Era un infante cuando en mi pueblo ocurrió un sonado hecho de sangre: el asesinato de un personaje arbitrario y prepotente a quien se le colgaban muchos milagritos. Preguntado el juez menor sobre el crimen, su respuesta quedó como grabada en piedra por muchos años en la memoria de los lugareños: “Se habían tardado”. Lo mismo hay que decir de la separación, con ribetes de deslinde, de Andrés Manuel López Obrador del partido del sol azteca.
¿Para qué presentar el inventario de agravios vividos por el movimiento obradorista y su mismo líder? Hay una fisura evidente entre el partido y sus dinámicas de acción con las que propone López Obrador con fines de presencia ciudadana. La creación de Morena obedeció al esfuerzo por salvar el báratro entre ambos bloques. En el PRD anida el pragmatismo particularista, el arribismo, el oportunismo incurable, que viene siendo la prostitución de la noble bandera política, si existe alguna. La política procede de la necesidad de enfrentar los abusos de los poderosos y su impunidad. Si se les deja libres, ellos jamás detienen su carro pernicioso. Es el meollo del asunto. El PRD no sólo empezó a distanciarse de las causas populares, sino que las fue abandonando. Cada vez figura más un rebaño de funcionarios públicos obsecuentes con el poder y con las líneas de acción, que agravian y laceran a las grandes mayorías.
Lo que dio origen al PRD fue el enorme fraude electoral de 1988. Esta estafa electoral era sólo el flanco más visible de una política desastrosa, que se estaba poniendo en marcha, la instauración del neoliberalismo en nuestra economía, enemigo de las reivindicaciones populares. El PRD nació no sólo para poner un dique a los fraudes, sino también para gestionar que los bienes y satisfactores siguieran fluyendo de manera beneficiosa a la comuna.
Se propuso el PRD en sus estatutos dos objetivos: desmantelar la hegemonía del partido de Estado e instaurar la democracia en todos los espacios y momentos de la vida nacional. Un cuarto de siglo después el diagnóstico es desastroso. El partido de Estado no desapareció, sino que cambió su formato. Engatusando o confundiendo a su rival (PAN), se fundió con él y constituyó el PRIAN. Ambos bloquean ahora el acceso al poder a cuanto abanderado provenga de la base social, con miras a orientar la vida nacional en beneficio de los trabajadores. No han desaparecido los fraudes. Y la democracia en todos los planos de la vida cotidiana, bien gracias. Si no hemos logrado desterrar los topillos, mucho menos arrollar al autoritarismo y al jefismo rampantes, con los que nos sojuzgan quienes escalan al poder.
Al PRD no le calienta el fracaso palmario de sus objetivos de origen. Al contrario, sus personeros sufren transferencia de personalidad y terminan convirtiéndose, cuando ocupan curules o cabildos, en personajes de igual o peor laya. Salen iguales o peores que aquellos a los que se proponen desbancar. Mediante la simulación y la suplantación, practican los arreglos en lo oscurito, el tráfico de influencias en beneficio de los cuates, el peculado, los sobornos y la no rendición de cuentas. Actúan con tanto o mayor nivel de corrupción y mendacidad, cuanto lo hacen los personeros de las otras vertientes políticas, con las que contienden.
Pero el público no es romo. Lo ve y lo entiende. Es tal vez la razón de fondo por la que el PRD, en un cuarto de siglo, no crece en muchos de los estados de la República, sobre todo en los del centro y del norte. Aquí, en Jalisco, 10 años después de su fundación sus promotores ya habían logrado darle forma. Lo hicieron crecer hasta obtener 17% de los comicios en disputa. Las expectativas de convertirlo en la segunda fuerza política del estado y luego gobierno se sustentaban en números reales.
Sin embargo, la miopía de la gente del centro, al encandilarse con los cantos de sirena de Raúl Padilla y su pandilla, se lo obsequió a éste en bandeja de plata y dio al traste con todo aquel esfuerzo. Ya no pudo rebasar nunca el tope de 5% en los comicios. Lo cual no obstó para que sus funcionarios, siempre personajes universitarios, representaran los peores papeles de la comedia política en el estado, empezando por el propio Raúl Padilla, que fue diputado perredista. Ahora andan todos ellos de priistas arrepentidos. No dan para más.
Nuestro último año político en el estado que fue muy movido en el establo perredista. Enrique Alfaro empezó su conato por conquistar la estafeta del gobierno con estas siglas. Pero el forcejeo fue desgastante. Fue una experiencia ingrata enfrentar a estos suplantadores de la voluntad popular. El final de este aquelarre es conocido. Alfaro rompió amarras y quemó las naves, que muy poco le iban a redituar a la hora de los comicios. Su cálculo fue atinado. Si bien no le alcanzó su fuerza para alzarse con la gubernatura, sus números reflejan lo atinado de la decisión. El PRD local se hundió en sus miserias reales.
Obrador fue reticente y no dio este paso. Por la vía federal, el espectro ya no resulta halagador. No vale nada salir a decir ahora que era mejor haberlo hecho. Hubo en su equipo tal vez argumentos de peso para permanecer atado a un proyecto que ya no daba para más. Con tal desbarajuste de siglas fuimos a las elecciones federales y locales, y nos fue como nos fue, fraude incluido. Jugar con las banderolas ajadas del PRD permitió que vuelva a haber en el congreso nacional un grueso número de legisladores, que poco o nada harán por la mayoría oprimida. No hubieran llegado por sus meras gracias y galanuras propias. Pero ahí están. Y Obrador se quedó de nuevo como el chinito. Y, con él, todo el pueblo raso.
Tal es la realidad presente y así vamos a capotear el temporal. No tiene mucho sentido hablar ya de malos cálculos o de plantearlo como asunto exclusivo de un político particular y su futuro. Se trata de cartas colectivas. Obrador tiene tiempo jugando el albur del pueblo, el de las grandes mayorías. Defiende a capa y espada la carta que representa a los núcleos burlados, a los ciudadanos estigmatizados, a la gente excluida, la que compone 99% de la población según los indignados y el #YoSoy132.
En el albur de Obrador va pues esta suerte. Aunque haya retrasado esta decisión, la definición de tareas y compromisos a favor de las mayorías da, con él, un paso adelante. Habrá que saludar en positivo esta iniciativa. Aunque les pese a sus detractores, Obrador sigue marcando la pauta política en el país. Los del poder, usurpadores y comparsas, tienen que seguir bailando al son de su flauta.








