“El hilo”

Malik (Antonin Stahly) estudió arquitectura en París; ahora regresa a su natal Túnez a reunirse con su familia pocos meses después de la muerte de su padre. El joven arquitecto tiene cuentas pendientes con su patria, adaptarse a las formas culturales, conflictos de clase, lengua y orientación sexual; todo se complica cuando empieza una relación con Bilal (Salim Kekiouche), el mozo de la casa, y debe enfrentar la intolerancia de su madre, Sara (Claudia Cardinale).

El hilo (Le fil; Francia-Bélgica-República de Tunisia, 2009), primer largometraje del tunecino Mehdi Ben Attia, demuestra que ya existe un género llamado cine gay establecido a través de décadas de titubeos, provocaciones más o menos explícitas, además de la atención hacia un mercado amplio.

El mensaje de tolerancia es central a este género; el tema de aceptación de su condición de homosexual (hombre o mujer), ya sea por parte de la sociedad o por el protagonista respecto a sí mismo, es casi siempre el conflicto central; el héroe debe enfrentarse a maquinarias de prejuicio social y/o religioso que ponen en riesgo la noción de identidad, a veces la vida misma del individuo. La injusticia explícita o implícita asociada a este conflicto tiende a radicalizar el tratamiento dramático, de la tragedia al melodrama más azucarado; de Brokeback Mountain (2005) a Mi fiesta (1996)).

El guión de Ben Attia repasa casi todos lo lugares comunes del género, dificultad de vivir abiertamente su sexualidad frente a la sociedad conservadora, experiencias turbias, romance pese a la distancia de clase económica, antagonismo de la progenitora, matrimonio con amiga lesbiana para salvar las apariencias, la lista es larga. Pero el propósito del director no parece claro; la condición de Malik, tunecino europeizado, lo convertía potencialmente en una alegoría de temas difíciles en la cultura del islam norteafricano.

El machismo y la homofobia, el rechazo a la influencia del colonialismo francés frente a la innegable huella que dejó, las tensiones políticas, todo termina por diluirse por los bellos paisajes del Mediterráneo en las costas tunecinas que enmarcan el tórrido romance entre Malik y Balil. Lástima, un poco más de introspección y cuidado habría permitido captar la tensión social que seguramente flotaba en el ambiente pocos meses antes de la revuelta de esta República de Tunisia que encendió la mecha para todos los países árabes.

A menos que Ben Attia quisiera implicar que, pese a las apariencias, la sociedad en Túnez es, a final de cuentas, mucho más abierta de lo que se cree, el drama de Malik se juega sólo a nivel de madre e hijo, y el marco cultural es un bello ciclorama.

La presencia de Claudia Cardinale es el mejor ingrediente de esta cinta que provoca pero no llega; a sus más de 70 años, la mítica actriz llena la pantalla, la chispa de la mirada sigue ahí. No es casualidad que haya aceptado trabajar en la película, República Tunecina es su país natal y es conocido su apoyo contra la opresión a grupos minoritarios.