La edición 32 del Foro Internacional de la Cineteca concluye con este trabajo del realizador belga Gus van den Berghe, Pájaro azul (L’oiseau bleu; Bélgica, 2011), segunda parte del tríptico que comenzó con El niño Dios de Flandes. Se trata de una interpretación muy personal de la obra de teatro de Maurice Maeterlinck de 1908, de la cual Hollywood produjo algunas versiones, la más conocida con la insoportable estrella infantil Shirley Temple, en 1940.
Trasladada a un país africano, el pueblo de Tamberma en la Republica Togolesa, la fábula de dos niños en busca del pájaro azul que representa la felicidad y se convierte en un mito de iniciación al tema de la vida y la muerte; Bafiokadié, de seis años, y su hermana Tené, de nueve (actores no profesionales), quieren recuperar el pájaro azul que escapó por la mañana de la jaula; en el camino aparecen, además de una serie de seres mágicos, los abuelos difuntos, el dios del placer, el rey del tiempo; cada uno de ellos imparte una lección, la muerte no significa que los antepasados dejen de estar presentes.
Filmada de manera monocromática, en azul, la estructura lineal dentro de un formato digital estirado que permite largas secuencias, los desplazamientos de cámara sugieren el movimiento constante del viaje, una aventura que abarca el horizonte. La ambición del director es inconmensurable; imagen y relato se subordinan a la perspectiva de los protagonistas infantiles, una mirada infantil destinada a cambiar al final de la jornada; la narración fluye bien, el esquema produce incluso una cierta tirantez que mantiene el suspenso; no logra adaptarse al último giro, pero no es grave, Pájaro azul deja su mensaje.
El azul de la fotografía refresca el paisaje, los ocres de la sabana desaparecen; el punto de vista de los niños se ubica en una delicada frontera entre la realidad cotidiana, casi documental, por donde transita el progenitor en bicicleta llevando objetos de su trabajo, y la región donde viven los seres mágicos. Los arbustos y la yerba que mueve el viento producen el efecto de olas en el mar.
Esta geografía virtual sugiere el terreno del inconsciente colectivo de la tribu donde habitan los ancestros, ahí sólo basta pensar en ellos para que se comuniquen con los vivos. Gus van den Berghe declara (como se lee en el programa de la Cineteca) su intención de llevar la pieza al área de la pérdida de la inocencia, alejándose de la mera búsqueda de la felicidad como ocurre con el enfoque de Maeterlinck; la verdad es que dentro del simbolismo de este premio Nobel de principios del siglo XX, ávido lector de Schopenhauer, están implícitos los temas de la muerte y el sentido de la vida, adquirido, este último, a través de una pérdida. No es fácil quitarse el sello de Hollywood, vale la pena descubrir más obras de Maeterlinck.
El lado oscuro del relato que Van den Berghe explora desde la visión infantil permite abrir mejor la dimensión del mito; la pérdida de la inocencia no queda en simple desilusión, se convierte en una manera segura para los chicos de acceder a la realidad gracias al apoyo de personajes arquetípicos que los preparan para la vida. Así, la tala de la que vive la familia, la hostilidad de otra tribu o el camión que transporta una familia que sobrevive al desastre, pueden llegar a asimilarse como parte de la realidad que habitan.








