A principios de la semana pasada se conoció el caso de la niña Valeria Hernández de Jesús, a quienes sus familiares reportaron como perdida en una plaza comercial de Texcoco el pasado lunes 1 abril. De acuerdo con la Procuraduría de Justicia del Estado de México (PGJEM), quien levantó a la menor le obsequió un conejito y la tomó de la mano, haciéndola perdidiza.
Doce días después Valeria fue localizada en El Salvador. Las autoridades de allá se contactaron con sus pares de México para la repatriación inmediata, según informaron los medios de comunicación el lunes 15. Esta vez habrá que ponerles estrellita en la frente a los responsables del caso por la celeridad y eficiencia con la que actuaron.
De la localización de Valeria se han difundido por lo menos dos versiones. Una indica que alguien la dejó encargada en un almacén en el país centroamericano y ya no regresó por ella. Personal del lugar notificó el hecho a las autoridades competentes, quienes la identificaron y la remitieron a su lugar de origen. La otra sostiene que la menor deambulaba por las calles, donde unas almas caritativas la entregaron a las autoridades, quienes se movilizaron y hallaron sus pistas. Finalmente hicieron las gestiones para trasladarla a nuestro país.
¿Con cuál de las dos versiones hemos de quedarnos? De pronto pueden hacerse a un lado estas inquisitivas, pues la alegría retornó a Texcoco con la recuperación de Valeria. Aunque con cualquiera de las versiones salta a la vista que se trata de un secuestro artesanal, comparado con los que han estado sucediendo en este rincón mexicano llamado Jalisco, donde sentó sus reales en serio el crimen organizado en este malhadado negocio del tráfico de menores.
Para conocer las minucias de esta página negra podemos consultar el libro Carriolas vacías de María Antonieta Flores Astorga, quien tiene en su haber el Premio Nacional de Periodismo 2008. Durante años, ella se aplicó a investigar el tráfico de infantes en México, competencia delictiva en la que Jalisco porta la vergonzosa medalla de oro. Y de tal ocupación descubrió los torcidos vericuetos a que recurren los infractores de tráfico tan infame. En su libro compila muchas historias deleznables, pues no es de otra naturaleza esta clase de pillaje de seres inocentes e indefensos.
María Antonieta describe con lujo de detalles la compraventa de menores, arropada con el señuelo legal de la adopción. Cubierta con la vestal de la generosidad, esta actividad ilícita dispara todos los resortes legales posibles para entregar en adopción a niños desbalagados o raptados adrede. Los gestores no reparan en destruir toda la documentación personal del infante, como son las actas de nacimiento y los historiales médicos del alumbramiento o cualquier otro que se atraviese en la senda del secuestro.
Para ellos se trata de hacer las cosas “legalmente” bien realizadas. Y tales procedimientos serían imposibles si no contaran con la colusión de autoridades, bufetes jurídicos, notarios y más personal del ramo administrativo y judicial, como pueden serlo el registro civil, relaciones exteriores y otras instancias.
La autora devela también la hipocresía de muchas personalidades locales involucradas en este brete. Gente nuestra antañona y calificada de pertenecer al gremio de las buenas conciencias del estado. Una es María Luisa de Obeso, esposa de un exprocurador estatal Jorge López Vergara. La conocida ombudsman María Guadalupe Morfín aparece mencionada al menos como encubridora. Hay varios momentos torales en que interviene la gente copetona del estado, cuya participación queda ampliamente documentada en el texto.
El caso que al lector puede resultarle más escandaloso es el de la autorización para instalarse en Jalisco que se le concedió a la casa italiana denominada Amici dei Bambini. La sesión en cuestión fue festinada como un gran logro de las autoridades locales y apadrinada con la presencia de personalidades del gobierno estatal como doña Imelda Guzmán de León, esposa de Emilio González Márquez, nuestro anterior gobernador; Claudia Corona Marseille, la anterior secretaria ejecutiva del Consejo Estatal de Familia, quien anda prófuga; Gabriela O’Farril de Petersen, esposa del entonces alcalde tapatío, Alfonso Petersen; Celso Rodríguez González, presidente del Poder Judicial del estado; Amparo González Luna Morfín, directora del Hospicio Cabañas, y algunos más.
En dicha pasarela se llevó las palmas el todavía presidente de la CEDH, Felipe de Jesús Álvarez Cibrián. El día 20 de enero de 2009, la CEDH firmó con esta casa italiana el convenio de colaboración. Lo signaron por lo menos 20 organizaciones convocada por la comisión. El señor Marco Griffini declaró en esa ocasión que en Italia había 50 mil familias dispuestas a adoptar niños extranjeros.
Más adelante se pudo saber que por cada niño adoptado los gestores obtenían la bonita suma de 3 mil 500 dólares (Carriolas vacías, p. 193). Pero la denuncia no se reduce a la mera obtención de dividendos en metálico. Aparece fríamente documentado cómo el objeto a que se destina a muchos de estos niños raptados tiene que ver con el tráfico de órganos y, lo que es peor, a la pornografía infantil llevada a extremos de sadismo inconfesable.
El libro de María Antonieta, de cuyo título nos valemos para encabezar también el nombre de este artículo, consta de 274 páginas. Fue impreso en 2012 por la editorial Temacilli. Reclama los derechos de autor la Universidad de Guadalajara. Su presentación tuvo lugar el 12 de marzo pasado en el Museo de la Ciudad. Flanquearon a la autora las agrupaciones Jalisco a las Mujeres A C y FIND, AC, fundación esta última que se ha significado por dar seguimiento incansable a cada caso de menores perdidos en la entidad, que se filtra a la luz pública. Gracias a la tenacidad de estos actores se han podido ir develando los avatares penosos, y en algunos casos hasta nefandos, que envuelven las desapariciones de los menores.
Como presentador estrella subió al estrado Álvarez Cibrián. Desde el público estuvo recibiendo puyas e interpelaciones que le impidieron desenrollar su choro. Cartelones y pancartas se alzaban y bajaban por activos inconformes. No todo quedó sólo en la civilizada llamarada de los cartelones. Hubo también voces y gritos interpelándole como farsante y mal funcionario.
El atropello de la sesión subió de tono hasta que la autora del libro cogió el micrófono, agradeció al público su asistencia y dio por concluido el evento. Los cabecillas más visibles de la inconformidad eran Elsa Stettner y Jaime Hernández. Les indicaron que tomaran el micrófono para que expusieran la causa de su molestia. Elsa cuestionó la autoridad moral de Álvarez Cibrián, al verse involucrado en el tráfico, denunciado en el libro, con la casa italiana Amici dei Bambini, ya señalada como nido de delincuentes.
No hubo respuesta para su alegato. A Jaime Hernández ni siquiera le dejaron abrir la boca. Se quedó hablando solo con el micrófono apagado en las manos. Así se doran por acá los totopos.








