Dominios del hampa

En los 457 fraccionamientos de Tlajomulco de Zúñiga los robos a viviendas, el pandillerismo y la drogadicción ya son cotidianos, pero las historias de asaltos, violaciones y asesinatos cometidas en los llamados clúster de esa demarcación le parecían parte de una realidad ajena a José Manuel, quien desde hace más de cinco años vive en la vecina delegación de Santa Anita, del municipio de Tlaquepaque.

La noche del 29 de septiembre se sumó a la lista de víctimas. Acababa de salir con su esposa y sus tres hijos del Walmart de López Mateos, cerca del Periférico Sur, en donde hicieron las compras de la semana. A petición de los niños, la familia fue a cenar al Domino’s Pizza de la plaza El Palomar.

Al regresar a casa por un camino que conecta a las delegaciones de Santa Anita y San Agustín, el auto de la familia fue interceptado por dos sujetos. Uno atravesó frente a ellos su Chevy 2000, sacó una pistola y le apuntó a la cabeza al conductor. El otro los obligó a él y a su mujer a bajarse.

A José Manuel lo golpearon en la cara y el abdomen mientras le decían que se lo iba a cargar “la chingada” porque se había metido con quien no debía. Le quitaron credenciales, tarjetas de crédito, el efectivo que traía y los víveres que adquirió en el supermercado. Le dieron dos cachazos en la nuca y los forzaron a subir al Chevy.

A José Manuel lo sentaron en el asiento trasero y uno de los maleantes le apuntaba a la cabeza mientras el otro conducía hacia una zona oscura. “Llegamos a la brecha. Me decían: te vamos a matar porque te metiste con no sé quién. Y le hablaban dizque a la jefa: que ya me tenían, que no sé qué y que les iban a pagar 35 mil pesos por matarme”, relata.

Por lo mismo duda que sean sicarios, de otro modo no lo habrían dejado vivo. Sospecha que se trata de pandilleros que operan en los clúster de Chulavista y Santa Fe, donde casi nunca se ven patrullas policiacas. En todo caso, agrega, eran delincuentes violentos e ignorantes, pues no sabían cómo funcionan las tarjetas de crédito.

En tanto seguían golpeando a José Manuel, uno de los agresores amenazó con matar al más pequeño de sus hijos si no dejaba de llorar. Después se acercó una camioneta y los cacos entregaron las tarjetas de crédito a sus tripulantes, que fueron a un cajero electrónico y retiraron el saldo, no más de 3 mil pesos.

Ellos querían más dinero: esculcaron la bolsa de la señora, buscaron entre los asientos del auto, en la guantera y en la cajuela. Al no encontrar nada, se desesperaron. Fue entonces que uno de ellos apartó a la mujer de José Manuel y, con éste encañonado, la agredió con tocamientos indebidos.

Tras unos minutos, el sujeto volvió con la señora y les dijo que con eso era suficiente y que les dieran las gracias porque no los mataron. Antes de huir le ordenaron que esperara 30 minutos y para asegurarse desinflaron las llantas de su coche.

Eran las dos de la mañana. Habían transcurrido cuatro horas desde que los secuestraron y los llevaron a la brecha. Tan pronto se quedaron solos, llamaron a sus parientes y vecinos para pedir ayuda.

Juan Manuel, que aún chorreaba sangre de la cabeza por los cachazos que recibió, y su esposa, aún estremecida por el miedo, prefirieron descansar el resto de la madrugada. Por la mañana, el hermano de José Manuel llevó a la pareja a la casa de su madre, donde evaluaron la posibilidad de denunciar los hechos, pero recordaron que a un conocido que vive en Santa Fe le saquearon su casa, interpuso su denuncia y lo mataron tres días después.

Además, la señora no quiso exponerse a nuevas vejaciones en las revisiones médicas que hace el Ministerio Público. “Tienen nuestros teléfonos, nuestras identificaciones; saben dónde trabajo… mejor lo dejamos por la paz”, decidieron, a decir del entrevistado.

Tras una conversación a fondo, José Manuel y su esposa decidieron que se recuperarían del golpe sin acudir a las autoridades. Ella acudió con un ginecólogo particular y posteriormente la pareja inició un proceso de meditación profunda sobre los hechos y las motivaciones de sus agresores.

A sus hijos les ofrecieron terapia emocional con flores de Bach, mientras que la pareja acudió con un sexólogo para trabajar los daños afectivos e incluso se entrevistaron con un médium, que les entregó unos collares de colores para su protección.

–¿Qué cosas pasaron por tu cabeza cuando los secuestraron? –pregunta el reportero.

–Pensé que la vida es muy frágil, que la seguridad social ya no existe, es una ilusión: cualquiera te puede hacer lo que quiera y nadie lo va a remediar ni a prevenir, por los grados de impunidad que prevalecen aquí.

Un psicólogo que consultó le dijo a Manuel que toda persona sometida a una agresión física y mental disuelve su personalidad, lo cual la obliga a reconstruir su patrón de principios: lo que cree y lo que no cree. “Casi nos desgracian la vida, pero me decían tanto la sexóloga como el psicólogo: lo peor que pueden hacer es que me desgracien el corazón”.

La pareja se fue a vivir a Santa Anita, municipio de Tlaquepaque cuando ambos perdieron el trabajo, entre diciembre de 2008 y enero de 2009. Años antes la señora le había comprado a su madre la casa que habitan, pero no la habían utilizado.

José Manuel dice que esa delegación municipal es tierra de nadie, pero tuvieron que permanecer ahí mientras encontraban empleo. Después de la agresión del 29 de septiembre, buscan la forma de regresar al centro de Guadalajara.

Gueto suburbano

 

La académica Karen Gutiérrez, responsable del Programa de Acción Profesional del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), realiza actualmente un trabajo de gestión social y participación ciudadana en los desarrollos habitacionales de Santa Fe y Chulavista.

Explica que la mayoría de los residentes son parte de familias jóvenes que provienen de áreas depauperadas de la zona metropolitana de Guadalajara y llegaron a estos fraccionamientos con la promesa de que iban a tener centros de salud, parques, espacios recreativos, escuelas y vías de comunicación, pero se encontraron con una realidad totalmente opuesta.

Dice que no tienen ningún arraigo en el lugar y, por lo tanto, ningún pretexto para generar una relación vecinal. Además, dice, la geografía obliga a muchos de sus habitantes a dedicar un promedio de tres horas diarias en el transporte a sus centros de trabajo y al regreso a sus diminutas viviendas.

Estas condiciones provocan también que cientos de casas permanezcan abandonadas, lo que propicia la actividad de pandillas de jóvenes y adolescentes que la especialista considera una generación perdida:

“Estamos viendo generaciones desa­provechadas o, como decimos aquí, con daños irreversibles. Son jóvenes que crecieron sin oportunidades, que tienen varias adicciones. Ya no hay nada que se pueda hacer, o sí se puede hacer algo, pero no les puedes quitar las adicciones y meter a estudiar sencillamente. Es una cantidad de vidas desperdiciadas.”

Lo peor, comenta, es que con los ancianos pasa algo semejante, pues para ellos tampoco existen lugares de esparcimiento y pasan sus días encerrados en su casa.

“Son gente con mucho estrés, mucha desesperación y frustración. Hay aquí mucha gente que llora porque desea a regresar a su lugar de origen y otros ya se resignaron a quedarse”, agrega.

Menciona que en el programa que encabeza se detectó un patrón en las mujeres de la zona: muchas de ellas ya no tienen ánimo de superación personal porque se encuentran embrolladas en su quehacer cotidiano, específicamente en el cuidado de los hijos.

Según el ayuntamiento de Tlajomulco, entre 2001 y 2003 se autorizaron 127 fraccionamientos; entre 2004 y 2006 se aprobaron 108 y en la pasada administración (2010-2012) fueron 93, pero de todos ellos sólo 169 cuentan actualmente con recepción y certificado de habitabilidad.