Las campañas entran a la recta final. La decisión juvenil de dejarse ver en escenarios donde no son tomados en cuenta resultó positiva, pues su irrupción modificó con celeridad el panorama. Así suelen presentarse los eventos históricos importantes; producen vuelcos y transformaciones de peso en la vida de los pueblos. Parecen ocurrir al azar, como rayo en seco. Si de estas movilizaciones se deriva el ansiado cambio de marcha que oxigene el país y ponga las cosas en sitio distinto a como hasta ahora han estado acomodadas, podremos estar de plácemes.
El optimismo no proviene sólo de la movilización de la chapulinera. Es notorio el declive del binomio del PRIAN en las intenciones del voto. A nivel nacional, tanto Enrique Peña Nieto como Josefina Vázquez Mota se desploman, mientras AMLO va al alza. La jugada distractora de poner, con Gabriel Quadri, a un supuesto candidato fresco e informado no prendió lo suficiente. Arrojará números similares a los obtenidos en su momento por Cecilia Soto y Patricia Mercado, quienes trabajaron también de paleras del sistema. Quadri se ve como lo que es: un merolico caro, nada más. No podía ser de otra manera.
Sin embargo, aún no deben entonarse laudes de victoria. Viene lo definitorio en estos sucesos. La presencia del vigoroso convoy juvenil no va a empujar sola una locomotora herrumbrosa clavada en nuestro suelo, mamposteada de impunidad, enmurada de complicidades, componendas y fulcros de intrigas. Todo un complejo amasado con el desvío de recursos públicos a manos particulares. Nos costará un ojo de la cara limpiarnos de nuestros endémicos males y ordenar nuestro futuro, si bien tampoco pinta tan desolador el cuadro, como antes. Lo veremos.
La gente anda entusiasmada. La variante local también es significativa. Contra todos los pronósticos, Enrique Alfaro alzó la voz y ha ido despertando la esperanza entre la gente como una opción auténtica de cambio. Su bono más atractivo, a pesar de que muchos opinaban que le iba a resultar letal, es su abierta confrontación contra el capo universitario Padilla López. Identificado éste ya por todo mundo como uno de los poderes fácticos en el estado, el empecinamiento de Alfaro en confrontarlo se ha convertido en bandera positiva, en prueba de que su promesa de poner en orden las cosas en el estado va en serio. Es una de las banderas que le ha acarreado las mayores simpatías. Contradijo a los agoreros del desastre y ahí lo tenemos ya disputando al PRI el triunfo final.
Los momios se están inclinando a su favor. Estamos por vivir los mejores momentos de la lucha. Tras los debates se barruntará el desenlace.
Al público le satisface entender que puede conseguirse el relevo, en los mandos públicos, acorde a la voluntad mayoritaria. La percepción popular columbra que ahora sí será posible. No tendrá que soportar más la imposición de falsos próceres, de padres patrios inventados, maquillados para deglución de la masa, cual ha sido nuestra traumática experiencia por décadas. Y el cencerro viejo de que los fraudes y las estafas eran lacra exclusiva del PRI también cae por tierra.
En pocos años mostró el panismo traer la música por dentro. Los jocundos rancheros dicen que “eran más las echadas que las ponedoras”, y algo debe haber de eso. Nadie se traga ya el cuento de los hombres probos, puros e inmaculados. Azules en su actuar, les sacaron un punto a los tricolores. Al menos aquí, en Jalisco, donde llevamos ya tres sexenios soportándolos, ya no queremos queso, sino salir de la ratonera.
Las cartas finales del juego electoral están pues por ser lanzadas. Ahora tendrán que extremarse los cuidados. De no hacerlo, el gozo puede irse al pozo. El PRI, de consuno con el PAN, ha prohijado un tropel de mapaches y maromeros electorales; no le tiembla el pulso para servirse con la cuchara grande. Las experiencias viejas nos dicen que esta advertencia es seria. Es la gente de izquierda la que se debe prodigar en el cuidado de las casillas. El PRIAN duerme a pierna tendida en estos menesteres, porque los dardos venenosos no están dirigidos contra sus fórmulas. El IFE y el IEPC les hacen la talacha.
¿Acaso podría alguien, en su sano juicio, insinuar siquiera que al PRI se le hiciera fraude, para cerrarle el paso a los puestos en disputa? ¿Podría alguien sugerir en serio una jugada de machetazo al caballo de espadas? Por extraño que parezca, a los panistas tampoco les llega apuro por esta tarea. Para ellos tampoco sopla el viento de la desconfianza. Cuando el PAN fue oposición vivió el embate de los fraudes patrióticos. Pero desde que concertacesionó los favores de la cúpula duerme el sueño de los justos en estas tareas y se aviene a lo que le repartan de botín.
Es infausta la tarea de crear una estructura ciudadana paralela al funcionariato de las casillas para garantizar comicios limpios. La izquierda lo ha vivido antes y no puede darse el lujo de caer en el mismo bache. Contra esta línea política se ha ensañado la maquinaria estafadora, para evitar su acceso a los puestos de gobierno. Esta lección particular advierte hasta al menos avisado de lo endeble que es nuestro entramado calificado como democrático. Se nos repitió hasta el cansancio que “ciudadanizando” los procesos, desaparecería el espectro de los fraudes. Con tal pretexto se crearon el IFE, el TEPJF, los IEPC y demás yerbas. Se autorizó erogar con dispendio en ellos. Nos salen carísimos. Y sin embargo no se han ganado la confianza pública. Carísimos e inconfiables: ¿cómo entender semejante paradoja? Si queremos limpieza electoral, tenemos que vigilarlos, movilizando todo un ejército de cuidadores de casillas que les ate las manos.
La verdadera guerra sucia por librarse en la contienda presente se dará entonces en las casillas. La desatada por los medios y en las calles de alguna manera ha venido siendo neutralizada. Pero la guerra contra los mapaches, contra el dinosaurio bicéfalo del PRIAN, se dará el mero día de los comicios. La gente de la izquierda deberá tomar sus providencias y evitar que la fiesta se eche a perder. Si los falsificadores se salen con la suya, cocinarán el fraude. Y todavía, en el colmo del cinismo, propalarán el sonsonete de que fue culpa del defraudado haber perdido, por no haber podido impedir la estafa. De tales argucias sádicas y declaraciones implícitas de trampas y chapuzas se construye la picaresca de nuestra vida política.
Algún día hemos de hallar el modo de poner fin a las tropelías que tanto daño y por tantos años le han hecho al país. Dice el pueblo que no hay mal que dure 100 años, ni cabrón que los aguante. ¿Estaremos columbrando ya por estos días la llegada depuradora del término de este mal colectivo tan prolongado?








