención Ciudadana, donde le pusieron el sello de recibido en una copia.

Don Ángel escribió: “Señor Enrique Peña Nieto, presidente de la república, por medio de este conducto me dirijo a usted, un servidor Ángel Casillas Estrada, soy de las muchas familias afectadas por el huracán Jova que fue exactamente el 12 de octubre de 2011 a las 3 am, para ser exactos. Desde ese entonces he andado en una instancia y otra del gobierno, donde he encontrado oídos sordos tanto en el gobierno local como el estatal. Yo no tengo dónde vivir como muchos tomatlenses”.

En la misiva señala también que la tragedia fue aprovechada por políticos del PAN que ese año aspiraban a puestos municipales y estatales. Menciona concretamente a Juan José Cuevas García, El Peri, quien fue candidato a diputado por el Distrito V, con cabecera en Puerto Vallarta, y quien consiguió una curul estatal.

Don Ángel recuerda que Cuevas obsequió despensas y calendarios con su rostro. También le prometió apoyo, igual que lo hizo el diputado priista Gustavo González Villaseñor –cuestionado alcalde de Puerto Vallarta entre 2003 y 2006–, a quien asegura conocer desde que eran niños porque crecieron en la delegación de Ixtapa en ese municipio.

“(González Villaseñor) me dijo que esperara porque acababa de entrar (al Congreso), pero que me regalaría un terreno y material para poner mi casita. Me regaló un teléfono baratito”, cuenta el entrevistado mientras enseña una tarjeta con el número de celular del legislador.

En ese momento el entrevistado pide al reportero que marque el número, pues quiere recodarle al legislador su promesa. Responde una mujer, que dice ser hija de González Villaseñor y que éste se fue a Puerto Vallarta. Don Ángel la saluda cordialmente y le pide que transmita su recado.

El campesino dice conocer también a Rafael González Pimienta, diputado local y expresidente estatal del PRI, y a su hijo Salvador González Reséndiz, que gobernó Puerto Vallarta de 2010 a 2012. Los conoció en Ixtapa.

Según el portal de noticias de Reporte Índigo, González Pimienta posee un apartamento en el lujoso condominio Icon Vallarta y su hijo tiene otro en el edificio Deck­ 12 del puerto. Ambos inmuebles fueron adquiridos a la firma de bienes raíces del efímero secretario de turismo José de Jesús Álvarez Gallegos, asesinado el 9 de marzo en la avenida Acueducto, casi en el cruce con Patria, en Zapopan.

De ellos comenta don Ángel: “En Ixtapa los conocí. Eran agricultores y, pues así, que digas eran millonarios, no. Eso sí, eran priistas de hueso colorado”.

Arrasador

 

A su paso por Jalisco, el huracán Jova dañó 13 municipios de la costa sur, incluido Autlán de Navarro. Lluvias con fuertes vientos se abatieron ahí del 11 al 13 de octubre. Aplastaron casas, sembradíos, carreteras, caminos vecinales y cableado de alta tensión. Toda la zona se quedó sin electricidad durante 24 horas y varias comunidades permanecieron más de una semana sin agua potable.

El fenómeno meteorológico mató a siete personas en Jalisco y a tres en Colima, además de privar de su hogar a 50 mil, principalmente en Cihuatlán (en los límites con Colima y por donde el huracán entró la tarde del 11), Cuautitlán de García Barragán, Tolimán, Autlán de Navarro, Talpa de Allende, San Gabriel, Puerto Vallarta, Mascota, Cabo Corrientes, La Huerta, Casimiro Castillo, Tomatlán y Villa de Purificación.

En poblados como El Chante, municipio de Autlán, el restablecimiento del agua potable demoró casi 15 días, pero al campo nunca llegó ayuda alguna.

Aparte de la inundación de varias poblaciones por el desbordamiento de ríos y arroyos, quedaron inutilizadas grandes extensiones sembradas de maíz, caña de azúcar, plátano, papaya y limón, entre otros productos, lo que de inmediato provocó un alza de precios de más de 300%, sobre todo en Cihuatlán.

El gobernador González Márquez visitó la zona devastada seis días después y sólo por unas horas, porque tenía prisa por volver a Guadalajara para exhibirse en el escaparate de los XVI Juegos Panamericanos, ya que aspiraba a la candidatura del PAN a la Presidencia de la República (Proceso Jalisco 364).

Y aunque González Márquez logró que el Congreso estatal autorizara un crédito de 950 millones de pesos para reparar los daños y apoyar a los damnificados, nunca se supo cómo ni dónde se invirtió ese dinero, si es que se hizo.

Jova destruyó 2 mil 600 viviendas; 413 de ellas las dejó inhabitables y otras mil 300 con daños en el techo. También ocasionó el cierre de 70 tramos carreteros y de caminos vecinales. En uno de estos incidentes, colapsaron dos puentes vehiculares en Cuautitlán. El derrumbe de un puente-alcantarilla bloqueó la comunicación por la carretera 80, en la cuesta de La Calera, cerca de El Zapotillo, entre los municipios de Autlán y Casimiro Castillo.

La comunicación de estas localidades con Cihuatlán se reanudó parcialmente 10 días después, mediante carruseles que encabezó la Policía Federal. Los usuarios de la carretera acusaron a la corporación de cobrarles 50 pesos por cada auto que pasaba en la noche.

En aquellos días empezaba el infortunio de don Ángel: “Mi casa fue destruida totalmente. A mí me cayó encima y hasta la fecha no tengo casa, no tengo nada. En ese entonces el gobierno jamás nos apoyó. Nos entregaron unas despensas y un calendario 2012 con la foto del diputado federal, que en ese entonces era Juan José Cuevas García”.

Relata que el 12 de octubre, él estaba en casa con su esposa y ella le advirtió que el huracán tocaría tierra muy pronto. Se apuraron a empacar algunos utensilios para trasladarse a la casa ejidal, donde se improvisó un albergue y un grupo de militares brindaba cierta protección. El DIF estatal entregó catres y colchonetas para los refugiados.

A las siete de la noche el gobierno municipal cortó el suministro de luz a toda la comunidad, pero como don Ángel no había terminado de empacar le pidió a su mujer que se adelantara con los dos hijos al albergue.

Una hora después el viento comenzó a soplar en rachas sostenidas de hasta 195 kilómetros por hora y el señor se quedó atrapado.

“Bien de repente comenzaron las tablas a quebrarse. La lámina de la esquinita se levantó y se fue para el corral de mi vecino. Yo lo que esperaba, la mera verdad, era la muerte. Me quedé en una esquina esperando que amaneciera. A mí lo que me salvó fueron las bolsas con nuestras cosas, mitigaron un poquito el golpe.”

A las seis de la madrugada comenzó a clarear. Don Ángel salió de entre los restos de su casa y lo que vio fueron ruinas, calles inundadas, árboles enormes arrancados de raíz, varios vecinos lesionados y un niño al que personal de protección civil intentó resucitar pero fue en vano. “Adonde quiera que miraras era como una zona de guerra”, recuerda.

Aunque sólo tiene 52 años, ya no le dan empleo y tiene que conformarse con los llamados para cosechar jitomate, chile y sandía en los campos costeros por breves temporadas. Cuenta con licencia federal de conducir y en un tiempo era chofer de carga pesada, pero las empresas prefieren contratar a los más jóvenes.