Gritos poéticos del padre Díaz Corona

El taller editorial La Casa del Mago editó una antología del sacerdote poeta Francisco Díaz Corona (1935-1998), en la que se entrecruzan venturosamente dos vocaciones y una sola fe convertida en poesía.

Por su propia condición, los sacerdotes que han incursionado en la poesía escribieron versos que los singularizan, dado que inevitablemente aluden a su fe –e incluso a la institución a la que pertenecen–, tanto para exaltarla como para cuestionarla. Entre los poetas-sacerdotes más conocidos están el nicaragüense Ernesto Cardenal, el michoacano Manuel Ponce y el jalisciense Alfredo R. Placencia. A ellos habrá que sumar al también jalisciense Francisco Díaz Corona, cuyos poemas fueron recientemente publicados por el taller editorial La Casa del Mago.

El padre Díaz Corona nació en El Chante, Jalisco, el 3 de septiembre de 1935,  y  falleció  en  Guadalajara el 15 de agosto de 1998. Estudió en el Seminario de Colima y en el de Montezuma, Estados Unidos; se ordenó sacerdote en 1961. Fue profesor de latín y literatura, capellán y vicario en Manzanillo y en barrios suburbanos de la Ciudad de México, así como asistente en el movimiento Por Un Mundo Mejor.

Entre el mar y las piedras, sólo gritamos se titula esta selección de poemas de los tres libros que el padre Díaz Corona escribió y publicó por su cuenta.

“Todas sus angustias y preocupaciones, sus dudas y sus certezas, nos las trasmite a través de su pensamiento poético. Podríamos decir así que Francisco Díaz es nuestro poeta a pesar de él mismo”, escribe en el prólogo Andrés Gómez Rosales.

En los poemas del padre Chico Díaz (como era conocido) hay una musicalidad que se basa en versos mayormente asonantes y en menor medida consonantes. Los temas que trata van desde sus recuerdos infantiles, los paisajes de su entorno (particularmente el de su tierra natal), su gente cercana y, sobre todo, acerca de las contradicciones de la Iglesia católica como institución y la práctica de la fe cristiana como él la concebía.

“Es la visión hermosa no sólo de lo antropológico, lo filosófico y lo teológico, sino lo tangible del hombre-sacerdote que fue puente entre lo humano y lo divino, a ratos, a punto del desconcierto y casi del escándalo”, apunta Felipe Cobián en la introducción.

Y es que el padre Díaz Corona no se conformaba con buscar una metáfora acertada o una imagen bella, sino que ponía en sus versos el desafío, la denuncia, la protesta y la esperanza. Una muestra de ese contraste son los siguientes versos:

“Amo el mar que nos pone en cada noche el latido / del mundo en las almohadas, el asombro / de un barco en cada muelle / y las brisas con sal en las ventanas. // El mar nos hizo: somos de viento, somos de riesgo, somos de roca (…) Somos los marineros de la Esperanza: si hay otra noche vendrá otra aurora.”

En no pocos poemas, el padre Chico Díaz dejó constancia de su desacuerdo con las prácticas monetaristas y materialistas de la cúpula eclesial. Escribió: “Cuando salí a pedir para tu templo / se desató la guerra / y me echaron en cara El Vaticano / y su ‘enorme riqueza’ / y me hablaron mil cosas de ‘los tuyos’ / y su falta de entrega, / me llamaron comerciante hipócrita / y ‘güevón’ sinvergüenza…”

En el poema “La capilla de barrio”, Díaz Corona habla de una modesta capilla hecha de palapa, seguramente de cuando ejercía su ministerio en la costa colimense. En este texto expone lo que la gente piensa de los grandes templos, “fríos e impersonales”, donde “no hay compromisos, / donde nadie se encuentra”, y que Dios los prefiere, y menosprecia los de teja y madera. Inquiere: “Señor ¿y tú qué piensas?”, pues la gente dice “que te gusta habitar como magnate / en tu gran residencia”.

En otro poema, que dedica a “dos compañeros torturados”, el padre Díaz Corona desafía a los persecutores: “Si quieren venir por mí no traigan arma / en la mano y llamen quedo a la puerta / que tengo el sueño liviano (…) Pero háganlo en la mañana / que tengan tiempo sobrado a plena luz / y ante el pueblo / y no se laven las manos”.

Se consideraba un “comiquillo secundario” en la farsa de la tierra, y un ser humano que no encajaba en ninguna de las normalidades de la familia (“sin ningún parecido con papá y con mamá”), de la vida diaria (“desprecié al curandero, derramé la receta, / no comí soluciones que impidieran buscar”) y del ministerio eclesiástico (“violín destemplado de la orquesta, / la piedra en el zapato del señor Cardenal”.)

Y al final se ofrecía con franqueza pero sin bajar la guardia: “Pero puse mi alma y mis manos abiertas, / voy llamando a la lucha mientras doy mi amistad; / en la silla del trono voy poniendo tachuelas, / traigo moscas guardadas para el plato del zar”.

Andrés Gómez advierte en la poesía del padre Díaz Corona una conversación afectuosa con sus familiares y paisanos, y la solidaridad que reiteradamente manifiesta con los vagos, los delincuentes, las prostitutas y todas aquellas víctimas de la fatalidad y de las injusticias, que buscan y merecen redención. Asimismo, el prologuista percibe en los poemas del sacerdote ecos de la manera de hablar de quienes habitan el sur de Jalisco, que son, dice, “presencias sonoras que impactan al oído o al recuerdo de la zona rural de origen criollo”.

El editor, Hermenegildo Olguín, en la nota inicial del libro considera que si bien muchos de los poemas del padre Francisco Díaz Corona son de mediana factura, otros merecen figurar en antologías de poesía mexicana e incluso de la hispanoamericana.

Uno de estos poemas es “Luna del Chante”. De ese poema en prosa, basten las siguientes líneas como ejemplo:

“De niño yo la vi, cuando cruzaba como un gato silencioso por los techos; como una aparición de otras edades o una bella mujer que hubiera muerto. Y corría como un tren por las dos calles, como una gran moneda sobre el pueblo.”