Escritor, investigador, profundo animador de la vida cultural mexicana, el veracruzano Miguel Capistrán, quien además de concentrarse en la tarea monumental de rescatar al grupo Contemporáneos trajo por primera vez a Jorge Luis Borges a México, falleció a los 73 años el martes 25. El poeta y académico Alberto Paredes, colaborador de este semanario, pide a las autoridades gubernamentales y universitarias, así como a las empresariales, hacer realidad la propuesta de Capistrán: crear un Fondo Nacional de Contemporáneos.
París.- Con la partida de Miguel Capistrán (nacido en Córdoba, Veracruz, el 8 de mayo de 1939), nos despedimos de otra de las grandes figuras que en la segunda mitad del siglo XX dedicaron su vida a establecer y editar el patrimonio literario mexicano. Una frase puede definir a estos verdaderos trabajadores de la cultura: discreta generosidad.
Respecto del grupo de Contemporáneos, los nombres de Alí Chumacero, Elías Nandino, Rubén Salazar Mallén, Luis Mario Schneider y el propio Capistrán son recurrentes cuando constatamos a quiénes debemos la organización y transmisión de la vasta y dispersa obra de aquellos jóvenes –los Contemporáneos– que resultaron esenciales en la definición de la cultura mexicana moderna y en la posición crítica del intelectual frente al Estado. Señalemos que esos editores-estudiosos, seguramente por circunstancias y limitaciones de sus años juveniles, aunque llegaran a tomar cursos universitarios, en general se formaron autodidactamente sin la formalidad de un posgrado académico. Aprendieron su profesión sobre la marcha, porque eran lectores pasionales; fue en los pasillos de archivos, bibliotecas públicas y privadas, redacciones de periódicos y revistas, librerías legendarias, que aprendieron sus múltiples oficios de hombres de libros y se hicieron capaces de recibir su pasado cultural reciente y entregarlo más limpio y ordenado a nosotros, sus beneficiarios. He aquí su generosa discreción, su discretísima generosidad.
También debemos a Capistrán la primera visita de Jorge Luis Borges a México. Esto es más importante que el reciente malentendido originado por la segunda edición de Borges y México. En 1973 Borges participó en la serie Encuentros de Telesistema Mexicano, conducida por el bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes. Capistrán era el asesor literario de la serie. Fue él quien propuso un sueño: que Borges pisara tierras mexicanas. Después de largos meses de negociaciones y conversaciones, surgió una respetuosa y cálida amistad entre esos dos hombres discretos y Borges vino a México. Gracias a Encuentros, a Capistrán y a Gálvez y Fuentes, Borges estrechó sus lazos con nuestro país.
Ahora que nos acercamos al primer centenario de actividades literarias de Contemporáneos, se perfila una tarea colectiva necesaria: seguir avanzando hasta llegar a ediciones definitivas de esos escritores; será tarea de los destacados colegas actualmente especializados en la primera mitad del siglo XX mexicano; y será sobre todo labor de las nuevas generaciones, pues cada vez hay más egresados de los diversos posgrados académicos con los que ya cuenta nuestro país. He aquí, jóvenes maestros y doctores en letras, en humanidades, en historia cultural, una estafeta honorable y estimulante que los aguarda.
Trazar la semblanza profesional de Capistrán, la larga lista de sus contribuciones, sea como editor de Contemporáneos, sea en tanto comentarista literario y difusor cultural, es ahora un homenaje mínimo y acto de justicia necesario que deben satisfacer los historiadores literarios actuales. Quien esto escribe habla desde la perspectiva limitada de beneficiario de sus trabajos, como todos, y de amigo y testigo de sus inquietudes, sobre todo en este siglo XXI. En 2007, con motivo de la edición que él y Jaime Labastida coordinaron de la Poesía y prosa de José Gorostiza –volumen que incluye Muerte sin fin en edición establecida por Arturo Cantú–, Capistrán ofreció una entrevista a Armando Ponce y a mí. En ella expresa claramente un anhelo que sigue sin concretarse en proyecto. Sea este semanario –del que era amigo cercano, y donde se publicó su última entrevista– quien vuelva a hacerse eco de su idea: “No existe un Fondo Nacional de Contemporáneos ni nada semejante, que sería similar a lo que en España acontece respecto de la generación de 1927, la equivalente de Contemporáneos” (Proceso 1593).
Recojamos su preocupación y preguntemos en voz alta: ¿Por qué México sigue sin contar con ese órgano que tendría una serie de responsabilidades necesarias y a la fecha desatendidas o dispersas? Esas funciones: salvaguardar, reunir y preservar todos sus materiales originales (manuscritos, pruebas de imprenta, correspondencia, primeras ediciones, efectos personales); proseguir la edición científica y crítica de la obra reunida de cada uno de ellos; estudiarla e interrogarla dentro de nuestra perspectiva histórico-ideológica; convocar a actividades sobre Contemporáneos, tanto para especialistas como interdisciplinarias y para el gran público.
Capistrán pensaba, y se dirigía a las autoridades de la UNAM, CNCA, Colmex, Academia Mexicana de la Lengua, Fundación para las Letras Mexicanas. Pensaba en un breve y a todas luces respetable consejo directivo, y, previendo las necesidades económicas de dicho Fondo Nacional, sabía que también debía dirigirse a los directivos de los grandes consorcios y grupos industriales y bancarios, para que mediante sus fundaciones culturales contribuyeran en el financiamiento exigido.
Miguel Capistrán ha partido físicamente. Los especialistas en historiografía cultural mexicana podrán entregarnos el itinerario y catálogo profesional de su empeñosa vida. El CNCA, la UNAM o el conjunto de universidades mexicanas bien podrían crear un Premio Miguel Capistrán para la mejor tesis doctoral de investigación archivonómica y filológica sobre esa compleja galaxia llamada Contemporáneos. Y, sobre todo, el trabajo generoso de Capistrán y sus colegas puede y debe recibir una respuesta viva: la primera piedra del Fondo Nacional de Contemporáneos.








