Cambio de mando

Luego de 18 años ininterrumpidos de gobiernos del Partido Acción Nacional en Jalisco, el viernes 1 se dio, por fin, un cambio largamente anunciado y el cual va más allá del simple relevo de personas. Se trata de un cambio muy notable y no menos sofisticado que la ciudadanía jalisciense decidió hace poco más de ocho meses y cuyos alcances son un enigma. Sin embargo, aun cuando las consecuencias sociales de ese cambio están por verse, lo significativo del caso se halla en la forma como se dio.

Por  principio  de  cuentas,  el PAN –de gran raigambre en el estado y que ya desde 2009 había perdido los municipios más cotizados, comenzando por todos los de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG)– vino a coronar su racha perdedora en las elecciones del año anterior, que lo dejaron prácticamente en la inopia política al ser relegado hasta el tercer lugar en los comicios para gobernador.

Por otra parte, resulta que el priista Aristóteles Sandoval, ganador de esa contienda electoral, no pudo obtener sin embargo, el apoyo de la ciudadanía de los municipios metropolitanos, pues los electores de la ZMG votaron mayoritariamente por otro candidato: Enrique Alfaro, postulado por uno de los partidos de la “chiquillada” que ni siquiera tenía registro oficial en Jalisco.

Ante este panorama, el porvenir de esta parte del mundo está lleno de enigmas. Por lo pronto, el gobierno del panista Emilio González Márquez, que ahuecó el ala el pasado 28 de febrero, fue despedido con el repudio de la sociedad jalisciense, aun cuando el susodicho asegurara hasta el último día de su mandato que, gracias a él y a quienes fueron sus colaboradores, ahora “Jalisco está mejor”. Lo que habrán de hacer Aristóteles Sandoval y su equipo es un misterio. Y el futuro de Enrique Alfaro, al que algunos ocurrentes han comenzado a darle el apodo de “el ya merito”, es otro enigma.

Después de su humillante relevo gubernamental, el panismo jalisciense tiene que hacer una evaluación a conciencia de lo que fueron sus 18 años al frente del principal cargo estatal, en el Congreso local y en muchos ayuntamientos de la entidad. Si este ejercicio lo hace con buen juicio y una mínima dosis de autocrítica, probablemente los panistas de la comarca lleguen a la conclusión de que desaprovecharon feamente las repetidas oportunidades que les dio la ciudanía; que no demostraron ser más aptos ni tampoco más honestos que sus predecesores, y que por ello mismo no sólo fueron desplazados de los principales puestos de elección popular y ubicados de manera vergonzosa en el tercer lugar en los comicios para gobernador, sino que prácticamente se quedaron como la Magnífica (“sin cosa alguna”), pues luego de haberlo tenido todo o casi todo (la gubernatura, la mayoría en el Congreso de Jalisco y los municipios más cotizados), ahora la inmensa mayoría de militantes y adherentes del PAN deben ganarse el ídem como cualquier hijo de vecino: con el sudor de su frente, fuera del presupuesto protector, al que legiones de blanquiazules se volvieron adictos.

Despedidos por la ciudadanía, los gobiernos panistas acabaron de irse la semana pasada sin entregar un estado en una mejor situación, por más que algunos editorialistas oficiales y oficiosos, incluidos algunos paleros, hayan comprado la jocosa especie de que “Jalisco está mejor”. Y si no, habría que preguntarse varias cosas: cómo está la movilidad urbana de la ZMG comparada con la de 1995; si los municipios y regiones más marginados de la entidad vieron resuelta –o al menos aliviada– su difícil situación; si el flagelo del hampa (llámese crimen organizado o desorganizado) ha venido a menos; si la cobertura y la calidad de la educación básica son mayores; si ha habido avances en el reparto de las aguas superficiales que le corresponden a la entidad, comenzando por los caudales de la cuenca Lerma-Chapala-Santiago y siguiendo con los del río Verde, cuyo principal usufructuario será, por lo pronto, el vecino estado de Guanajuato.

Vale decir que en estos y en muchos otros rubros, los gobiernos del PAN hicieron las cosas al revés: desde su llegada al poder aumentaron escandalosamente sus sueldos (los de la alta burocracia, pues los de la infantería de empleados públicos siguieron siendo de sobrevivencia); desperdiciaron recursos a lo tonto (el proyecto de Arcediano, por ejemplo, para no hablar de patrocinio de telenovelas y otras costosas frivolidades); no se crearon las plazas de trabajo prometidas y menos aún aparecieron los empleos “mejor remunerados”; se irritó a los habitantes de la ZMG con el abandono del Tren Eléctrico Urbano o Tren Ligero y con una mala aplicación de la primera y única línea del BRT, la cual se apropió de la mitad de carriles de la calzada Independencia y de la avenida Gobernador Curiel; el manejo de los Juegos Panamericanos (incluida la Villa), lejos de convertirse en un beneficio duradero para Guadalajara y su región, acabaron trasmutados en una onerosa maldición. Finalmente, los gobiernos del PAN también desperdiciaron otro recurso no menos preciado: el tiempo, 18 años en los que, por acción u omisión, se dejaron pasar oportunidades para hacer de Jalisco un mejor estado, pero en la realidad y no sólo en la propaganda oficial.

El gobierno del priista Aristóteles Sandoval acaba de llegar con una buena ventaja: el bajo nivel que dejó su predecesor. Cualquier cosa apreciable que haga, por modesta que sea, habrá de notarse. Ejemplo de ello fue el anuncio hecho, semanas antes de su toma de posesión, de que salvaría el pueblo de Temacapulín, el cual había sido desahuciado por el tozudo, insensible y poco inteligente gobierno de González Márquez.

Por supuesto que para que el PRI vuelva a hacer huesos viejos en el gobierno de Jalisco, Aristóteles Sandoval y su equipo tendrán que realizar un mejor trabajo que el logrado en su anodino paso por el Ayuntamiento tapatío, donde lo más notable fue una hazaña equívoca: haber convertido a Guadalajara en el municipio más endeudado de todo el país. El bono ciudadano con que llega el nuevo gobierno estatal, y con ello el retorno del PRI al palacio de gobierno, está bastante acotado, de suerte que, o bien el gobierno de Sandoval y las administraciones municipales priistas, comenzando por las de la ZMG, dan resultados pronto, o el “ya merito” Enrique Alfaro podría postularse exitosamente como alcalde de Guadalajara o Zapopan dentro de dos años y medio, para, inmediatamente, volver a buscar la gubernatura de Jalisco, con muy amplias posibilidades de lograrlo en los comicios de 2018.

Y para cumplir con sus principales promesas de campaña, Aristóteles Sandoval tendrá que contar con el respaldo, más allá del discurso, del gobierno federal, pues no de otra manera podrá conseguir la prometida ampliación de la cobertura del Tren Eléctrico Urbano, el mejor de sistema de transporte con que cuenta la ZMG (aun cuando sólo llegue a tres de los ocho municipios metropolitanos) y, a pesar de sus extraordinarias bondades, fue abandonado durante los tres sexenios panistas.

Otro factor determinante sería la conformación de un buen equipo de colaboradores alrededor de Aristóteles Sandoval. Pero a la hora de la verdad el flamante gobernador eligió –o su partido eligió por él– un gabinete muy disparejo, en el que prevalecen el compadrazgo, el amiguismo, las cuotas partidistas, los compromisos contraídos con las fuerzas vivas y las imposiciones desde el gobierno federal. El riesgo de ello es que el relevo en el más alto cargo de la entidad no resulte un paso adelante, sino un simple cambio de mando.