Más que el pobre e ignorante, es el irresponsable, el manirroto, el importamadrista, el cínico, al que le vale, el que vive de prestado, del cuento, de lo fiado toda la vida. Un sujeto así fácilmente se enfrasca en una deuda tras otra hasta volverla eterna para ir saliendo adelante mientras cree que al acreedor ya se le olvidó quién y cuánto le debe. Es el frívolo, el díscolo, el mitómano, el embaucador que se jacta entre sus cuates, tan vagos, mala leche y mal nacidos como él, de engañar a medio mundo gracias a sus artes y a sus malabares, a su autoestima que les cae muy en gracia y creen a pie juntillas que ni a él ni a nadie de sus corifeos los alcanzará la justicia porque han sabido enredar a los que vienen atrás. Eso es precisamente lo que ha hecho el gobernador Emilio González Márquez con Jalisco: en arca abierta –donde el más justo peca– a lo largo de su sexenio repartió dinero a manos llenas, sin control alguno a cuanta persona u organización se le acercara y se lo pidiera, y endeudó al estado hasta límites inimaginables al crecer la deuda pública de menos de 4 mil 100 millones de pesos en 2007, cuando llegó al poder, a más de 20 mil millones. Ahora, Jalisco entero pagará sus excesos –a veces fruto de un estado etílico– sin que él en apariencia sufra al menos una llamada de atención y menos algún cargo, cuando debería de responder ante la justicia por su comportamiento de chivo en cristalería. Una o varias demandas penales deberían estar sobre su cabeza como espada amenazante de Damocles para que dé cuenta de su pésima administración. Sin embargo, los diputados, panistas –salvo dos— y priistas se la pusieron más que fácil a Emilio. Los primeros fueron irresponsables con el actuar del gobernante sin importarle sus aberraciones. Los segundos han sido condescendientes con el del PAN por dos razones: no echarle la bronca política al próximo gobernador Jorge Aristóteles, que también dejó muy endeudado a Guadalajara y por lo que pudiera ofrecérsele en el camino cuando requiera de financiamientos y tenga que echar mano de más deuda. En fin, a Emilio González Márquez, como al más ignorante de entre los miserables, se le juntaron cuando ni trabajo tiene, los deseos incontrolables de parranda con todas las celebraciones –bautizos, primeras comuniones, cumpleaños, casorios y bodas de plata–; se le juntaron, pues su predisposición innata de celebrar con las ganas de derrochar donde fuera, con quien fuera y como fuera. La mejor coartada, y como anillo al dedo, fueron los XVI Juegos Panamericanos. Los mejores cómplices, tan despilfarrados como él, los diputados de la LVIII y LIX Legislatura, con un auditor a modo: Alonso Godoy Pelayo. El broche de oro, los integrantes de la LX Legislatura. Así, todos juntos le han dado al traste a un estado que se jactaba de su buen crédito y ahora se encuentra entre los más endeudados. Y lo peor, sin nueva infraestructura que sirva, pues las mismas instalaciones deportivas hechas a la carrera y financiadas en parte por empresas trasnacionales, están en franco deterioro.
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Por lo visto, ninguna autoridad municipal de Guadalajara previó el efecto cucaracha que provocaría con el desplazamiento de los vendedores ambulantes del centro histórico. Tras haber sido más o menos ordenados en el gobierno panista de Fernando Garza, quien les acondicionó locales subterráneos en lo que fue estacionamiento de la Plaza Guadalajara, a la vuelta del priismo, en particular durante el trienio pasado que correspondió a Jorge Aristóteles y Francisco Ayón como interino, les dieron manos libres y empezaron a tomar banquetas, y la zona adoquinada y peatonal fue invadida. Los locales comerciales del sótano se convirtieron rápidamente en simples en bodegas del ambulantaje y en poco tiempo ocuparon todo en el centro, sin espacio para la movilidad. Llegó a la presidencia Ramiro Hernández y en cuestión de días volvió a la carga contra el comercio informal de la zona. Pero más tardó en echarlos que los vendedores en apoderarse de todo espacio cercano al primer cuadro y ahora no sólo se dispersaron sino que parecen haberse multiplicado. Ya ocupan todos los espacios que van hasta un segundo cuadro de la ciudad, particularmente en torno de la plaza del Templo Expiatorio y cercanías de la Rectoría de la Universidad de Guadalajara, en lo que parece un descontrol total.
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