Telenovelas de Televisa

La diatriba contra Televisa desatada hace unos días va directamente al corazón de lo que constituye el centro de su poder: la información y las manipulaciones de la misma; su venta; la propaganda disfrazada de noticias o entrevistas. Esta práctica no es nueva pero se agudiza en tiempos electorales. El acuerdo financiero con el PRI es de tal magnitud que no pudo pasar inadvertido y su candidato está pagando las consecuencias.

Sin embargo Televisa apoya su poderío en otro aspecto que ha sido analizado desde la perspectiva del ocio y no de la política, su hegemonía sobre el entretenimiento y el control del imaginario colectivo. Lo logra a partir de la profusa producción de series y telenovelas. Crean éstas, en la mente, las emociones, una especie de reacción en cadena hacia el mismo sitio: el sentimentalismo y la ausencia de distancia crítica.
Gritos, insultos, golpes en cada escena; un intento de violación, un muerto por accidente, enfermedad, suicidio o asesinato en cada capítulo, es la tónica de las telenovelas de la noche en Televisa. La tensión dramática conseguida a través del recurso narrativo se diluye para dar paso a una violencia omnipresente, indisolublemente ligada a la totalidad de los personajes y a casi todas las situaciones. No hay diálogo que florezca en paz ni conflicto que se resuelva con negociaciones.
Dos melodramas que se difunden entre ocho y 10 de la noche en Canal 2 ilustran lo dicho. El primero se titula Amor bravío. El protagonista masculino tiene un obvio parecido con Peña Nieto. En una semana hubo muchos gritos, un intento de violación y un muerto. La acción se desarrolla en un rancho, entre sembradíos, caballos y vacas. El entorno es totalmente artificial, la historia repetitiva y sin ninguna trascendencia social. El relato es tan inverosímil como obsoleto.
Un ejemplo más es Por ella soy Eva. Aquí, Lucero, la actriz principal, tiene un parecido notable con la esposa de Peña Nieto, quizá porque hay un cartabón de belleza con el cual cumplir para poder trabajar en el “canal de las estrellas”. El relato no posee mayores virtudes que el de Amor bravío, aunque está construido bajo un formato distinto, hay mucho de farsa en los personajes y en las escenas. El principal se disfraza de mujer para conseguir los datos que anda buscando. Su jefe se enamora de él. El contraste entre los dos provoca risa: ella alta, con una larga peluca castaña, falda y tacones. Él calvo, bajito, gordo. Ambos usan modismos, amaneramientos, y son capaces de los mayores ridículos. No está el melodrama exento de violencia, sobre todo verbal. También hay actitudes discriminatorias.
En suma, el oligopolio de Televisa se origina en lo económico, pasa por lo político y llega hasta la conformación de una cultura pesadamente conservadora del status quo, de la superficialidad, de lo vacuo y últimamente de la violencia.