“La ciudad de las estaciones”

En un barrio pobre del Japón, como cualquier ciudad perdida de nuestro México, se reproduce un universo de relaciones humanas. Microhistorias que revelan la sensibilidad ultrajada, la inconsciencia de la pobreza, la sabiduría, la amistad y la imaginación coloreando la vida de los desposeídos.

La ciudad de las estaciones, versión libre de la película El camino de la vida de Akira Kurosawa, es de una gran belleza. Bajo la dirección de Gilberto Guerrero, y de reciente estreno en el Teatro Santa Catarina de la UNAM, recupera el neorrealismo de este gran cineasta y mezcla la estética oriental con la contemporaneidad de nuestro país.

La versión, realizada por el director y Ana Luisa Alfaro, confirma el abandono en que se encuentra gran parte de la población mundial. Múltiples historias se entrelazan de manera fragmentada, descubriendo poco a poco el devenir de cada una de ellas. Una mujer introvertida viviendo con su tía y su esposo soporta cualquier vejación pero es capaz de levantar el brazo aunque sea en el lugar equivocado. Un joven la corteja y va de aquí para allá haciendo mandados. Se cruza con la algarabía y el cuchicheo de mujeres que llenan sus baldes de agua en una toma común y que intercambian maridos siempre ebrios. La nostalgia se refleja en el hombre que ha perdido cualquier esperanza y deambula como muerto para ser sorprendido por el regreso de su mujer. También hay sabiduría y bondad en aquel solitario que ofrece ayuda sin ningún interés personal. Y desasosiego en el padre que sólo sueña con  construir una casa imaginaria mientras vive de puras sobras, acompañado por su hijo.

Las historias, aparentemente insignificantes, se multiplican hasta provocarnos la sensación de que precisamente ahí está la profundidad humana.

La ciudad de las estaciones se alarga innecesariamente, cayendo a veces en el regodeo de situaciones, como las de las parejas que padecen el alcoholismo, las mujeres dicharacheras, o en historias sin continuidad. La obra se vuelve densa sin haber necesidad ya que las escenas contienen una vitalidad en la que, a pesar de la tristeza que se respira, sentimos el desgano o esas ganas de vivir de los personajes.

La interpretación es energética; en ella hay actores jóvenes, como José Juan Meraz, Abril Pinedo, Ortos Soyuz y Luis Eduardo Yee; y actores experimentados, como Jorge Ávalos, Ana Luisa Alfaro y Paula Comadurán. El estilo es discontinuo, se conjuga el naturalismo con la farsa, el realismo con la exageración. Es llamativa la forma en que se maneja el movimiento corporal, donde se introduce la gestualidad oriental dentro del devenir cotidiano.

La escenografía de Michel Cuvellier está planteada con base en tablones de madera que crean pequeños espacios para cada habitación o para cada ámbito. Su construcción pareciera espontánea, con recovecos, puertas que dan a un piso, pasillos como banquetas que posibilitan el tránsito y la sensación del andar. Este acertado diseño es iluminado por Matías Gorlero, quien logra concentrar la atención donde se requiere, crear atmósferas y provocarnos sensaciones.

La estética de La ciudad de las estaciones muestra la miseria con los pocos elementos que bien maneja la vestuarista Teresa Alvarado; y también el sincretismo de nuestras sociedades actuales, donde los platos son de cualquier restaurante chino y las sandalias de cualquier tienda del centro, o las flores de papel se parecen a las que venden en el mercado de San Juan.

La ciudad de las estaciones empata a las ciudades perdidas del sistema mundial actual y con belleza hace evidente lo que tanto se quiere ocultar.