Editorial No. 16

Editorial
Convertido en un Savonarola de casimir, dispuesto a arrojar en los infiernos a los corruptos, el director del Instituto Mexicano del Seguro Social, interpretando de nuevo su antiguo papel de abogado —único en el que ha probado eficacia—, denunció un enorme fraude a la institución que encabeza desde hace 80 días Provocó así un escándalo que midió muchos decibeles y al que no correspondió, sin embargo, una consecuencia proporcional: el monto de lo defraudado pasó de los millones de pesos en los boletines de prensa, a poco menos de un cuarto de millón de pesos en el expediente judicial; los acusados están libres bajo fianza; y no sería remoto que el acusador volviese a su despacho de experto en regalías de autores y compositores, de donde tal vez nunca debió salir
¿Es que, acaso, somos tan descontentadizos que, clamando constantemente contra la corrupción administrativa, no es confortante saber de acciones destinadas a cercenar alguna de las innumerables cabezas de esta hidra colosal? Por supuesto que sí, que desearíamos tener mucho más a menudo noticias de embates verdaderos contra las trapacerías que complicitariamente cometan funcionarios públicos y negociantes privados Y por supuesto que el delito presuntamente cometido en el Seguro Social debiera tener el castigo que corresponda así a su monto económica como a su efecto dañino de la administración pública Pero haríamos mal en envisionarnos con un espejismo
Convengamos, primero, en que la desmesura informativa resultaba sospechosa, y que la denuncia más parecía una puesta en escena que un acto de saneamiento gubernamental Ciertamente, para que una acción de esa naturaleza sea ejemplarizante, preciso es vocearla, a modo de advertencia Pero aquí hubo sobre todo un clamor, un afán publicitario que no es posible soslayar
Sorprendió, además, la diligencia investigadora del director del IMSS, en contraste con la pasividad que en un orden de conducta semejante, había observado durante los tres años anteriores, en que fue responsable de la Comisión Federal de Electricidad Sin caer en el lugar común, a menudo irresponsable, que ve en todo funcionario un prevaricador, ¿puede razonablemente pensarse que la suciedad administrativa hallada por don Arsenio Farell en el Seguro Social estaba ausente en la CFE? ¿No había en ésta negocios ilegítimos dignos de pública denuncia? ¿O las virtudes pesquisitorias del antiguo presidente de la Cámara Azucarera, larvadas durante un trienio, florecieron súbitamente ante el cambio de gobierno?
Entendámonos Bien distantes queremos estar de hacer la defensa de los empleados y los proveedores que resulten culpables Tampoco buscamos disminuir el tamaño de las responsabilidades en que hayan incurrido, con el alegato de que a otros delincuentes mayores se les deja intocados, haciéndose de ellos chivos de expiación El que no se castigue a todos no debe servir de exculpante para aquellos que delinquieron de verdad Ni deseamos oscurecer la denuncia porque en ella quedaron implicados miembros del sector privado, tan frecuente y farisaicamente reclamador de honestidad oficial
No Lo que nos preocupa es el estilo evidente y las motivaciones presuntas de la denuncia contra la corrupción, sobre todo cuando, según muestran las evidencias, ésta es de dimensión menor, casi una vulgar ratería, mientras que los latrocinios a la alta escuela quedan impunes y ocultos Lo que nos preocupa es que con fuegos de artificio se quiera engañar a la opinión pública y se la adormezca con apariencias, sólo para dar golpes de teatro ¿O para algo más?