Congreso nuestro de cada día

Hace dos semanas se hizo en este espacio un cálculo de lo que se toma de nuestros impuestos para sostener a cada diputado (Proceso Jalisco 417). La cifra que arrojó tal estimado fue cercana a tres cuartos del millón de pesos mensuales. Pero hay que mejorar dicha información. Dimos como promedio una docena de personas asignadas para colaborar con los dueños temporales de las curules. La suma se quedó corta. Ya con datos más recientes, filtrados a la información pública, el promedio asciende a 18.7 personas asignadas a cada diputado.

Esta aclaración particular nos lleva a descorrer uno de los puntos graves de la extraña dolencia que aqueja al Poder Legislativo estatal. Emplear fórmulas de contratación de personal sin control, o sin necesidad y al buen tuntún, generó, entre otros movimientos opacos, las secuelas del lío financiero, que sumió en el descrédito total a la legislatura saliente y que recibe como herencia poco grata la que recién llega (la LX) a la casona de Hidalgo. Es un paquete laberíntico del que lo menos que se puede decir es que se trata de un hueso duro de roer, si es que los nuevos diputados se ponen serios. Si imitan a los recién idos, triste es nuestra calavera.

Gentes bien enteradas de los manejos que se dan en esos corrillos, por haber sido antes diputados locales, expusieron (Pooceso Jalisco 416) su propia experiencia. Gildardo Gómez Verónica, Manuel Villagómez y Enrique Ibarra Pedroza señalaron que en las legislaturas L, LIII y LV, de las que formaron parte, laboraban en el Congreso entre 300 y 400 personas. Sus asistentes se reducían a dos o a cinco, a lo sumo, si se trataba de coordinadores de fracción. Ahora se habla de un universo que ronda los mil 800 monos.

El punto fino no reside en que los diputados tuvieran o no personal adscrito a sus labores, sino en que éste pertenecía al contratado por la administración. El diputado mismo no era agencia de colocaciones o donador de pingües puestos laborales, en lo que se han metamorfoseado a sí mismos los ocupantes de las más recientes legislaturas. Aunque califiquemos de ajenos o de distanciados del pueblo a los viejos legisladores, no les podemos fincar el cargo de agentes de chambas para favoritos, como sí se lo podemos endilgar a los recientes. De alguna manera aquellos se atuvieron al mandato de la austeridad republicana o había candados suficientes para que no incurrieran en error tan mal visto por las mayorías. Aquella forma sensata de conducirse, con no ser idílica, desapareció y dio paso a las ollas y a las cucharas grandes, donde cada diputado actual se ha despachado a su real y visceral antojo.

Según números de un reportaje de José María Pulido (Conciencia Pública 179), sus propias asignaciones de personal les han generado este errático manejo administrativo, hasta ponerlos por el tobogán que los ha lanzado al vacío. La LVI Legislatura trabajó todavía sin personal asignado. Afanadores, secretarias y amanuenses de que echaban mano estaban adscritos al Congreso. Serían trabajadores de base o eventuales, pero su contratación tenía que ver con las necesidades del servicio y del mantenimiento, no con el talante y humor de los dueños de las curules. Había más respeto por las formas, pues.

La LVII Legislatura ya incorporó a 77 trabajadores propios o adscritos a este rubro, para manejo personal de cada diputado. La LVIII redujo esta plantilla a 42 miembros. Si leemos bien, empezaron por asignarse dos auxiliares, pero luego se bajaron la cuenta a uno por mono. Seguramente ventearon que si se excedían en esta nómina pronto tendrían quebraderos de cabeza. Y aunque lo visualizaron, les valió sorbete. Se lanzaron, como El Borras, pendiente abajo y ahí van, en desbocada libre.

Más arriba dimos el promedio de las 18.7 personas que le tocan a cada uno de los diputados. El total de este personal se disparó a 729 contratados. Unos tienen base y están sindicalizados; otros son eventuales; a algunos les llaman supernumerarios u honorarios y más denominaciones. Su remuneración no depende del estatus laboral que ostente el beneficiario. Al final de 2011 hubo retención de cheques por parejo, aunque lo resolvieron momentáneamente con un préstamo del sindicato de los profesores de la UdeG. Al final del ejercicio presente otra vez les aplicaron la moratoria a todos. Y lo que es peor, se han visto forzados a aplicar una barredora. No está claro en qué va a concluir tan ríspido sainete. El hecho es que van a tener que depurar listas, aunque tengan que modificar reglamentos y leyes, pues las irregularidades ya están asentadas en el papel y tienen la validez legal que sancionan todos estos procesos.

No puede afirmarse con seguridad que todos van a seguir cobrando, mucho menos que en uno o dos meses serán borradas máculas tan viejas. Al contrario, habrá escándalo para rato, que ya ha trascendido a nuestros castos oídos de paganos sin redención. ¿Cómo explicarle al ciudadano medio que se afana todo el día para ganarse 10 mil o 15 mil pesos al mes, que el gobierno le taja parte de su sueldo en impuestos para pagarle 40 mil o 50 mil pesos a un auxiliar o al ayudante de un diputado? Resulta insultante en sí misma semejante información, no digamos el hecho de que tal dato se corresponda con la realidad. Así de sucia tienen la casona nuestros legisladores y más vale que ya no les quitemos el ojo de encima, sólo por ver si son capaces de ponerse las pilas para enderezar el barco.

Más escandalosa resulta aún la información, que proporciona Pulido en la página mencionada, de que los coordinadores de bancada rebasaron alegremente el promedio de esta particular corte de los milagros. El panista José Antonio de la Torre se despachó con 48 gatos, que no lo son tanto si anduvieron tan bien pagados. Otro panista que no desaprovechó el río revuelto fue Manuel Alejandro Rojas, con un cortejo de 20 incondicionales bien forrados de billetes. Un elenco de 68 turiferarios entre estos dos panistas ya constituye una auténtica nube de parásitos. El priista Roberto Marrufo se asignó 58 angelitos, según la misma fuente. Otro que aprovechó muy bien tan generosa cartera fue Raúl Vargas López, el coordinador perredista que sólo coordinaba a su colega Olga Araceli Gómez: se nominó una cohorte pretoriana de 27 ayudantes, según Pulido; porque otra fuente (Mural, 1 de noviembre) afirma que eran 49. El del Verde Ecologista, Enrique Aubry, estuvo peor que Vargas pues sólo se coordinaba a sí mismo y sin embargo  traía a 20 changos cargándole las maletas. ¿Así cómo?