Rolando mota en la UdeG

En su novela sobre el movimiento estudiantil de 1968, Los años y los días, Luis González de Alba narra los álgidos momentos posteriores a la represión, cuya fecha emblemática es la noche del 2 de octubre o noche de Tlatelolco. La depresión y la anomia hicieron presa de los muchachos de la UNAM, quienes terminaron por enconcharse y buscar una salida a esa caótica e insoportable situación. No soportaban mirarse en el espejo del desengaño.

Fue salida intempestiva la suya trastocar los patios de la universidad nacional en praderas para el consumo de droga. Los bellos rincones del Pedregal fueron escondite perfecto para apurar los más variados enervantes y darle vuelo a la anomia que, a su vez, les estaba devorando.

Es usual asociar el consumo de drogas con los hábitos comunes la grey estudiantil. La comuna comparte de manera acrítica el prejuicio de que todo estudiante, por el solo hecho de serlo, tatema grifa. Antes se hablaba sólo de ésta; ahora se hace referencia a un tropel de enervantes popularizados en el medio: ácidos, pastas, coca, anfetaminas, cristal, crack, piedra, base y otros.

Hay más, pero no vamos a elaborar un inventario. En sus dos últimas ediciones (Proceso Jalisco 421 y 422) nuestra revista abre la puerta a este tema tan peliagudo como poco abordado. Permanece como tema tabú, a pesar de estar incendiándonos las manos. Deberían estarlo analizando a fondo no sólo gentes del orden y la seguridad, sino también nuestros educadores, las instancias de formación básica y profesional, todos los docentes y todos aquellos que tienen bajo su tutela el desarrollo y la formación profesional de los adultos futuros. Ellos van a relevar a la generación productiva presente. No es asunto menor entonces.

Se tiene que llegar necesariamente a las fuentes de donde parte su distribución, a las bodegas desde donde se surte esta mercancía oculta. Una investigación a fondo tiene que conducir a las cuentas de los gananciosos con su tráfico y no quedarse en los raquíticos emolumentos que perciban mulas o burreros por distribuirla. Abrir esas compuertas llevará a tocar los dinteles del sórdido mundo del crimen organizado. El temor a introducirse en un área en extremo peligrosa obliga a prodigar los cuidados, pues es jugar con fuego. Pero habrá que hacerlo, por el bien de todos.

En la investigación mencionada se toma como ínsula ejemplar de avituallamiento y consumo de drogas para espacios universitarios, entre otros centros, a la facultad de filosofía de la UdeG, que ya no existe. Antes de que la picota de Zambrano Villa diera al traste con la jardinería del centro, el complejo arquitectónico al norte del parque Alcalde y al sur de la glorieta de la Normal albergó a esta facultad, desde su inauguración en 1964 hasta 1984. Pero también estaban las de derecho, economía y contaduría.

Al mudarse la escuela de contaduría a Los Belenes, la facultad de filosofía, como se llamó hasta 1994, fue trasladada al espacio desocupado de esta enorme instalación. Es pues mero atavismo nombrar como ‘filosofía’ a todo lo que se mueva por esos rumbos, porque a la facultad acudían los que cursaban también las carreras de letras, historia, sociología y de idiomas. El jardín que se cita como Pinos Bar –donde se consumía yerba a destajo, chelas, bebidas fuertes y más brebajes prohibidos– estaba en el espacio de economía, no en filosofía.

La casona de contaduría albergó a filosofía la siguiente década. Pero al cambiar en 1994 los nombres a los espacios universitarios, por mor del modelo de la red, a toda el área se le llama  actualmente CUCSH (Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades). El jardín de la división de estudios históricos y humanos, localizado al centro del viejo edificio de contaduría, se convirtió también en un espacio para el recreo con estupefacientes. El solo nombre de filosofía ya no refiere entonces a un lugar concreto, mucho menos a la identificación de un tipo de estudiantes.

Se ha vuelto costumbre arraigada asociar a los filósofos con gente dada a los pasones mafufos y a los raptos de éxtasis clandestinos. De esta manera se descalifica a los filósofos en automático. Su bizarra y enjundiosa actividad queda de inmediato en entredicho. ¿Quién, en su sano juicio, va a dar crédito a especulaciones de pachecos? Mas no vale reducir el asunto a los filósofos, como si fueran los únicos estudiantes a los que atrapa la garra de la drogas. Hay que llevar el efecto del veneno a todo el espectro estudiantil, para entender su peligro y sobre todo buscar su solución.

Hay y ha habido siempre consumo de drogas entre las huestes universitarias. La cuestión se complica al buscar a quienes la surten. ¿Por qué pasaron las universidades de ser espacios de reflexión y estudio a ser vistas como mercados para la venta de enervantes, para la obtención de ganancias pingües, dada la ausencia de vigilancia especializada contra este tipo de mercancía ilícita?

Los estudiantes son falibles, dúctiles a la deformación como cualquier otro ser humano. Pero no deben hallar en el claustro la tentación de la droga, que les distraerá y desviará de su formación profesional. El consumo de enervantes en las universidades debe ser estudiado en serio, no sólo por el peligro distractor que encierra, o por la pérdida de inversión pública tan cara, sino también por la destrucción con que precipita a quienes caen en sus letales garras. Ninguna teoría de la ganancia puede justificar este atropello.

La editora La Zonámbula acaba de publicarle a Febronio Zatarain, quien fuera maestro en la UdeG, su libro En Guadalajara fue. En su obra el autor pinta a un profesor de la UdeG que se enreda en líos de faldas, chelas, drogas, infidelidades y hasta en experiencias gay. No es novedoso su trato de temas eróticos y pasionales, tan frecuentes en la literatura, sino el asunto de la ingesta de estupefacientes entre la gente estudiosa. La conducta de los personajes termina desfigurada y cruda. Son cuadros de una obra de ficción, pero sus retratos son tan reales, que casi se tocan con la punta de los dedos. Pareciera más un documental que un texto literario.

En su discurso de toma de posesión, el nuevo presidente Peña Nieto habló de dos naciones en una: Hay un México de progreso y desarrollo, dijo, pero también otro que vive en el atraso y la pobreza. “México es un país joven y de jóvenes, quienes muchas veces ven frustradas sus aspiraciones por no tener medios para prepararse, por  no tener una educación de calidad. Hay un gran número de mexicanos que viven al día, preocupados por la falta de empleo y oportunidades, porque el país no ha crecido lo suficiente”.

El México de la falta de oportunidades para sus jóvenes ya los condenó a la frustración y al fracaso en el futuro. Podría creerse que para los que acuden a la educación superior sí hay voluntad política y económica. Pero la cifra propuesta en la tabla del presupuesto para la educación pública es raquítica. Habla de destinar 251 mil millones de pesos, muy pocos, 100 mil menos que en el servicio de la deuda externa e interna, por ejemplo.

Habrá que afinar la crítica. La educación de nuestros jóvenes es un asunto de demasiada importancia para dejarla a la supina veleidad de nuestros políticos. ¿Podrían opacarse, con tan escasos recursos, los engañosos esplendores del dopaje?