Los mitos de la crisis

Cincuenta años después de la Crisis de los Misiles aún prevalecen los lugares comunes sobre lo que sucedió: que los cohetes nucleares desplegados en Cuba eran para atacar a Estados Unidos, que la habilidad política de Washington evitó la catástrofe, que el gobierno de Fidel Castro no cooperó para poner fin al conflicto, que tras esta crisis el mundo fue más seguro… Rafael Hernández, intelectual cubano y director de la revista Temas, aborda varios de “los mitos” en torno a ese episodio histórico y señala que se desperdició la oportunidad de establecer un instrumento de paz estable que hubiera evitado muchos problemas al mundo.

El 14 de octubre de 1962 un avión U-2 de reconocimiento que volaba sobre Cuba, espiando desde la estratosfera lo que ocurría en la isla, tomó fotos de una base de cohetes nucleares en fase de construcción cerca de San Cristóbal, en la provincia de Pinar del Río, al occidente de La Habana. Una semana después el presidente John F. Kennedy denunciaría, en una dramática comparecencia televisiva, que la Unión Soviética estaba instalando cohetes estratégicos en la mayor de las Antillas, a sólo 90 millas de territorio estadunidense. Se iniciaba así lo que muchos consideran el acontecimiento más grave de la Guerra Fría, conocido desde entonces como la Crisis de los Misiles.

Ristras de libros, artículos, tesis doctorales, filmes documentales y de ficción se han dedicado a examinar ese momento, cuando ambas superpotencias estuvieron más cerca que nunca de “apretar el gatillo nuclear”, como se decía entonces. Esta metáfora correspondía con la imagen de dos cowboys enfrentados por la supremacía del mundo: de una parte un Kennedy resuelto, plantado en la calle principal del pueblo con las manos sobre las cachas de sus pistolas, y de otra, un villano Nikita Kruschev, que al final no tendría más opción que retirarse con el rabo entre las piernas.

Esta visión más bien peliculera de la crisis, predominante durante décadas y que todavía hoy circula en muchas partes, no sólo extraía la lección de que la intransigencia de un presidente macho había salvado al mundo libre, sino que la toma de decisiones durante los míticos 13 días que aquella había durado era un ejemplo de manual acerca de cómo el aplomo, la lucidez y el apego al funcionamiento reglamentado de las instituciones a cargo de la seguridad nacional había permitido conducir la crisis a buen término.

 

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Aprovechando el clima de distensión de los años postreros de la Unión Soviética, a finales de los ochenta un grupo de académicos estadunidenses convenció a los veteranos de ambos gobiernos para sentarse a revisar de manera ecuánime y documentada, con el beneficio del tiempo transcurrido, lo que había pasado realmente en los días de la crisis. Después de las dos primeras conferencias, celebradas en Estados Unidos, y de conseguir la desclasificación de varios miles de documentos de ambos lados, el grupo de trabajo acordó planear la siguiente en Moscú. Por iniciativa de algunos de los participantes y la anuencia de los anfitriones rusos, se invitó por primera vez a los cubanos.

Por razones de espacio no me puedo detener aquí en los detalles de aquella conferencia tripartita de Moscú, en el invierno de 1990, ni en los pasos posteriores, que culminaron en la conferencia de La Habana en 1992, apenas un año después del desmantelamiento de la URSS. Gracias a aquellas reuniones la historia escrita sobre la crisis dio un salto espectacular y se desvaneció en buena medida la mayor parte de los lugares comunes que se habían tejido durante tres décadas.

Años después una película como 13 días (2000) podría reflejar la atmósfera de paranoia, incertidumbre, miedo y cabos sueltos que predominó en Washington y mostrar cómo la negociaciones secretas con los rusos, a espaldas de la mayoría del Consejo de Seguridad Nacional, y las concesiones mutuas habían sido la llave para un arreglo. Típicamente, sin embargo, el espectador de 13 días no se entera de lo que estaba pasando en Moscú ni en La Habana ni puede explicarse, sobre todo, por qué la Unión Soviética y Cuba decidieron la instalación de los cohetes en la isla, como no fuera la consabida maldad ínsita en ambos regímenes. A pesar de aquellas ­reuniones tripartitas los mitos alrededor de la crisis nos siguen acompañando.

El primer mito consiste en que la instalación de los cohetes se dirigía a lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos.

A raíz de esos hechos de abril de 1961 –cuando una fuerza militar de mil 400 anticastristas, dirigida y desembarcada por la CIA en Playa Girón, en el sur de la isla, fuera derrotada en 66 horas–, tanto la inteligencia soviética como la cubana tuvieron señales de que Estados Unidos había aprendido la lección de mala manera y se preparaba para lanzar un ataque directo con sus propias tropas sobre la isla.

El ejército de Estados Unidos empezó a reclutar y entrenar a un creciente número de cubanos en sus propias unidades y a ejercitarse en maniobras de desembarco en la isla de Vieques, Puerto Rico. El Consejo de Seguridad Nacional implementó una nueva estrategia de acción contra Cuba, denominada Plan Mangosta. Siguiendo este plan supersecreto, numerosos grupos paramilitares se estaban infiltrando en la isla con el propósito de controlar un territorio (como las montañas del Escambray, en la región central) y declarar un gobierno provisional que reclamara la intervención de Estados Unidos. Aunque no conocía los detalles de Mangosta, la seguridad del Estado cubano, que desde entonces había penetrado las organizaciones anticastristas, se daba cuenta de que un plan de mayor escala estaba en marcha.

Con el fin de disuadir a Estados Unidos de que una invasión sería muy costosa, el gobierno cubano le pidió a la URSS que ampliara y modernizara su armamento convencional. La respuesta soviética fue ofrecerle cohetes nucleares de alcance medio (mil 200 millas) e intermedio (2 mil 200 millas). Bajo la presión de aquella situación los cubanos aceptaron la oferta y le propusieron al primer ministro Kruschev la firma y anuncio oficial de un Pacto de Defensa Mutua Soviético-Cubano. Éste respondió que no era necesario anticiparse a la instalación de los cohetes, pues la inteligencia militar de Estados Unidos no iba a descubrirlos. Una vez terminadas las bases Kruschev visitaría La Habana, en diciembre de 1962, y junto con Fidel Castro proclamarían el Pacto de Defensa y su objetivo de garantizar la seguridad de Cuba.

El segundo mito es que la decisión de la URSS y Cuba de instalar cohetes en la isla fue la causa eficiente que desencadenó y desplegó la crisis.

En sentido estricto desde la perspectiva del derecho internacional y de las prácticas de la Guerra Fría la instalación de los cohetes no era un acto ilegal ni anormal y hubiera podido desarrollarse sin necesidad de llegar al borde de una guerra nuclear.

Dos fueron los principales errores que complicaron la situación y la hicieron abortar en la forma de crisis, prolongándola 30 días.

El primero fue la desproporcionada reacción estadunidense, más dictada por factores de política interna –las elecciones congresionales próximas– y por el efecto simbólico de las bases soviéticas para su exclusividad regional, que por la significación militar real de los misiles para la balanza estratégica con la URSS. Cuando los expertos del Pentágono concluyeron su evaluación sobre los cohetes en Cuba, ya avanzada la crisis, se reveló que Estados Unidos seguía superando en más de veinte veces a la URSS en su capacidad de destrucción nuclear.

El segundo error fue la táctica soviética de ocultar, primero, la existencia de los cohetes y de limitarse luego a argumentar que no eran “armas ofensivas”, en lugar de afirmar el derecho de Cuba y la URSS a situar en la isla las armas que estimaran convenientes para su defensa, igual que hacía Estados Unidos con sus aliados alrededor de la URSS y de publicar el texto del Pacto de Defensa, cuyo borrador había sido acordado ya entre los dos gobiernos.

El tercer mito es que Estados Unidos adoptó una política razonable, firme, pero la menos peligrosa posible, suficientemente moderada como para dejar a la URSS la alternativa de recapacitar.

 

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De hecho, sin embargo, el bloqueo de la isla por más de 200 barcos y decenas de aviones de Estados Unidos (llamada “la cuarentena”, como si se tratara de contener la propagación de un virus), no tenía eficacia militar pues no anulaba las armas nucleares ya instaladas; más bien anunciaba una ruta de colisión con las unidades navales soviéticas, lanzaba vuelos a baja altura sobre la isla y reiteraba el ultimátum en vez de la negociación.

Los soviéticos no supieron afrontar políticamente la situación creada y cometieron también movidas incongruentes. En aquel contexto Cuba advertiría la gravedad de las consecuencias de cualquier acción imprevista o fuera de control. Las cartas de Fidel Castro a Kruschev reflejan la percepción del enorme peligro que se advertía desde la isla, a partir de un probable ataque preventivo de Estados Unidos contra las bases soviéticas, que se podría convertir en el detonante de un conflicto nuclear y conllevar el primer golpe contra Moscú.

Paradójicamente Fidel Castro y ­Kennedy compartían esa preocupación, derivada de la lógica de los militares en el Consejo de Seguridad Nacional, lo que no era visto en toda su gravedad por los soviéticos desde Moscú. Estos la llamaron “Crisis del Caribe” como si fuera un enfrentamiento regional que no escalaría, ya que supuestamente ninguna de las dos partes estaría impelida a atacar el territorio continental de la otra.

Sin embargo, si Estados Unidos hubiera lanzado un ataque masivo contra varios millones de cubanos y 40 mil soldados soviéticos en Cuba, ¿se habrían quedado cruzados de brazos los militares y el gobierno en Moscú? Y de ser así, ¿habrían aceptado la misma suerte los generales soviéticos en Cuba, quienes sí tenían poder de decisión sobre el uso de misiles nucleares tácticos emplazados en las costas para enfrentar una posible invasión?

Un cuarto mito es que Cuba no cooperó con el fin de la crisis pues Fidel Castro estaba ofendido con los soviéticos por haberlo ignorado en la negociación del acuerdo y de hecho prefería que éstos atacaran a Estados Unidos.

Deliberadamente la URSS decidió no involucrar a Cuba en el proceso negociador. Por una parte pensaba que no se podía dar el lujo de introducir ningún elemento que complicara y retrasara la consecución del acuerdo; probablemente también receló de la emotividad cubana y de su alarma ante un ataque estadunidense y asumió que bajo esa tremenda tensión los dirigentes cubanos no serían realistas.

Sin embargo, el hecho es que éstos nunca cuestionaron el control soviético sobre las bases, no entorpecieron el desmantelamiento de los misiles, permitieron los vuelos rasantes sobre la isla hasta el 15 de noviembre, recibieron al secretario general de la ONU y le expusieron su disposición negociadora, mantuvieron la comunicación con los militares soviéticos en Cuba y presentaron una agenda donde se recogían sus principales preocupaciones de seguridad nacional frente a Estados Unidos: fin del bloqueo económico, de las operaciones encubiertas violentas (incluidos actos terroristas) y devolución de la base naval de Guantánamo. Éste no era un plan maximalista ni excesivo en términos del derecho internacional.

Aunque Cuba –precisamente por no haber participado en el acuerdo– no admitió la supervisión del desmantelamiento de los misiles en el terreno ni tampoco se plegó a la idea de que los vuelos rasantes se prolongaran indefinidamente para evitar contingencias militares peligrosas, en todos los demás aspectos cooperó activamente por alcanzar el fin de la crisis.

Entre los mitos generados por la crisis el último es que al evitar la guerra nuclear el mundo posterior fue más seguro, incluidos los intereses estadunidenses, y que aquel desenlace fue un modelo para solucionar conflictos.

Paradójicamente en las décadas que siguieron a la crisis la carrera nuclear dio lugar a una fuerza naval soviética tan poderosa que no sólo se alcanzó la paridad nuclear sino la capacidad de barrer varias veces –sin necesidad de bases en Cuba– todas las ciudades estadunidenses, algo que no hubieran podido lograr los misiles de 1962.

El entendimiento que puso fin a aquella crisis logró detener la colisión nuclear en curso, pero no estableció un instrumento para una paz estable en la región. Fue un simple compromiso verbal entre dos presidentes que murieron o perdieron sus cargos muy poco después y que nunca se tradujo en un acuerdo oficial o tratado de obligatorio cumplimiento. Aunque el presidente Kennedy renunció a invadir directamente Cuba a cambio de la retirada de los misiles de la isla, en diversas oportunidades presidentes de Estados Unidos, como Ronald Reagan y otros altos dirigentes, han ignorado la existencia de aquel compromiso.

También fue una oportunidad perdida para la concertación internacional. El conflicto no fue llevado al marco de la ONU, donde se hubiera podido promover una solución multilateral, ya que el consenso internacional –sobre todo de los países no-alineados y algunos influyentes, como México– era favorable a un arreglo.

Hoy se sabe que la diplomacia estadunidense en privado no era inflexible a la negociación y que en la mesa del Consejo de Seguridad Nacional llegó a emerger la cuestión de Guantánamo, así como otras piezas de cambio que no se admitieron públicamente, en particular los cohetes en Turquía que se retiraron meses después como parte secreta del acuerdo con Kruschev.

Cuando se avanzaba en las maniobras diplomáticas necesarias para un acuerdo negociado, se produjo un aterrizaje forzoso. El “entendimiento” no fue producto de una concertación basada en la ley internacional sino un acomodo pragmático dictado por el horror de la guerra nuclear; una oportunidad perdida para solucionar un conflicto cuyas derivaciones regionales en América Latina, el Caribe y África podrían haberse ahorrado, evitando costos humanos, materiales y políticos muy altos, y que se perpetúa medio siglo después.