Frivolidad universitaria

De acuerdo con la normatividad vigente el nuevo rector general de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, tomó posesión de su puesto el lunes 1 de abril. Podría tal vez flexibilizar un poco estas fechas y ajustar sus realizaciones a los periodos lectivos. La grey estudiantil y la magisterial disfrutan por estos días de vacaciones, así que no acudió a dar testimonio de la entronización. Tal vez los responsables del manejo administrativo universitario calculan que por tratarse meramente de movimientos burocráticos la presencia del rebaño estudiantil y magisterial poco o nada importa. Son remociones e intercambios de funcionarios lejanos de la esfera de influencia suya. Bien harán en enterarse por los medios de semejantes eventos y ya.

Mucho se dijo en su momento, aunque no sea suficiente recalcarlo una y otra vez, que este formato de relevo es anticuado, dados los aires de participación colectiva en que anda inmerso el país. La democracia es para toda la comunidad una asignatura pendiente, si bien los forcejeos por implantarla en cuanto espacio posible no cejan. De acuerdo con esta dinámica presente no podemos darnos el lujo de no promoverla o de plano excluirla de áreas vitales en nuestra convivencia. Y habrá que decir que los espacios universitarios son de este tipo. De manera que ver a estos formatos, propugnadores de la democracia, ausentes o escamoteados en nuestras instituciones de educación superior resulta descorazonador, por decir lo menos.

En otras parcelas del hacer público, como en los congresos, en los gobiernos estatales, en los ayuntamientos, en los tribunales y en otros más, vemos que se adolece de la misma afección. No es pues sólo el padillaje insulso el que anda mal, sino toda nuestra gente. Aunque esta aseveración no nos autoriza a autodenigrarnos e insistir en supuestas deficiencias endémicas de raza, que fue recurso favorito de muchos analistas en el pasado.

No se puede eximir a ningún nacional de la responsabilidad de evadir u obstaculizar estos avances necesarios, para mejorar la convivencia colectiva. Pero quienes menos pueden escurrir el bulto son los titulares de nuestras instituciones de educación superior. En ellas se acuerpan, o al menos eso suponemos, nuestros mejores hombres, los educadores, los formadores de las nuevas generaciones. Si ellos, que son nuestros especímenes mejor dotados, los que cultivan la inteligencia de nuestro pueblo, toleran o se dejan pasar los hábitos deformadores, las inercias generadoras de vicios y lacras, es que andamos mal. Si esto es así, tenemos que revisar a fondo nuestros esquemas fundatorios mismos. Estamos dando colectivos palos de ciego.

Volviendo entonces al relevo de la rectoría general en la UdeG, hay que decir que no varió la partitura de nuestras malformaciones. No se ensayó esta vez, como no lo ha hecho a lo largo de todo el padillato, ninguna fórmula nueva. No se buscó cernir de entre el personal universitario a los más capaces, a los mejor dotados, a la gente más comprometida con la formación y capacitación de nuestra juventud estudiosa. A la inversa, se constriñó aún más la caballada, hasta dejar prácticamente al nuevo rector como al único corredor en la pista para alcanzar la meta.

Los electores optaron por premiar la más pura de las abyecciones. No podía esperarse regocijo público, ni manifestaciones de alborozo irrefrenable por el ascenso de Tonatiuh. Y no tanto por las vacaciones, sino porque dicho ascenso no le significa a la multitud universitaria ninguna conquista social, como podría haber sido el caso, si el proceso hubiese ensayado alguna figura democrática, por ejemplo.

Vendrán enseguida los relevos de rectores en los centros universitarios. Y más adelante se moverán las jefaturas de  los  departamentos  y las direcciones de las preparatorias. Mientras más abajo del organigrama se encuentran estas direcciones más cercanos resultan sus titulares a los intereses concretos de maestros y estudiantes. Se notará mejor entonces la conexión entre los gremios y posiblemente hasta las pujas por alcanzar dichas jefaturas, que tampoco resultan procesos edificantes. Es cuando se sacude cierta modorra en el medio universitario y se pincelan algunos rasgos, muy tímidos, de horizontalidad democrática. Tampoco para echar las campanas al vuelo. Pero como que los forcejeos por espacios menores empujan un poco más la puerta y facilitan incorporaciones menos acartonadas. Esta mínima y tímida participación colectiva debería ser alentada. Pero, al contrario de hacerlo, se desalienta y manipula, según le convenga al gran elector tan conocido.

En tanto la muchedumbre estudiantil retoza en los espacios de asueto. Algunos corren a las costas, otros a la montaña. Casi todos salen de la ciudad, para poner distancia visible del espacio en que laboran. Pero a muchos la escasez de recursos les obliga a permanecer en sus espacios cotidianos. Una buena mayoría tiene que prodigarse para encontrar figuras de recreo. En ellas hace la inventiva su juego. El ocio creador resulta estimulado. Antaño las viejas generaciones eran obsequiadas, producto de tales esfuerzos, con certámenes literarios, con paradas estudiantiles, competencias deportivas, teatro, canto, danza, pintura, tantas y tantas algaradas creativas que generaban los chavos en la frescura y espontaneidad de sus ocios escolares.

¿Dónde están ahora dichas justas culturales? ¿A dónde se escondió el ingenio de nuestra juventud estudiosa? ¿Dejaron de ser los patios escolares los centros de creatividad que antaño fueron? ¿Volverán por sus fueros esas jornadas inolvidables que daban vitalidad a la cultura de nuestro pueblo? Son muchas las interrogantes que se pueden plantear. Pero el panorama es desolador.

Vemos a nuestros muchachos estudiosos deslizarse por el tobogán del  alcohol y de las drogas. El consumo de cerveza y de otras yerbas no es desconocido en los patios de nuestros centros universitarios. Resulta más que irritante enterarse de que la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) organiza eventos de enajenación colectiva mediante horrorosos formatos de moda, que provienen del vientre televisivo. Un ejemplo a todas luces infamante es el montaje entre los estudiantes, en las explanadas del CUAAD, o en las del CUCEA y del CUCEI, de bailes del Harlem shake, como si se tratara de eventos de alta alcurnia cultural.

El espectáculo resulta chocante por sí mismo, pero es más doloroso mirar embebida y participante de tales desfiguros a la multitud estudiantil. Los arropan, los interiorizan, los hacen suyos. La incorporación de semejantes esperpentos a su horizonte cotidiano habla del rotundo fracaso formativo que viven nuestras instituciones educativas. No necesitamos más pruebas de esta derrota, si vemos a la banalidad supina y a la frivolidad total apoderadas de la mente de nuestros jóvenes en pleno proceso de formación universitaria. ¿Podremos detener a tiempo este desplome colectivo al precipicio?