Los hospitales públicos, hoyos negros

Pese a tener una infraestructura de 236 unidades médicas y administrativas –16 hospitales de segundo nivel, tres de tercer nivel, 109 unidades de medicina familiar y 111 farmacias–, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Jalisco se muestra incapaz de atender la creciente demanda de derechohabientes calculada en 4 millones 400 mil usuarios al año.

Miles de ellos se quejan por el deficiente servicio en las principales clínicas, incluida la torre del Centro Médico Nacional de Occidente (CMNO), donde, dicen, en algunos casos los médicos atienden a sus pacientes en los pasillos, sobre todo en las áreas de urgencias; además, casi nunca surten las recetas por falta de medicamentos en la farmacia.

La mayoría de los inmuebles carecen de iluminación y los baños son antihigiénicos, pues no tienen papel sanitario ni jabón. En el CMNO los pasillos están saturados de menesterosos y vendedores de boletos de transporte foráneo y artículos ortopédicos de todo tipo, quienes deambulan por el lugar donde se ubica un servicio de fotocopiado, así como varias cafeterías y estanquillos de comida rápida. Ahí reina el caos.

El 27 de julio último en la planta baja de la torre del CMNO un médico comenzó a auscultar a un paciente en uno de los pasillos en presencia de la gente, cuando las consultas deben ser privadas. El hombre dijo que tenía una falla en los pulmones desde hacía dos años y que venía de Colima a que lo programaran para una cirugía.

El calvario de los derechohabientes

 

En la clínica 110, en Oblatos, el escenario de repite: la basura inunda los pisos de los elevadores, donde lo mismo hay gasas y algodones ensangrentados, que restos de fritangas y envolturas de comida chatarra; los muros lucen desaseados, lo que acentúa la sensación de abandono.

Lo mismo se observa en la clínica 46 de Lázaro Cárdenas y 8 de Julio, en Guadalajara, en la cual dos de los tres elevadores dejaron de funcionar hace varios meses. El único que sirve es utilizado por el personal de cocina para subir los alimentos a los internos y para el traslado de enfermos.

Y cuando la gente se arma de valor y reclama atención a los facultativos, nadie le hace caso, comenta al reportero una derechohabiente del hospital Ayala, ubicado en la calle de San Felipe, muy cerca del primer cuadro de la ciudad. “Quizá uno de cada 100 se atreve a denunciar”, comenta.

Otro paciente de la clínica de 83 de Tonalá relata su calvario por exigir atención:

“El 13 de abril pasado acudí a las 11 de la mañana a entregar mi tarjetón al consultorio 7, donde atiende la doctora Elda María López Crespo. Regrese a las 14:30 horas, tal como me indicaron. Y tras dos horas de antesala, la asistente notificó a los pacientes que la doctora iba a salir a comer y que a su regreso (a las 17:30) daría atención a unos cuantos pacientes.”

También les dijo que la doctora sólo recibía a 25 personas por día, mientras que él tenía la ficha 28. Relata que decidió esperar pero no tuvo éxito. Al filo de las siete de la noche le informaron que la doctora López Crespo había terminado su turno. Él insistió ante el responsable de consulta externa, Juan Carlos Galindo, quien le propuso regresar al día siguiente a las 7 de la mañana.

Y la historia se repitió: “Entre ocho y nueve de la mañana nos miden, nos pesan y nos entregan un papelito con todos los datos (que se requieren) a la hora de la consulta. Luego me piden regresar después de las 9:30. “Cerca de las 10:00 me indican que el turno está programado para las 11:30, pero entonces la asistente me aclara que, como no estoy listo, dará preferencia a las personas citadas con anticipación”. Al final, tras una breve discusión con la enfermera logró que lo atendieran.

Cuenta que tiene una úlcera varicosa en el tobillo del pie izquierdo, lo que lo obliga a guardar reposo y a consumir altas concentraciones de analgésicos para mitigar el dolor y antibióticos para combatir la infección:

“No puedo estar mucho tiempo de pie porque la herida se abre y el dolor aumenta; siento que me taladran la herida. Mi trabajo actual me demanda una jornada de ocho horas y no me puedo sentar porque soy vendedor de piso de una farmacia”.

Dice que, aun cuando toda su vida ha trabajado entre médicos y al servicio de los principales laboratorios que abastecen el mercado de fármacos, jamás se imaginó terminar como paciente del IMSS. Según él, en el gremio se sabe de la mala calidad de las sales y los fármacos que utiliza el seguro en sus medicamentos pero nadie se atreve a presentar una denuncia.

El 9 de mayo siguiente acudió de emergencia a la clínica y pidió una consulta. Alrededor de las 14:30 horas, la asistente le comentó que la doctora sólo atendería a 24 personas porque estaba preparando un reporte. Él decidió retirarse. Acudió dos veces más en ese mes y tampoco logró que lo atendiera la facultativa, por lo que, comenta, le dijo que la iba a reportar con sus superiores.

“La doctora me atendió (finalmente), pero de mala manera, a sabiendas de que iba afectado de mi pie. Me revisó, vio el tamaño de la herida, e incluso me lastimó. No sé si de manera premeditada, pero me quedaron las dudas”, dice al reportero.

Luego de apachurrarle la herida, “la empleada del IMSS concluyó que el mal era menor y que resultaba innecesario dar(me) incapacidad. Me dijo que no tenía nada, que podía regresar a mis labores sin ningún problema”, comenta.

Molesto por el maltrato, el paciente comenzó a investigar la razón por la cual los médicos se niegan a entregar incapacidades y descubrió que los doctores obtienen un bono o gratificación salarial si entregan pocas incapacidades a sus pacientes, aun cuando éstos la ameriten.

Farmacias vacías

 

Una mujer procedente de la Costa Norte cuenta al reportero que viene con frecuencia a Guadalajara para que le surtan fármacos para controlar su enfermedad. Algunas veces, dice, se regresa con las manos vacías.

“Además –expone– nos piden toda una serie de requisitos como si se tratara de entrega para delincuentes. Nos exigen presentar la credencial del IFE, la vigencia del seguro, dejar los datos de nuestros domicilios y el teléfono. Se olvidan que no somos nosotros los que nos robamos los suministros; al contrario, somos los que pagamos el sueldo de todos los empleados.”

Pese a las quejas acumuladas, las autoridades del IMSS se jactan de que  más de 80% de los derechohabientes están contentos con el servicio que reciben. Comenta que así lo indica la encuesta que aplica la institución cada año a más de 40 mil personas en todo el país, en conjunto con Transparencia Mexicana.