De Eugenia León
Señor director:
Le saludo con afecto y le comparto a usted y a sus lectores algo de los años en que tuve la fortuna de convivir con Chavela Vargas, recién fallecida.
De Chavela tengo conocimiento…
Cuando alguien muere, en lo referente al velorio y manejo de sus restos y pertenencias siempre surgen descontentos, parientes que no conocían ni al difunto, y surgen “las momias dentro del clóset”. Siempre hay quien llora más, quien se desgarra las vestiduras y reclama ofensas a nombre del difunto. El fallecido ya no se puede defender, pero pudo haber dejado, con su conducta y opiniones, su total rechazo a una rama de su familia. Tratándose de una figura pública, los reclamos pueden llegar hasta la necedad; como lo que estamos viendo en el caso de Chavela Vargas. No quiero ahondar en el tema de los “nuevos ausentes”; innombrables para la propia Chavela: sus familiares costarricenses.
Sólo diré lo que vi durante los años en que tuve la fortuna de convivir con ella. De Chavela tengo conocimiento desde mi niñez, pero nuestro trato personal se dio en los años 90, gracias a Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, quienes fueron a buscarla al estado de Morelos para pedir e insistirle que volviera a cantar. Chavela accedió y estuvo un buen tiempo en El Hábito, teatro cabaret dirigido por mis comadres, por el que pasaron muchas personas para constatar el milagro de su regreso. Chavela estaba briosa y, como dicen en mi pueblo, contestona y retobada, con la voz en su más alto punto de hervor y más joven que nunca, rodeada de amigas y novias. De allí se fue a España para arrasar con los teatros y regresar a México, precisamente a Morelos.
Pasó el tiempo y empezaron a sucederse entre nosotras varios encuentros, en sus homenajes y visitas a su casa. Pero los momentos de nuestra verdadera intimidad fueron las visitas a los hospitales donde ella pasaba algunas temporadas. Ahí fue donde supe quién era María Cortina; no la que se podría parar al lado de la artista para recibir a los fotógrafos; María era una mujer con dos hijos, promotora y apasionada de la cultura en México; se confirmaba como una compañía y un apoyo de absoluta entrega para Chavela. ¿Una mánager? Más bien una hija que, efectivamente, podía cuidar de los asuntos de Chavela como artista, pero que podía también correr a pagar el teléfono o lo que necesitase su amiga Chavela, pagando muchas veces con su propio dinero; siempre dispuesta a facilitarle el camino en sus proyectos creativos, que eran, como en todo artista, lo que hacía vivir a Chavela.
Recuerdo el lugar donde vivió Chavela sus últimos años, la Quinta Monina, cuya dueña era precisamente Monina, una mujer mayor y amiga de Chavela, mujer maravillosa que falleció hace unos años. Un lugar muy bonito: el predio con jardines y una alberca de buen tamaño, salpicado con las casas, y, como vecino, el imponente Chalchi. En una de esas casas vivía Chavela; una casa sencilla pero impecablemente limpia, con las comodidades para una persona mayor y con una vista inmejorable. Sus dos enfermeras, Liliana y Lorena, eran dos ángeles que tenían a Chavela atendida de todo a todo bajo la vigilancia constante de María, quien no dejó de ir a visitarla ningún fin de semana.
Entre todas la cuidaron, la quisieron, la escucharon. Hay cosas que el rostro no puede ocultar, y Chavela estaba siempre resplandeciente y lúcida, y eso lo da el amor y el buen trato. Yo, lo que vi en la vida pública y privada de Chavela al lado de María Cortina, sus hijos Sebastián y Ana Paula y sus enfermeras, fue amor, apoyo y respeto profundo como ser humano, como artista y figura pública, cosas que pocos tienen cuando se está en la tercera edad, seas figura pública o no. Chavela, la mujer arisca e independiente que te podía dejar fría con una contestación, que no permitía ninguna intromisión en su vida, nunca permitiría, ni en sus últimos años, que alguien la manipulara. Como mujer de poder público que le concedió el respeto artístico y no económico, con miles de amigos y admiradores en todo el mundo, sería ridículo que los que tuvimos la suerte de convivir con ella, las autoridades culturales de este país, artistas e intelectuales, hubiésemos permitido una arbitrariedad en contra de Chavela.
Por eso, GRACIAS María Cortina por ayudar a que los últimos años de Chavela Vargas fueran un hogar de paz y de creatividad constante. México queda en paz.
Les envío un abrazo.
Atentamente
Eugenia León








