En 1952 Narciso Bassols estaba entregado al Movimiento Mundial de la Paz, pues el general Lázaro Cárdenas le había pedido que ocupara en representación suya la vicepresidencia dentro del Consejo correspondiente. Seguía activo en la vida pública, aunque se había alejado de la militancia política: “La dejé y la dejé para siempre, justo por estúpida, por falta de interés y dramaticidad, por anodina y embarrada, de tal suerte que la intensidad apenas comenzará después, es decir el día que liquide yo esta etapa idiota, que de prolongarse ensuciaría mi vida convirtiéndola en la de uno de tantos gusanos de nuestra mierda política”.
Aunque le satisfacía el hecho de que ocupando puestos importantes en el gobierno (Proceso, 1850) había podido acabar “con el ladrón de Pani”, o desprestigiar a Pérez Treviño “que sin eso habría sido Presidente”. También atravesaba despacio el continente americano, “pero con los ojos bien abiertos”. Resultado de ese recorrido por Sudamérica era una angustia y una preocupación agobiadoras: “miseria, enfermedades, indios malolientes a cura y alcohol, gobernantes señoritos que se enriquecen hasta la fábula y dirigentes prostituidos que justifican hasta la ignominia”.
“Me divierte muchísimo la rabia de los periodistas reaccionarios”, quienes le seguían la pista por sus notables acciones progresistas. En su disciplina estaba la lectura sistemática de la prensa. “Mi promedio llega a doce periódicos por día. Están en los periódicos y las revistas todas las cosas y toda la sabiduría, dependiendo solamente de quién y para qué las aprovecha. Padecer las groserías mínimamente inevitables, verlas llegar a su hora justa, nunca antes, es un placer profesional del que no quiero privarme.” Desde París, siendo Ministro de México, le escribe el 2 de junio de 1938 a su hija Clementina: “No te preocupes porque los periódicos supriman sistemáticamente mi nombre. Ellos son los que pierden y no yo”.
Fue en periódicos, revistas y hasta libros de arte donde por décadas se le acusó una y otra vez de haber mandado borrar, por puritano, los desnudos que en San Pedro y San Pablo había pintado el Dr. Atl, cuando ese edificio colonial estaba ocupado por la Preparatoria Chica. Al fin el 30 de mayo de 1952 se decidió a aclarar la cuestión en carta dirigida a José Pagés Llergo, director entonces de la revista Hoy. Decía: “Estimado señor Pagés: Acaba de aparecer una obra titulada El Dr. Atl. Sinopsis de su Vida y su Pintura, en la que su autor, Antonio Luna Arroyo, refiriéndose a los trabajos del doctor Atl como muralista decorador del patio de la Preparatoria Chica (San Pedro y San Pablo), en la página 168 habla de que el Ministro de Educación José Vasconcelos mandó cubrir los desnudos que Atl había pintado, ordenando a un artista oficial que les añadiera ‘preciosos taparrabos, para no causar escándalo, dejando la moral pública ilesa’.
“A renglón seguido inserta un párrafo del Diario del doctor Atl que dice textualmente: ‘Poco tiempo después, el Ministro Bassols se sintió saturado de moralidad porfiriana y mandó raspar todos los muros del ex Convento de San Pedro y San Pablo. La verdad es que este fue un grave error del inteligente Secretario de Hacienda, al que no obstante que hacía años había dejado de ser Ministro de Educación seguían interesándole las cuestiones artísticas, aunque sólo fuera para destruirlas’. Y en nota a pie de página dice Luna Arroyo: ‘Como se ve, el Dr. Atl, al igual que Miguel Ángel, toma venganza contra José Vasconcelos y Narciso Bassols, en su Diario, del que hemos tomado nota.’
“Inmediatamente después, ya en el cuerpo de la obra, agrega: ‘El que esto escribe –Luna Arroyo– tiene gran admiración por el claro talento e indiscutible honestidad del licenciado don Narciso Bassols, pero en este caso no puede menos que criticarlo’, para decir renglones más adelante: ‘Los choques ideológicos y personales que el pintor de los desnudos tuvo con esos señores Ministros le impidieron continuar su personalísima labor muralista’.
“En resumen, que el doctor Atl me atribuye haber mandado borrar sus murales cuando era yo Secretario de Hacienda, y Luna Arroyo me critica por ello, además de atribuirme haber estorbado el trabajo de Atl como muralista, por el camino de los choques que tuve con él.
“Me dispensará usted, señor Pagés, que le pida hospitalidad para estos renglones de rectificación, pero no puedo guardar silencio ante las afirmaciones completamente infundadas, lo mismo del pintor que de su biógrafo. Nunca mandé raspar los muros de San Pedro y San Pablo, no podría explicarse que hubiera ordenado hacerlo siendo Ministro de Hacienda, tras de haber respetado las pinturas durante años como Ministro de Educación. Con ese criterio, Ramón Beteta tendría que imponer moralidad en las funciones de El Tívoli.
“Ignoro quién mandó borrar los frescos, pero no fui yo. Y tampoco soy responsable de que el pintor haya abandonado el trabajo mural para dedicarse al caballete, porque jamás he tenido con él choque alguno, no por su pintura, ni por sus alegres y variados cuentos.
“Atl sufre visiblemente una confusión, pues me sitúa en Hacienda (animado de perversos propósitos hacia el arte) años después de que había yo dejado el ministerio de Educación, cuando todo mundo sabe que sólo mediaron unos cuantos meses entre mi salida de éste y mi entrada en aquél, donde, además sólo permanecí durante menos de medio año.”
Siendo secretario de Hacienda y Crédito Público, Bassols le presentó al Presidente Cárdenas, el 7 de octubre de 1935, sus objeciones a los impuestos sobre el cinematógrafo. Nada tiene que ver esto con Atl, pero sí con la cultura, además de que todavía se conservan ciertos aspectos de actualidad: “en julio último traté el asunto de los impuestos sobre la industria cinematográfica y la conveniencia de que el Estado se imponga la tarea de hacer películas con buena orientación social y artística. En ese memorándum me permití recomendar a usted no se suavicen las cargas fiscales que actualmente pesan sobre los productores y distribuidores de películas yanquis y mexicanas, pues respecto a las primeras es evidente que debe mantenerse, por lo menos, la situación actual, y en cuanto a las segundas tampoco merecen ninguna ayuda fiscal porque son películas tan desorientadas, perniciosas y estúpidas como las que hacen en Estados Unidos, aun cuando las fabriquen en México compañías imitadoras serviles de Hollywood.
“He visto por la prensa que los representantes de las películas yanquis siguen haciendo presión sobre el Gobierno y que todavía hay juntas para discutir si se les bajan los impuestos, pues la Secretaría de Hacienda aún no define su criterio. También sé que en la Secretaría de Hacienda hay el pensamiento de que en todo caso deben bajarse los impuestos para los productores nacionales.
“Ante esa idea y dándome cuenta de lo difícil que es poner en ejecución el plan de acción cinematográfica del Estado, dentro de una actitud de salvar lo más que se pueda ya que no parece posible en este momento que el Estado absorba totalmente la industria cinematográfica nacional, me apresuro a proponer a usted el siguiente camino:
“1) Manténgase, con toda decisión, los impuestos que actualmente pesan sobre los distribuidores de películas extranjeras, en representación de los productores. No se baje la cuota del impuesto sobre la renta; sobre todo, no se permita que los distribuidores paguen fuera de la Cédula Segunda pues permitirlo sería tanto como bajarles los impuestos.
“2) Tratándose de productores de películas nacionales, habladas en castellano y totalmente trabajadas dentro de la República, úsese el impuesto sobre la renta como palanca para que el Estado estimule la buena producción cinematográfica y ahogue la que no lo sea. En otras palabras, en vez de bajar los impuestos a los productores y distribuidores de películas nacionales, establézcase un sistema consistente en que el Estado aplicará cuotas de impuestos más bajas a aquellos productores o distribuidores de películas bien orientadas, con un mínimum de tendencia social y con cualidades artísticas dignas de aprecio, y en cambio mantendrá el peso íntegro de los impuestos para producciones cinematográficas que por su naturaleza no merezcan estimularse.”
Claro en la vida, claro en el verbo, claro en la acción fue Narciso Bassols.








