Contra la violencia obstétrica

Decenas de mujeres se lanzaron a la calle a finales de abril para pedir a los directivos y médicos de las clínicas del IMSS jalisciense detener la violencia obstétrica a las que someten a las derechohabientes embarazadas antes, durante y después de su alumbramiento. Proceso Jalisco entrevistó a varias de las afectadas en los últimos años, quienes detallan la falta de tacto con la que actúa el personal de las clínicas públicas y los chantajes que padecieron.

La ilusión de tener un hijo se convirtió en violencia obstétrica contra las mujeres que acuden a los hospitales públicos. En los últimos años, los facultativos y enfermeras advierten a las embarazadas que si aceptan la colocación de un dispositivo intrauterino (DIU) después del parto les practicarán una cesárea horizontal –“es más estética”, les dicen–; de lo contrario, la incisión será vertical.

Peor aún, a muchas, sobre todo a las que van en estado de gravidez avanzado, les piden que se suban de inmediato a la camilla para llevarlas al quirófano e inducirles el parto. Si no aceptan, les piden abandonar las instalaciones. También hay casos en que las parturientas sangran por el trato inadecuado por parte de los médicos que les hacen la revisión vaginal.

Estos son algunos de los casos de violencia contra las mujeres en los nosocomios públicos de Jalisco donde, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se practican en promedio 163 mil 123 partos al año.

A principios del año pasado, Guadalupe Najar acudió a la clínica 89 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de la que es derechohabiente a su revisión semanal. Previo a su parto, inició el maltrato, dice. El ginecólogo que la auscultaba le decía que “tenía el vientre muy grande”, por lo que, según él, “la niña no podía nacer por parto natural, sino por cesárea”.

En una ocasión el médico le comentó que iba a hacerle el tacto. “Yo le dije que no era necesario, pues iba en la semana 36. Le expliqué incluso que no traía contracciones y que sólo iba por el chequeo de la semana”, cuenta.

Él se enojó y le dijo que si acaso ella había estudiado medicina para cuestionar su trabajo: “Me hizo sentir como si fuera una ignorante. Pero insistí. Le dije que podía revisarme a través de un eco, sin necesidad de hacerme el tacto. Al final me hizo firmar una hoja en la que constaba que no había aceptado esa revisión”.

Seis semanas después, Guadalupe Nájar regresó a la clínica ubicada en avenida Washington, donde la atendió el mismo médico. En esa ocasión éste sólo habló con la practicante. Cuando ella le preguntó qué iba a suceder, él respondió que le iban a practicar una cesárea. Y cuando llegó el momento del parto y la condujeron al quirófano, aún no llegaba el cirujano, asegura Guadalupe.

Aprovechó para platicar con el anestesiólogo y le pidió a los demás asistentes que le hicieran una cisura horizontal. Todos empezaron a bombardearla, dice, incluido el pediatra José Echeverría Flores. “Me preguntaron cómo me iba a cuidar, si me iba poner el DIU. A todos les dije que me lo iba a poner seis meses después del parto para evitar que me lo pusieran sin mi autorización”.

El anestesiólogo insistió en que si no aceptaba que se le colocara el dispositivo, el corte sería vertical. “Yo le respondí que no podían condicionarme; sí me lo voy a poner, pero será cuando yo decida. Y él me dijo: ‘Ah, pues tú tampoco vas a condicionar al doctor a que te hagan las cosas como tú quieras’”, relata Guadalupe.

Poco después, alrededor de las dos de la mañana, llegó el cirujano partero. El anestesiólogo y el pediatra le comentaron que ella no quería colocarse el dispositivo y que quería la cesárea horizontal. “El doctor me preguntó si me iba a poner el DIU; le dije que no. A partir de ahí me ignoraron y la cesárea fue vertical”, añade.

Guadalupe no recuerda el nombre del anestesiólogo, pero sí el apellido del cirujano: el doctor Montañez. Cuando quiso investigar los nombres de resto del personal médico que la atendió, los pasantes del IMSS le comentaron: “Si no preguntaste de buenas y en el momento del parto,  mejor olvídate”.

Después de la cirugía, una de las enfermeras le preguntó por qué le habían practicado una cesárea vertical y como Guadalupe le contestó que fue porque se negó a que el doctor Montañez le colocara el DIU, ella le mencionó que eso le pasaba a todas las que se negaban.

Guadalupe Najar pretende llevar su caso ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y ante la Comisión de Arbitraje Médico contra el personal de la clínica del IMSS 89, en la que, dice, pedirá a la dependencia que contrate a médicos con ética y respeto por las pacientes.

Los relatos de Marcela e Isabel

 

Marcela Hernández, quien a sus 21 años se convirtió en madre por primera vez, cuenta los maltratos que recibió en esa misma clínica del IMSS en 2010. Su emoción de tener un bebé la llevó a documentarse sobre el proceso de parto, incluso tomó un curso psicoprofiláctico para asegurarse de que el alumbramiento fuera natural.

El 10 de marzo de ese año por la tarde empezaron las contracciones, por lo que Marcela se trasladó a la clínica 89. Pidió al personal que no le suministraran anestesia mientras la revisaban. Los auxiliares le advirtieron que el cuello del útero aún no se dilataba, por lo que le recomendaron internarse.

“Te vamos a poner suero y te vamos a tener acostada en la cama”, le dijeron. Ella les comentó que antes de hacerlo se iba a despedir de su marido. “Salí corriendo de la clínica. Decidí esperar en mi casa a que las contracciones fueran más seguidas”, recuerda.

Y como había muchas mujeres en espera, ni siquiera notaron su  ausencia, comenta Marcela. Al día siguiente, a las cinco de la tarde las contracciones eran intensas, por lo que, dice, regresó al nosocomio. La obstetra la revisó y le aseguró que en dos horas nacería su hijo. Ella permaneció de pie para esperar el momento del alumbramiento. La obstetra no le dio seguimiento y la pasaron con otro médico, quien le pidió que se acostara.

“Como le respondí: ‘Estoy muy cómoda parada’. Él gritó: ‘Que te acuestes, te voy a poner suero; no hay de otra’. Insistió en que así no me podía atender, que no se hacía responsable. Todo empezó a ir de mal en peor. Tuve que acostarme, me dolía horrible. Supliqué que me dejaran parar, pero me lo prohibieron. Los pasantes me hacían tactos innecesarios”, relata.

Sintió que estaba a punto de desfallecer, por lo que pidió llamar al médico que la atendía; no había nadie. Tuvo que esperar hasta el cambio de turno, a las 10 de la noche. Cuando llegó el médico de guardia se limitó a recetarle oxitocina, lo cual incrementó las contracciones. “Y como empecé a gritar, una enfermera me ordenó callar; me dijo que eso le pasaba a todas, aunque no imaginaba el dolor que sentía”, dice Marcela.

Otro médico le rompió las membranas para que tirara el líquido amniótico, lo que provocó arritmia en el corazón del bebé. Tuvieron que colocarle unos “parches” en el vientre para monitorearlo, pues ya tenía sufrimiento fetal y “estaba pasando a bradicardia; estaba a punto de darle un paro cardiaco a mi bebé”, expone.

Fue cuando el médico de guardia decidió hacerle una cesárea. Dijo desconocer por qué el bebé estaba a punto de un paro cardiaco. “Cómo querían que descendiera el bebé –le dije– si me tenían acostada. Me llevaron al quirófano. Antes de aplicarme la raquia me gritó que no me moviera. Y aunque le comenté que me dolía mucho y no me podía controlar, volvió a gritarme: ‘Pues si te mueves, te vas a quedar inválida’”.

Finalmente nació su hijo Galileo. Antes de abandonar la clínica colocó una queja en el buzón del hospital; no pasó nada. A tres años de distancia aún recuerda la violencia a la que fue sometida, por lo que pide a las autoridades del IMSS escuchar a las embarazadas, confiar en su instinto.

“Como mamás –dice– sabemos si es necesario estar de pie o en cuclillas, sabemos lo que el cuerpo pide; pero no, los doctores y enfermeras ordenan otra cosa y si no obedeces te contestan que no se hacen responsables del parto y hasta se enojan.”

Isabel Araujo, quien parió a su hija en el Hospital Civil Juan I. Menchaca el 28 de diciembre último a las nueve de la noche, también tuvo problemas.

Cuando llegó al nosocomio, una doctora le hizo el tacto. Ni siquiera la lastimó, relata; pero luego llegó un médico e intentó hacerle otro tacto. “Le dije que esperara a que se me pasara la contracción; no quiso. Dijo que no tenía tiempo, que había muchas mujeres esperando. Le valió madre mi caso… Me lastimó mucho, incluso me provocó sangrado”, relata Isabel

La pasaron a la sala y le aplicaron oxitocina. “Sentí que se me iba a salir el corazón”, asegura. Luego le practicaron la maniobra de Kristeller, lo que le provocó un dolor intenso.

Testigo institucional

 

Carolina Gómez, relata que estuvo como residente en la clínica 46 y en el Centro Médico Nacional de Occidente, cursó hasta el tercer año la especialidad de ginecología y obstetricia. Se salió por la mala atención en las clínicas, lo que contrasta con la insuficiencia de recursos y de personal, lo que contrasta con el exceso de pacientes.

“Eso provoca un trato despersonalizado; además, los directivos y médicos le tienen gran temor a las demandas… Es tanta la medicina temerosa que se practica, por lo que optan por decisiones abruptas o radicales, en el caso de los embarazos, como una cesárea o una cesárea–histerectomía”, comenta.

Carolina lleva dos años trabajando como dula –asistente en los alumbramientos–, pues “su sueño” es ejercer el parto humanizado. Admite que eso no puede hacerse en los hospitales públicos debido a la presión. “En una guardia de 12 horas en la clínica 46 me llegaron a tocar hasta ocho cesáreas”, recuerda.

Reconoce que cuando las parturientas se quejan, nadie las escucha ni las orienta; “más bien las presionan para que acepten los métodos de planificación familiar”.

–¿Por qué las presionaban, si la planificación familiar es una decisión muy personal? –se le pregunta a Carolina.

–Porque quieren cumplir con metas institucionales, reducir el número de nacimientos.

–¿Por qué necesariamente el DIU?

–Porque la mayoría de los métodos hormonales no se pueden utilizar durante la lactancia. Ellos (los médicos del IMSS) consideran que quien acepta un dispositivo, realmente se va con un método de planificación familiar. Creen que eso es lo correcto.

–¿Por qué proponen el corte horizontal en las cesáreas a las que aceptan la implantación del DIU?

–Es una forma de chantaje; es no respetar la decisión personal. Eso lo escuché en la clínica 46 y en el Centro Médico, incluso me enfrenté a los especialistas de base. Su respuesta fue: “Un día serás un médico de base y tomarás tus decisiones”. Te anulan completamente.

En la clínica 46, cuenta, una mujer joven tenía ya dos cesáreas con incisión pfannenstiel (horizontal). El doctor que atendía su tercer parto se negó a hacerle otro corte similar porque, arguyó, ya era hora de salir.

“Yo le cuestioné por qué lo hacía. Me respondió que si quería regresar a las guardias no debía meterme, que él sabía lo que hacía. La muchacha lloró mucho”, comenta Carolina.

Apunta: “Tengo la teoría que si se les permitieran parir a las mujeres en una posición natural, la episiotomía o las maniobras de Kristell no serían necesarias, pero parece que en los hospitales del IMSS la posición ordinaria para un parto en un hospital público va en contra de las fuerzas naturales, pues el esfuerzo es mucho mayor”.

Frente a esos abusos en los hospitales oficiales, el 29 de abril último una veintena de mujeres se reunieron en el camellón de Chapultepec, al cruce con la avenida Vallarta, para exigir que se supriman las operaciones innecesarias.

Las integrantes de los colectivos Por un Parto Digno, Promotoras de un Parto Humanizado y Madres Unidades por un Parto Humano realizaron actos similares en otros municipios y en algunos incluso entregaron su pliego petitorio a los directivos de los nosocomios.

“No a la violencia obstétrica”; “Más tacto y menos tactos”, decían las cartulinas de las madres reunidas en avenida Vallarta. También lanzaron la pregunta: “¿Por qué, si es tan importante, el nacimiento está rodeado de tanta hostilidad?”.