Aunque el gobierno federal dio un paso atrás a la decisión de abrir a la explotación minera 4 mil hectáreas de la zona sagrada de Wirikuta, la etnia wirrárika sigue amenazada en sus medios de vida y su cultura. Proceso Jalisco hizo un recorrido por las comunidades serranas bajo la guía de un estudiante de derecho, y encontró poblaciones a las que el Estado no les ofrece las mínimas garantías constitucionales.
“Llévense toda el agua que puedan porque allá no hay”, advirtió René, un wixárika de 26 años conocido también como Muwieri, originario de los pueblos aislados en la zona norte, la más pobre de Jalisco.
El joven de tez morena compró un garrafón de agua en un pueblo cercano a la comunidad de la montaña, que le costó 23 pesos y calmará la sed de sus padres y sus seis hermanos.
El camino es largo: más de seis horas y media de polvorientos caminos de terracería que atraviesan la Sierra Madre Occidental. Es la única manera de llegar a la población indígena de Tateikie (San Andrés Cohamiata), en el municipio de Mezquitic.
No se ven otros vehículos que un tráiler de la Cervecería Modelo, que lleva la única bebida rentable que se consume en la tierra sagrada. El agua escasea, y si se encuentra embotellada es más cara que en Australia, Francia, Irlanda e Inglaterra.
“Cada quince días sube a la sierra un camión de cervezas y uno que otro de refrescos, papas, sopa Maruchan y hasta cigarros Marlboro, pero nadie trae agua. Eso es lo único que nos llega y es lo único que se compra”, dice Muwieri.
Vestido con jeans azules, una playera verde que dice Abercrombie y un par de tenis Converse negros, estudia en Guadalajara la carrera de derecho, con especialidad en derechos humanos. Forma parte de la primera generación de abogados indígenas que buscan construir mecanismos de defensa y desarrollo para sus comunidades.
Conoce el problema de migración. Dice que familias enteras de su comunidad se van a la costa de Jalisco y Sinaloa en busca de trabajo en la siembra de jitomate, chile o tabaco por menos de 50 pesos diarios. Sabe que en Puerto Vallarta, Los Cabos y Cancún la artesanía de su etnia es bien pagada, pero él no quiere perder su identidad y prefiere quedarse a impulsar proyectos sustentables en su tierra natal.
Ahora vive en la Casa Niuweme, un albergue con 41 compañeros (10 mujeres y 31 hombres) que desde los primeros días de 2012 dejaron sus comunidades en Santa Catarina, San Andrés, San Sebastián y Tuxpan de Bolaños para estudiar en el Centro Educativo Nueva Cultura Social (Cencus) en Guadalajara.
Muwieri dice que es difícil acostumbrarse al ruido en los antros de las calles de Ocampo, donde vivirán los siguientes tres años. Por lo pronto vuelve a su comunidad cada tres meses, y esta vez lo acompaña un grupo de estudiantes europeos que en el trayecto escuchan la historia y las leyendas del pueblo wixárika.
De pronto el joven saca una laptop negra de su mochila y pone un video: “Wirikuta no se vende, Wirikuta se defiende”, entona el vocalista de la banda mexicana Café Tacvba, que con otros artistas latinoamericanos creó un movimiento musical para exigir que dejen de otorgarse concesiones mineras en Real de Catorce.
Ahí el gobierno mexicano ha entregado a través de la empresa mexicana Real Bonanza al menos 38 concesiones a mineras extranjeras, canadienses en su mayoría, para explotar más de 4 mil hectáreas de uno de los sitios sagrados más importantes de la etnia, que además forma parte de la red mundial de sitios sagrados de la Unesco desde 1988.
“Creen que pueden vender nuestra tierra. No entienden que su dinero aquí no vale. Estamos informados y sabemos que hay acuerdos internacionales que nos protegen. A finales de abril nuestros representantes acudieron al Senado de la República para defender nuestro sitio sagrado. Por eso vamos ahora a San Andrés, a la asamblea, para conocer las principales preocupaciones de nuestra comunidad y saber cómo las vamos a resolver” dice el estudiante.
En la noche, al llegar a San Andrés, la asamblea ya empezó. Se discute el futuro de más de 21 mil 500 personas que, según el Censo de Población y Vivienda 2010, habitan el espinazo de la Sierra Madre Occidental. San Andrés Cohamiata es la segunda comunidad más poblada, con cerca de 7 mil, en su mayoría adultos jóvenes.
A pesar del frío, cientos de asistentes escuchaban de pie los acuerdos de las autoridades locales. En esta asamblea participan hombres y mujeres; es el máximo órgano de decisión y las discusiones llegan a durar hasta cinco días. Las principales preocupaciones son al defensa de Wirikuta y la salud de la población.
Aquí no existen ambulancias. El hospital más cercano está a cuatro horas y media de camino, en la cabecera municipal de Huejuquilla el Alto. Los heridos o enfermos que llegan a ser trasladados en vehículos suelen morir en el trayecto y si bien en la entrada a la comunidad hay una pista para avionetas, no funciona.
“Antes sí podíamos hacer uso de la pista, que servía para trasladar a enfermos graves vía aérea hasta Guadalajara en menos de una hora, pero hace casi un año el gobierno federal nos la clausuró por no contar con el permiso de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Su temor era que desde aquí se realizaran cargamentos de mariguana. Eso no nos interesa, lo que necesitamos es que los enfermos ya no mueran”, dice Samuel Salvador Ortiz, abogado de la comunidad e investigador de apoyo en San Andrés.
Muerte en la sierra
En las comunidades wirrárika más pobres del estado, los jóvenes ya no se mueren solamente por complicaciones de parto, enfermedades respiratorias, picaduras de alacrán o la falta de intervención inmediata, sino también de hambre y de sed.
La activista indígena y defensora de mujeres Patricia Moreno Salas informa después de la asamblea que en los últimos seis meses se han reportado cinco muertes por desnutrición y deshidratación. La más reciente víctima tenía 17 años y falleció en la comunidad de San Sebastián a mediados de abril.
“La gente cree que los que se mueren de hambre son los viejitos o los niños más pequeños –explica–, pero el problema es tan grave que alcanza a nuestros jóvenes. Sí tenemos un problema grave de consumo de comida chatarra, pero la sequía no ayuda: no tenemos cosecha, no tenemos agua ni para las personas, mucho menos para el ganado que debiera servir como nuestro alimento. Y las muertes aquí son inexistentes para los ojos ciegos del gobierno. Sólo llegan hasta acá cuando vienen a pedir nuestro voto.”
En el camino de San Andrés a la más pobre y pequeña comunidad de San Miguel Huaixtita se ven en el camino montañoso decenas de cabezas de ganado vacuno muertas por la falta de agua y alimento. Este año la sequía comenzó en abril y se extenderá hasta julio, con un periodo cada vez más corto para el temporal de lluvias.
Ya desapareció el estanque donde bebían los animales en San Miguel hasta hace un año. Las cosechas comienzan a perderse y la gente no tiene maíz para consumo propio, por lo que gran parte de su dieta consiste en comida chatarra y refrescos.
“Hay un manantial a cuatro kilómetros de aquí, en donde el agua se está yendo a la barranca. Hemos hecho estudios y, con una manguera de dos pulgadas, en dos días podríamos traer agua al estaque para los animales y para abastecer a la secundaria. Ya presentamos el proyecto a las autoridades de Mezquitic (la cabecera municipal), pero nos dicen que no tienen dinero para ayudarnos aun cuando necesitamos menos de 400 mil pesos”, dice don Agustín, exdirector de la secundaria y agricultor de casi 70 años.
Según el Consejo Nacional de Población (Conapo), en la zona una de cada dos viviendas carece de agua entubada, por lo que debe ser acarreada a mano desde los manantiales de la montaña, como en San Miguel.
En las comunidades wirrárika, como dice René o Muwieri, el agua es difícil de obtener y la gente consume cerveza. Los menores empiezan a beberla desde los 13 años.
En los refrigeradores de las pocas tiendas que hay en el pueblo sólo se almacenan refrescos de cola y cervezas Modelo. Los primeros cuestan ocho pesos, la cerveza 13 y, si hay agua en botellas de litro y medio, cuesta 20 pesos: “Más cara que en mi país”, dice Eduard, un amigo de René, con acento inglés.
“Los intentos de los tewari o mestizos urbanos para vender sus productos en la sierra nos afecta mucho –dice a sus compañeros europeos el estudiante de derecho, que ahora porta su traje tradicional de manta blanca con bordados coloridos–, pero no entienden que no necesitamos Pepsi sino agua. Ahora la cerveza nos creó un vicio. Antes sólo se utilizaba en ceremonias, pero ahora es la forma más barata de quitarse el calor.”








