MÉXICO, D.F. (Proceso).- August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912) se adelantó a su tiempo en sus últimas propuestas dramatúrgicas. De textos naturalistas con el rigor psicológico en el que se adentró –La señorita Julia, Los acreedores o El Padre–, hasta un acercamiento al simbolismo y al teatro del absurdo que años después se convirtieran en corrientes vanguardistas: La danza de la muerte, El sueño y Sonata de los espectros, son un ejemplo.
El interés y estudio que Strindberg tuvo de los descubrimientos de Sigmund Freud y otras personalidades, para desentrañar el comportamiento humano, provocó que sus obras adquirieran una profundidad y complejidad psicológica impresionantes. El juego de poder entre los individuos, el duelo de mentalidades, la ambivalencia, el dominio de los sentimientos y la manifestación del inconsciente, fueron elementos que marcaron a un gran dramaturgo, también admirado por Henrik Ibsen. No es casual que al siguiente año que Freud publicara La interpretación de los sueños (1900), Strindberg escribiera su obra de teatro El sueño (llevada a escena hasta 1907).
En la Ciudad de México Jodorowsky hizo una paráfrasis de esta obra en 1966 y salieron a la luz otros estrenos universitarios como el montaje de Gilberto Guerrero en el 2003. Actualmente, bajo la adaptación y dirección de Juliana Faesler, se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, en donde el énfasis está dado en la propuesta visual más que en el contenido.
En El sueño de Strindberg, el protagonista es el sujeto: el que sueña, el poeta, el escritor. Y este personaje se desdobla, como en los sueños, en otros personajes que reflejan sus obsesiones, su necesidad de redención, su sensación de sufrimiento en esta vida donde a los humanos lo único que queda es tenerles compasión. Si bien en un principio Strindberg fue repudiado por sus blasfemias a la religión, en El sueño las metáforas religiosas proliferan y significan un sometimiento a la divinidad, como señala Estela Ruiz Milán en su libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. El hilo conductor es la hija del Dios Indra que baja a la tierra para darse cuenta de que los humanos padecen más de lo que se imaginaba y que su redención se sustenta en el sufrir. La dinámica de la obra está llena de repeticiones, personajes de los que ella adquiere su cuerpo convirtiéndose en la veladora de un teatro, en el oficial frente a un amor imposible o el hijo que ve a lo lejos a sus padres (en el caso de Strindberg, la madre era la sirvienta y una mujer muy religiosa). Todo sucede frente a una puerta por la que no se puede pasar, una escuela o un no espacio. Finalmente, cuando es posible averiguar qué hay detrás de ella, lo único que se encuentra es “la nada”.
Juliana Faesler hace una adaptación que no ayuda a la comprensión de este mundo onírico del que vive el sueño, de esta realidad que emana del inconsciente de un hombre/hija de un Dios. Esta complejidad psicológica requería de mucha profundidad para poder plantearla. La dirección de actores se maneja totalmente en la superficie, la creencia escénica está ausente, y lo importante en este montaje es la forma, las resoluciones escénicas.
La iluminación y escenografía de Faesler son de gran calidad. El imaginativo juego con módulos que son paredes, rincones, o sólo límites, dan silencios, pausas e imágenes sencillas que mantienen vivo el espectáculo. La sensación al presenciar El sueño de Faesler –también integrante del Consejo asesor de la Dirección de Teatro de la UNAM–, es de una gran belleza escénica, pero que nos deja un vacío existencial.










