Como han comenzado las cosas en el flamante y ya muy abollado gobierno de Jalisco, el recortado sexenio (cinco años y nueve meses) podría convertirse en una estresante eternidad tanto para Aristóteles Sandoval como para su equipo más cercano de colaboradores. El hecho de que a plena luz del día y en una de las zonas más concurridas de la capital jalisciense haya sido asesinado a tiros el secretario de Turismo, Jesús Gallegos Álvarez, quien apenas pudo cumplir ocho días en el cargo, no debería ser minimizado y menos visto como “un hecho aislado” y “ajeno” a la debutante administración de Sandoval Díaz, como pretenden Arturo Zamora, secretario general de Gobierno, y el no menos cariacontecido titular de la Fiscalía Central, Rafael Castellanos. Se trata de un mal augurio para un disparejo equipo de gobierno que parece una colcha de retazos.
En su regreso al mando del estado, luego de 18 años de administraciones panistas, lo peor que podría ocurrirle al PRI es presentarse ante propios y extraños como un gobierno vulnerable, desatinado e impotente. Eso es lo que ha sucedido luego del asesinato del infortunado Gallegos Álvarez, así como con las precipitadas declaraciones y reacciones del gobierno al que, hasta la tarde del sábado 9, pertenecía el finado.
El hecho de que Arturo Zamora haya salido a declarar, pocas horas después del asesinato, que éste no se relacionaría con las tareas gubernamentales de la víctima, sino que probablemente se debía a sus anteriores actividades empresariales en los ramos inmobiliario y hotelero, lejos de despejar dudas, las aviva y multiplica. Si Gallegos Álvarez tenía enemigos dispuestos a asesinarlo, ¿por qué esperaron a que asumiera un alto cargo público (cuando en teoría era menos vulnerable) para eliminarlo?
¿Por qué Aristóteles Sandoval, como gobernador electo, decidió nombrar a Gallegos Álvarez como secretario de Turismo? ¿Porque el finado fue una de las personas que más lo apoyaron económicamente durante su campaña por la gubernatura (La Jornada Jalisco, 10 de marzo), lo cual hablaría de un vulgar pago de favores?
¿El mandatario estatal estaba enterado del tipo de actividades de su malogrado secretario de Turismo, las cuales, según Arturo Zamora, habrían sido la causa de la ejecución? ¿O es que, como en el caso del mismo Zamora, Sandoval Díaz no decidió voluntariamente la designación de Gallegos Álvarez y ésta le fue “sugerida” por las fuerzas vivas de la comarca o por el gobierno federal, entre quienes el nuevo gobernador de Jalisco no es visto como una persona madura y enteramente confiable, sino como un político bisoño, emocional y hasta hormonalmente inestable?
Pocas semanas antes de tomar posesión del gobierno estatal, Aristóteles Sandoval –quien como alcalde de Guadalajara convirtió a la comuna tapatía en el municipio más endeudado del país– se vio envuelto en el escándalo mediático que acabó por rayarle la carrocería. Varios diarios publicaron la noticia de que había una demanda, ante un juzgado de la Ciudad de México, interpuesta en contra de Sandoval Díaz por algo así como paternidad irresponsable, de la cual lo acusaba una mujer de Nuevo León, quien declaró que no sólo había tenido un affaire con el ahora gobernador de Jalisco, sino que de esa relación extramarital había resultado un hijo, del que el presunto padre se había desentendido.
El aludido tuvo que admitir a regañadientes, a través de sus abogados, que tuvo una aventura con la demandante, aun cuando ponía en duda que la criatura fuera suya. Sandoval Díaz cerró así su etapa de gobernador electo con notables abolladuras y en una situación de franca debilidad no sólo ante la sociedad jalisciense, sino también con la administración federal de Enrique Peña Nieto. Ésta habría discurrido entonces que, por la personalidad inmadura del ya inminente gobernador de Jalisco, no se le podían dar manos libres y el nombramiento de su gabinete tendría que ser aprobado y eventualmente rehecho –como se asegura que ocurrió con Arturo Zamora como impensado secretario general de Gobierno– desde Los Pinos y desde las oficinas centrales del Comité Ejecutivo Nacional del PRI.
Y si al muy disparejo y variopinto gabinete de Sandoval Díaz –con muchas personas ajenas al equipo de transición que, un par de meses atrás, se había presumido como ejemplo de “competencia” y “pluralidad”– se suma el intempestivo asesinato del secretario de Turismo cuando apenas tenía una semana en el cargo, no hay más remedio que admitir que el nuevo gobierno comenzó con el pie izquierdo; que el énfasis que el gobierno pretendía poner en asuntos sociales como la atascada movilidad urbana y la eventual ampliación de la cobertura del Tren Ligero fue borrado por el atentado que le costó la vida a un funcionario de primer nivel y por las temerarias conjeturas de Arturo Zamora y otras autoridades.
No menos inquietante es que el gobernador prácticamente haya desaparecido de la escena pública. Se limitó a hacer declaraciones inanes a través de su cuenta de Twitter y ni siquiera se presentó en los funerales de uno de sus colaboradores del primer círculo.
Con apenas una quincena en la gubernatura, Sandoval Díaz ya tiene más quehacer del previsto y con un agravante mayúsculo: una menor confianza de la sociedad. Para lo primero, más les valdría a quienes acaban de llegar al poder estatal que aclaren pronto las causas del asesinato de Gallegos Álvarez, aun cuando dichas causas no coincidan con las prematuras y aventuradas conjeturas del secretario general de Gobierno. Y, aparte de ello, tendrán que aplicarse con empeño y buen tino a resolver los pendientes que se han acumulado en la agenda gubernamental. En cuanto a recuperar la confianza de los jaliscienses, así como de los eventuales visitantes y empresarios interesados en invertir en el estado, no hay otra salida que hacer las cosas bien.
Tal vez el destino de Sandoval Díaz sea el de tener que madurar en la adversidad, asimilando golpes imprevistos y creciéndose al castigo. Lo peor que podría ocurrir –no sólo para él, sino para el estado– es que el flamante gobernador no logre madurar ni dar pie con bola. Si sucediera esto, que no debería estar en el deseo de ninguna persona bien nacida, entonces los jaliscienses tendrían asegurado otro sexenio perdido.
Por lo pronto, el regreso del PRI al más alto cargo de la entidad no ha comenzado con buenos augurios. De lo que haga o deje de hacer, durante los próximos meses, el gobierno de Sandoval Díaz dependerá despejar o no ese panorama nublado. De lo contrario, desde ahora se podría asegurar que el regreso del tricolor al palacio de gobierno no será precisamente para hacer huesos viejos.








