Los frutos rojos de la muerte

Pese a las elevadas ganancias que le deja a los productores y a los comercializadores el cultivo de berries o frutos rojos, los campesinos que trabajan para ellos apenas sobreviven en condiciones miserables o de plano fallecen intoxicados por los pesticidas, ya que no tienen Seguro Social, equipo, capacitación ni salarios dignos. Aquí, algunos testimonios.

ZAPOTITÁN DE HIDALGO, JOCOTEPEC.- El certificado de defunción sólo dice que el campesino Pablo Solano Cuevas sufrió un paro respiratorio, pero su esposa, Rosario Larios, señala que se debió a los pesticidas que los trabajadores tienen que aplicar sin ninguna medida de protección en los invernaderos donde se producen los frutos rojos conocidos como berries: frambuesas, moras, arándanos y zarzamoras.

Aunque los propietarios de cientos de hectáreas se están beneficiando del auge de estos cultivos, sus empleados permanecen desprotegidos y cobran salarios de miseria.

De acuerdo con el sitio de internet del Centro de Información, Vigilancia y Asesoramiento Toxicológico, los plaguicidas que contienen órganos fosforados pueden provocar “repentinamente un paro respiratorio, siendo está la causa principal de muerte”. También causan síntomas como tos, visión borrosa, náuseas, rinorrea, debilidad de músculos peroneos y cefalea, entre otros.

Pablo Solano tenía todos esos síntomas antes de morir. A finales de mayo de 2011 contrajo una gripe y después comenzó el dolor de huesos. Como no tenía Seguro Social acudió al centro de salud de Jocotepec, donde le diagnosticaron una infección en la garganta. En vez de apagarse con el tratamiento, su malestar aumentó.

“Aunque le estaba dando la medicina, se ponía peor –relata su viuda, la señora Larios–. Caminaba muy lento. Me dijo que le dolían mucho los huesos. Fuimos a Guadalajara y le dijeron que tenía dengue, porque traía las plaquetas muy bajas. Le dieron otro medicamento, (…) pero entonces comenzó a decir que le hacía falta el oxígeno… Lo llevé a Tizapán. El médico particular detectó que sí le hacía falta el aire y nos dijo que fuéramos a Guadalajara para internarlo.”

En el Hospital General de Occidente, de la Secretaría de Salud, conocido popularmente como Zoquipan, se negaron a internarlo y lo enviaron de regreso a su tierra. “Pero ya no pudo caminar para salir del hospital. Me regresé y les rogué que lo internaran. Estuvo 10 días en el Zoquipan y le hicieron estudios. Me dijeron que era influenza AH1N1, pero con otros estudios nos dijeron que no era eso”.

Las muestras de incompetencia continuaron: “Lo mandaron a piso y nos dijeron que se tomara el medicamento para que se aliviara. Nos regresamos a Zapotitán, pero empezó a tener fiebre otra vez. Lo llevé de nuevo a Tizapán y me dijo el doctor que él no veía mejoría, que era lástima que estuvo internado 10 días, pues él lo veía peor”.

Como su marido ya no podía respirar, Rosario Larios compró un tanque de oxígeno por 2 mil 700 pesos y decidió regresar a Zoquipan. “Pedí el oxígeno, pero Pablo nada más lo utilizó un día, porque el 23 de junio, cuando lo llevamos a Guadalajara, antes de que le hicieran una tomografía, murió”.

Con los ojos llorosos, afirma que su esposo falleció a causa de los pesticidas que aplican en el campo sin protección: “Sólo usaba un cubrebocas delgadito, ya roto”.

La señora Larios conoce al menos a otras tres personas que tienen o presentaron los mismos síntomas que su esposo. A uno de ellos lo identifica como El Cubano, originario de San Pedro, quien ya falleció y era empleado del “mediero” Reyes Fuentes. Los medieros son dueños de tierras cuyo producto es comprado por alguna compañía grande que lo comercializa.

Otros afectados son Santiago e Ignacio, quienes no desean que se dé a conocer sus apellidos. El segundo trabajó para el productor Francisco Vargas, pero dejó de hacerlo porque le cuesta trabajo respirar. Cuca, cónyuge de Ignacio, explica a Proceso Jalisco: “Mi esposo tiene los pulmones de una persona de 70 años, eso se lo dijo el doctor, y apenas tiene 36”.

Asevera que desde hace cuatro años Ignacio padece tos y nunca ha fumado. “Fue a atenderse hace seis meses con el doctor particular de San Luis. Le dijo que estaba dañado de los pulmones por los químicos de la mora. Como no tiene seguro, estamos tramitando el Seguro Popular para que lo atiendan”. La tos es tan fuerte que le provoca vómito a su esposo.

Antes que Ignacio trabajara con el mediero Francisco Vargas, conocido como Don Chico, fue empleado de Pancho Quiñones. Con ambos, “a todos (los empleados) les daban cubrebocas, y yo los lavaba; también les daban overoles que estaban rotos de la espalda y así se los ponían, pero se les moja la espalda con los fumigantes”, relata Cuca.

A Ignacio le cuesta trabajo respirar, “le arden los ojos, se le ponen colorados, y le da dolor de cabeza; ya tiene cuatro meses sin trabajar por lo mismo”.

La explotación

 

Para los pobladores de Zapotitán, al igual que los de las delegaciones aledañas a Jocotepec (como San Pedro, San Cristóbal, El Zapote, San Luis y Huejotitán), la única fuente laboral es el cultivo de frutos rojos o berries.

Pablo Solano tuvo que usar como única medida de protección un cubrebocas delgado, ya que pretendía juntar dinero para comprar un terreno y construir su casa: el patrimonio para su mujer y su hija.

Para conseguirlo, trabajaba de ocho a 10 horas al día, y aún más en temporada de cosecha. Habitualmente percibía 35 pesos diarios, pero su sueldo se incrementaba si lograba llenar de frutos rojos al menos 20 botes; a tres pesos cada uno, obtenía 60 pesos en esas jornadas especiales.

Ni Pablo ni la mayoría de los campesinos que trabajan para los medieros contaron jamás con seguro ni garantías laborales de ley. Aun así, su viuda indica que con los medieros “gana uno más que en Berrymex, por eso prefieren irse con ellos; lo malo es que no hay nada de prestaciones”.

Campesinos que se dedican al cultivo de la mora identifican como medieros del ramo a Ismael y Ricardo Vázquez, Reyes Fuentes, José María Villaseñor, José y Miguel Cuevas, Francisco Quiñones, a dos señoras “que les dicen Las Peras”, y a Don Chico, cada uno de los cuales contratan a entre 12 y 50 personas.

Campesinos entrevistados dieron testimonio de que Don Chico y Miguel Cuevas sortearon entre sus empleados el derecho a tener Seguro Social, sólo para medio cubrir el expediente. “A una muchacha que trabaja para Miguel Cuevas, cuando salió embarazada, le quitaron el seguro a un troquero para dárselo a ella hasta que se aliviara”, comenta uno de ellos.

Para ellos, “los patrones son personas de trato duro. Uno trabaja y trabaja, y para ellos uno nunca desquita lo que está ganando”. Un hombre que fumiga desde hace año y medio los cultivos de Villaseñor, también sin Seguro Social, señala que cuando el patrón no le da cubrebocas sólo pueden hacer una cosa: “ponernos paños”.

Añade que en una junta “nos dijeron que usáramos las botas y trajes que nos da el patrón, pero a veces están sucios y no nos los ponemos. Mi patrón es mediero, le trabaja a Berrymex”.

Cuando se le pregunta al fumigador cuál es el pesticida que aplican en los cultivos de berries asegura que lo desconoce. “Hay alguien que prepara todo, ya nada más llega uno y se cuelga la bomba. No me fijo qué tiene o qué es, (sólo) le puedo decir que huele a ajo”.

Ganancias millonarias

 

De acuerdo con información proporcionada por Álvaro García Chávez, titular de la Secretaría de Desarrollo Rural (Seder), Jalisco es el segundo estado productor de frutas rojas, con más de 2 mil hectáreas dedicadas al ramo, y la meta para el siguiente año es que sean 3 mil. El 95% de la producción se exporta a Estados Unidos, Canadá, Hong Kong y Japón.

Los municipios más importantes al respecto son Jocotepec, Chapala, Tuxcueca, Sayula, Ciudad Guzmán, Tamazula y Tuxpan, que producen más de 20 mil toneladas anuales.

El año pasado, empresas como Berrymex, Driscoll’s, Berries Paradise, Exifrut, Hortifrut, Hurst’s Berry y Magromex, entre otras, obtuvieron utilidades de alrededor de 130 millones de pesos. Según García Chávez, estas firmas generan más de 10 mil empleos gracias a la “agricultura protegida o invernaderos apoyados por el gobierno del estado y el gobierno federal” (Mural, 23 de septiembre de 2011).

García Chávez informa que la producción por hectárea es de aproximadamente 7.5 toneladas cuando la planta está madura, que es a partir del tercer año de la siembra. Para dar una idea de la rentabilidad del cultivo, dice que los ingresos para el productor son de 15 a 20 veces mayores que con la caña de azúcar y el maíz.

Por ese motivo, anunció que el Ejecutivo seguirá invirtiendo en infraestructura hidroagrícola para fortalecer a los productores. Nada dijo de los campesinos que trabajan para ellos.