Insondable laguna informativa

Tras la tercera serie de bloqueos atribuidos a narcotraficantes, los tapatíos ya no acertamos a qué instancia invocar, a qué medio de comunicación consultar o a qué teléfono marcar para enterarnos de lo que ocurre en nuestro entorno. Informarse a satisfacción, con veracidad, desde luego; porque abrir las orejas al torrente de consejas que vuelan de un corro a otro es tarea desgastante e improductiva.

Los responsables oficiales de la información necesaria y confiable hacia los ciudadanos nos sentaron el pasado fin de semana en un vacío digno de la república bananera que ya somos, aunque nos neguemos a aceptarlo; digno del proconsulado a que hemos sido reducidos, sin que se hayan utilizado para tal metamorfosis ni los mecanismos de la invasión militar ni las fanfarrias y la metralla de la artillería enemiga; digno de una colonia a cuyo aislamiento y silencio de subyugados hemos sido sometidos, sin derecho al pataleo. O que lo diga el reciente incidente de Tres Marías. Pero veamos lo de aquí.

No que no dieran la cara. Hasta eso que pronto se metieron a los canales de la comunicación electrónica. El ocre esplendor de los tráileres y vehículos en llamas trepidó entre las dos y las tres de la tarde del sábado 25 de agosto. Tres horas después Luis Carlos Nájera, secretario estatal de Seguridad, brotó a los medios. Con su precaria facundia nos hizo partícipes de que los bloqueos de la zona metropolitana y de otros 15 puntos del interior del estado eran una secuela reactiva a un operativo federal.

De inmediato, el desencanto: Nájera dijo no poder proporcionar mayor información porque sus colegas federales tampoco le habían enterado del operativo, alcances y resultados. La policía de aquí se había enterado de los acontecimientos a partir del arribo al aeropuerto de tres heridos de gravedad en un tiroteo con narcos. Lo de “con narcos” se pudo haber ahorrado, pues no tenemos a la vista otros villanos a quienes manchar con cuanto delito rompa el frágil lienzo de nuestra convivencia actual. Pero que tampoco él, como miembro del gobierno del estado, ni ninguna otra instancia de autoridad local haya sido puesta al alba de lo que iba a realizar aquí una fuerza federal, es para revisarlo con lupa.

Los encargados de la procuración de justicia en el estado, o los responsables de la seguridad, ¿no gozan de la confianza de sus colegas federales? Ya antes ha ocurrido en otras entidades este tipo de intervenciones federales, sin tomar en cuenta a las autoridades locales. ¿Acaso están éstas pintadas? Que no las tomen en cuenta ellos, ¿es señal suficiente para que también nosotros demos curso a la suspicacia de sus ligas con los delincuentes, a que combaten los del centro con tanta saña? ¿Las policías locales fungen como tapadera o actúan como cómplices de los traficantes de estupefacientes? Y si esto es así, ¿por qué razón la federación no procede a declarar el vacío de poder de los gobiernos estatales, para actuar con eficacia en contra de los transgresores de la ley, ocultos y protegidos por las corporaciones locales?

Más tarde compareció el secretario general de Gobierno, Víctor Manuel González Romero, acompañado de los alcaldes de la ZMG. Recetó al público el mismo placebo que Nájera: nada en sustancia, ningún elemento nuevo que diera pautas para enterar al público. El único dato que acertó a balbucir fue que el código rojo seguía encendido. Había pues que estar alertas. Pero ¿de qué? ¿Contra qué? ¿Para cuidarse de quién?

Para esas horas el panal del chismorreo y la especulación se había desatado en todo su esplendor. Unos decían que seis delincuentes habían perdido la vida en un enfrentamiento en Tonaya; otros, que en El Grullo; algunos se hicieron lenguas de que Nemesio Oseguera Cervantes El Mencho, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), había sido detenido ese día y estaba herido. También corrió la versión de que venía por tierra hacia la Perla Tapatía, de ahí los bloqueos para rescatarlo; para otros, el capo había sido herido en un tiroteo en Buenavista, municipio de Tlajomulco.

El convoy de los sicarios estaba integrado por 20 vehículos, según algunas voces, repletos de delincuentes armados; otras, que eran sólo 12 unidades pero parecían 100. Después corrió la versión de que al tal Mencho lo habían regresado hacia Colima. Para allá viraron los narcos, afanosos de rescatarlo de las garras federales. Como ir quemando castillos, allá realizaron tres bloqueos: en Armería, en Tecomán y en la propia ciudad de Colima.

Ante la ausencia de datos creíbles, la necesidad de comunicación, activa la invención del pueblo raso, que por cierto no es nada corta. Es un resorte similar al que activa el sediento en medio del desierto y le hace construir espejismos. Así le transcurrió el fin de semana a la comuna jalisciense, al verse privada de fulcros serios para normar su conducta. Las escenas de vehículos incendiados y consumidos por el fuego, que eran retirados de autopistas y carreteras para restablecer el flujo vehicular, debían ser respaldadas por una explicación creíble, confiable, precisa.

Los encargados de la información pública nunca la proporcionaron, ni siquiera una versión creíble y a tiempo, como debieran. Entregar aclaraciones dos o tres días después no llena el vacío generado, ni la credibilidad perdida; tampoco satisface la curiosidad genuina. Viene signada ya de suspicacia, de versión editada, de reconstrucción acomodada a intereses por proteger. La opaca buena dosis de suspicacia. No hay forma de zafarla de tal sombra. Al arranque de la semana, tanto del poder estatal como del federal salieron al balcón a soltar datos y desmentidos, para reconstruir lo ocurrido, si es que los interesados tenían en su poder piezas para armar por su cuenta el rompecabezas.

De acuerdo con la versión oficial, se trató de un enfrentamiento de fuerzas federales con un grupo del CJNG. En dicha acción habrían perdido la vida seis delincuentes y tres policías resultaron heridos. El día 28 la infantería de Marina detuvo en Ciudad Guzmán dos vehículos sospechosos y aprehendieron a Raúl Sosa Jiménez, El Búfalo; Guillermo Alberto Ramírez Mundo, El Willy; José Antonio Reyes Mundo, El Tres P, y Nélida Flores Reyes, La Gorda, a quienes las autoridades asocian con El Mencho.

En ese operativo les decomisaron cinco armas cortas con sus cargadores y cartuchos, así como prendas e insignias militares y de la policía, 30 celulares y poco más de un kilo de crystal. Pero el tal Mencho no ha sido capturado. ¿No lo detuvieron o lo soltaron? Si no había sido capturado, ¿a qué vino tanto ruido? ¿Quién armó tanta boruca y con qué fin? Si lo soltaron los federales, ¿no que los policías locales eran los cómplices?

Como se ve, es nula la credibilidad para las afirmaciones hechas a toro pasado, fuera de oportunidad, como se dice en los comederos políticos, cuando la suspicacia ya contaminó todos los foros.