Activismo político en la UdeG

Aun cuando ningún directivo de la Universidad de Guadalajara debiera participar en actividades político-partidistas, es por demás evidente que muchos de ellos sí lo hacen, sobre todo quienes se identifican con el grupo que controla esa casa de estudios. Este anómalo activismo universitario se despliega principalmente en dos frentes: uno busca favorecer la campaña del candidato priista al gobierno de Jalisco, Aristóteles Sandoval, en quien la nomenklatura udegeísta ve un aliado político; el otro tiene como propósito desacreditar ante la opinión pública –y de manera particular ante el electorado jalisciense– a Enrique Alfaro, candidato del Movimiento Ciudadano y adversario declarado de Raúl Padilla, quien desde 1989 es el mandamás de la institución. Ambos escenarios son complementarios. Tanto, que el multifuncionario udegeísta y su cauda de aliados ven en la eventual llegada de Alfaro al primer mando de la entidad una seria amenaza para el cacicazgo padillista y los privilegios que éste conlleva para el clan. Gracias a él han manejado la casa de estudios a su antojo sin tener que rendirle cuentas a ninguna autoridad. Lo mismo se valen del poder de la nómina de la institución (la más grande en el sector publico de la entidad, después de la del gobierno estatal) que de la “autonomía universitaria”, aprobada por el Congreso de Jalisco a finales de 1992.

El temor más que aparente de Padilla y sus seguidores hacia Alfaro se deriva de dos hechos: de la mala relación que existe entre el mencionado exrector y el aspirante de Movimiento Ciudadano al primer cargo de Jalisco, y de que, según las encuestas publicadas por los diarios Mural (21 de mayo) y El Universal (miércoles 6 de junio), este candidato aparece en segundo lugar y además con una marcada tendencia al alza que le permite acortar la distancia con el puntero Aristóteles Sandoval, a quien las mismas encuestas presentan con una leve tendencia a la baja en las preferencias electorales.

Por lo que hace a las malas relaciones entre Padilla y Alfaro, esa cadena de desen­cuentros tuvo su origen en los primeros meses de 2009, cuando el ahora candidato era diputado local por el PRD y hacía planes para buscar la alcaldía de Tlajomulco en una coalición entre el PRD y el Partido del Trabajo. La alianza estuvo a punto de zozobrar porque Padilla, quien desde mediados de los noventa tiene el control del PRD Jalisco, manifestó su desacuerdo con la planilla municipal que encabezaba Alfaro.

Tal fue su molestia que Padilla instruyó a uno de sus incondicionales (Antonio Magallanes, quien por entonces fungía como presidente estatal del PRD) para que diera de baja ante el Instituto Electoral de Jalisco la planilla de Alfaro e inscribiera otra sólo con las siglas del partido del sol azteca que encabezaría Nicolás Vega Pedroza, quien por ese tiempo se desempeñaba como comisariado ejidal de la delegación El Zapote.

Para desgracia de la causa padillista, las autoridades electorales no sólo desautorizaron su planilla para Tlajomulco, sino que validaron la de Alfaro. Este fallo obligó a que las partes en conflicto buscaran un acuerdo, con la finalidad de que la coalición PRD-PT para ese municipio se mantuviera a flote. Al final, para sorpresa de propios y extraños, Alfaro ganó la alcaldía. La victoria no satisfizo a Padilla, quien, según el testimonio del propio Alfaro, le exigió “60% de los mandos municipales”. Como el recién estrenado alcalde se opuso, e incluso declaró públicamente que Tlajomulco ya era “territorio liberado de Raúl Padilla”, la relación entre el cacique de la UdeG y el ahora candidato al gobierno de Jalisco acabó por descomponerse.

El exrector quedó tan dolido que perdió los estribos y se lanzó contra Alfaro, a quien incluso aplicó el calificativo de “perro”. Su venganza fue más allá de las injurias verbales, al frustrar el proyecto para abrir un centro universitario de la UdeG en Tlajomulco. Sospechosamente, a las autoridades udegeístas les dio por exigir al gobierno municipal un terreno mucho más extenso que el de la mayoría de los centros universitarios del área metropolitana tapatía. El alcalde Alfaro respondió que su gobierno estaba dispuesto a entregar el terreno que se requiriese para las actividades educativas, pero que no cedería un solo metro cuadrado para “los negocios de Raúl Padilla”.

Al final, el centro universitario de la UdeG proyectado para Tlajomulco se instaló en Tonalá. El ayuntamiento encabezado por Alfaro tuvo que conformarse con un instituto tecnológico, erigido con ayuda del gobierno estatal. De manera absurda, Antonio Magallanes y otros dirigentes del PRD Jalisco lo tomaron a mal y emprendieron una campaña contra Alfaro, acusándolo de ser un “títere” del gobernador Emilio González Márquez y hasta de pertenecer al Yunque, una organización de ultraderecha cuyos principales cabecillas en la entidad serían el propio González Márquez y Fernando Guzmán Pérez Peláez, quien hasta finales del año pasado fue su secretario general de Gobierno, cargo al que renunció para buscar la candidatura del PAN al gobierno de Jalisco.

Con lo que no contaba el clan político de la UdeG era que Alfaro se postulara al gobierno de Jalisco sin las ataduras del PRD (léase, sin las condiciones impuestas por el exrector Raúl Padilla) y ganara popularidad. Es por ello que, desde distintas trincheras, personajes ligados al padillato están en abierto activismo contra la candidatura de Alfaro para impedir su eventual llegada a la gubernatura. Su propósito es impulsar al priista Aristóteles Sandoval, en quien ven a un aliado cómodo e incondicional, al extremo de que en un acto de campaña el priista declaró: “Soy de la UdeG y todo el apoyo a la UdeG sin tapujos” (La Jornada Jalisco, 23 de mayo).

Quizá eso explique por qué legiones de preparatorianos de la UdeG sean “acarreados” por representantes estudiantiles ligados a la FEU a los actos del priista y, con el consentimiento de las autoridades de bachillerato, repartan propaganda de Aristóteles y candidatos del PRI (entre ellos, José Trinidad Padilla López, hermano del mandamás de la UdeG) a cambio de la justificación de inasistencias a clases y hasta de puntos extra en sus calificaciones (Proceso Jalisco 395).

Ello explicaría, igualmente, por qué funcionarios de la UdeG y personeros del padillato están tan metidos en la campaña por la gubernatura en un intento por favorecer al priista y desacreditar a Alfaro. Es el caso, entre muchos otros, de Gabriel Torres, director de la televisora universitaria; Rogelio Campos, director de Medios UdeG; Ruth Padilla, directora del conglomerado de preparatorias; Raúl Vargas, diputado local perredista y exvicerrector de la UdeG, e incluso Fernando Garza Martínez, expanista, neopadillista y candidato a la gubernatura por el PRD.

Este último, por ejemplo, arremetió contra Alfaro en el segundo debate y no tocó ni con el pétalo de una duda a su “adversario” del PRI. Conclusión: sin reparar en impedimentos legales, la cúpula directiva de la UdeG está en campaña porque ve amenazados sus privilegios.