La cultura, adorno sexenal; la ciencia, una estadística: Antonio Lazcano

Recién nombrado director del Centro Lynn Margulis de Biología Evolutiva en Islas Galápagos, Ecuador, el doctor en ciencias Antonio Lazcano recibe a Proceso en su laboratorio de la UNAM. Habla del poco apoyo que el gobierno ofrece a la ciencia, que no desvincula de la cultura, mientras en Alemania “tienen blindados los presupuestos para la investigación”. Aborto y laicismo, ideologización y religión, herbolaria indígena, son temas que toca, así como su propuesta de promover la enseñanza, difusión e investigación en biología evolutiva en los países iberoamericanos.

Ameno para contar anécdotas de Charles Darwin o Newton y al mismo tiempo contundente a la hora de señalar la falta de apoyos y reconocimientos a la ciencia y la cultura del país, el científico mexicano Antonio Lazcano Araujo anuncia las directrices que impulsará como primer director del recién creado Centro Lynn Margulis de Biología Evolutiva en Islas Galápagos.
En su laboratorio de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Lazcano habla también con Proceso de la falta de definición de los políticos aspirantes a la Presidencia frente a temas como el aborto, la ideologización de la ciencia, la falta de rigor científico de universidades católicas, y afirma que la única sociedad donde todos cabemos es laica.
Biólogo y doctor en ciencias, especialista en el estudio del origen y la evolución temprana de la vida, relata que cuando en 2006 le entregaron la Medalla Fundador de la Universidad de San Francisco de Quito, en Ecuador, lo invitaron a irse definitivamente allá. Finalmente le ofrecieron dirigir el centro que lleva el nombre de la bióloga Lynn Margulis, justo cuando ella acababa de fallecer. Y como fue su maestra, colega y amiga, con quien compartió varias investigaciones y publicaciones, aceptó “con más ganas”:
La describe como “una bióloga deslumbrante” y rememora que estuvo en México muchas veces. La primera a los 16 años, trabajando en Tepoztlán, Morelos, con el antropólogo estadunidense Oscar Lewis (Los hijos de Sánchez) y “hablaba un español impecable”. También estuvo en las islas Galápagos.
Ese archipiélago ecuatoriano, famoso por sus tortugas, es, a decir del científico, un referente importante para la teoría de la evolución. Representa un símbolo y se considera que ahí comenzó Charles Darwin su interpretación. Aunque, precisa Lazcano, cuando el naturalista se embarca “jovencísimo, a los veintitantos años, en el Beagle (un bergantín de la Marina Real Británica) ya llevaba una formación geológica deslumbrante”.
Desertor de las clases de teología, Darwin tenía mucha capacidad para observar, analizar, conjuntar e integrar el conocimiento de la naturaleza y llevaba la idea de las transformaciones de la superficie de la Tierra. Ahí fue donde, comparando las tortugas y los pinzones, se da cuenta que aunque son diferentes descienden de una especie original, pero han evolucionado de distinto modo, tomando soluciones variadas ante los problemas del medio ambiente disímiles en las islas que en el continente.
Es por ello que las Galápagos se convierten en símbolo y hasta hay una anécdota similar a la de Newton con la manzana, que en realidad –indica el investigador– parece que inventó Voltaire: cerca de donde se construyó el Centro Lynn Margulis, Darwin se cayó:
“Todo mundo piensa que desembarcó –cuenta riendo– pero no, la verdad es que se cayó porque era bastante mal viajero, mal navegante, dicen que se pasó unos cinco años en el Beagle, pero yo hice la cuenta y no fue más de año y medio porque así hubiera guerras, epidemias, temblores, él prefería bajarse. Cuando llegó a las Galápagos se emocionó tanto que brincó y cayó al agua. No fue un desembarco muy heroico, pero sí con un carácter simbólico maravilloso.”
Entre sus propósitos para este nuevo centro de investigación está promover la enseñanza, difusión e investigación en biología evolutiva en los países iberoamericanos. Y explica que así como existe el llamado ERASMUS (European Region Action Scheme for the Mobility of University Students) mediante el cual se pueden movilizar estudiantes de licenciatura de la Unión Europea, aunque tengan tan poco en común uno de Finlandia con un italiano, desea crear un plan en Iberoamérica, donde hay más rasgos en común.
Se propone utilizar para ello los recursos de la red, manejados con tanta facilidad por los jóvenes a fin de poder enviar, por ejemplo vía Twitter o en el Facebook información a estudiantes y profesores distantes. Él mismo utilizará los diferentes medios para sus funciones como director del centro, que por cierto son honorarias, para no tener que trasladarse frecuentemente a las islas. Además de investigar la evolución de las especies en general, plantea como una línea de investigación la evolución de los microorganismos:
“Hemos oído hablar de la resistencia a los antibióticos, es un problema de biología evolutiva; todo mundo sabe que hace 25 años irrumpió en la sociedad occidental la epidemia del sida; escuchamos del ébola, del H1N1, esa que Elba Esther Gordillo nunca supo pronunciar. Cada uno de estos eventos médicos tienen una implicación social brutal, pero son también biológicos, hablan de un patógeno microscópico que previamente no existía.”
Para Lazcano la ciencia tiene una relación indisoluble con la cultura y la identidad cultural. Cita como un ejemplo el conocimiento tradicional herbolario que se remite a la época prehispánica. Dice que “al día siguiente de la conquista”, el protomédico Francisco Hernández, médico de cabecera del rey de España, fue enviado a Las Indias para elaborar un inventario de las plantas y animales de estas tierras y dar cuenta de las formas distintas de ver, cultivar y recoger las plantas.
Las obras de Hernández han sido publicadas por la UNAM. Y refiere también que José Ignacio Bartolache, en plena Ilustración, se puso a traducir al náhuatl a Newton para que “los naturales” conocieran sus ideas, y sor Juana Inés de la Cruz, (quien con sus conocimientos describió un eclipse en su Primero sueño y gustaba de cocinar) consideraba que si Aristóteles hubiese cocinado habría escrito más libros de ciencia pues habría conocido las transformaciones químicas de los ingredientes.
Ya en la época contemporánea Lazcano menciona a Octavio Paz y Roger Bartra, entre algunos de los intelectuales con “curiosidad insaciable hacia la ciencia”. Este último acaba de publicar un ensayo completísimo sobre el axolotl. Considera que en general la gente quiere saber por qué no tiene cura el cáncer o por qué hay plantas que curan, y detrás de ello está el hecho de que la cultura no es simplemente arte o literatura, sino que tiene ligas con la ciencia “bastante intensas”.

Por unas lentejas

En una reunión de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC), en la cual participaron entre otros el exrector Juan Ramón de la Fuente, se propuso a los candidatos a la Presidencia la creación de una secretaría de Estado para la Cultura, la Ciencia y la Tecnología. Se pregunta a Lazcano su opinión:
“Es perfectamente claro que la cultura sirve de adorno sexenal y que la ciencia, cuando se acuerdan de que existe, sirve como dato en los informes presidenciales.”
Le inquieta no sólo la disminución de apoyos durante el gobierno de Felipe Calderón, sino que confiesa haberse quedado atónito cuando se enteró que éste no había asistido a las tres últimas entregas de premios de la Academia.
Menciona en contraste que en Alemania “la economía más fuerte en este momento y la más sólida a nivel mundial, tienen blindados los presupuestos para la investigación y la cultura. Y no es nada más por utilitarismo pragmático, ¡no! Blindar significa reconocer el valor social y cultural que tiene la ciencia para definir no sólo la economía sino también la relación de las sociedades contemporáneas con los descubrimientos científicos”.
En su opinión no es exclusivamente el desdén del Estado, sino que también ha tomado tiempo y esfuerzo ir ganando espacios en los medios de comunicación. Le parece alentador, sin embargo, el creciente interés por las actividades científicas, por ejemplo la observación de fenómenos astronómicos en el Zócalo. Y a eso atribuye el éxito de científicos dedicados también a la divulgación, como Luis Felipe Rodríguez y Julieta Fierro.
Cuando se divulga la ciencia se está democratizando la cultura pero lamenta que es algo que ni los medios, ni los políticos, ni la sociedad han sabido aprovechar. Él se reconoce como iniciado en la ciencia prácticamente desde su infancia, cuando el gobierno de Estados Unidos (donde vivió), como resultado de la carrera espacial tras la puesta en órbita por los soviéticos del Sputnik, decidió impulsar la ciencia en todas las escuelas, desde la educación básica hasta la superior.
“Fue una vocación intelectual, claro, tuve apoyo familiar, pero había toda la atmósfera social para que los niños pudiéramos estudiar ciencia.”
Recuerda que cuando había luna menguante o creciente los llevaban de noche a observar en telescopios los cráteres de la Luna y “eso nunca se le olvida a un niño, la fascinación que hay atrás de eso siempre permanece”.
El biólogo dice que también debe mucho de su formación a la educación laica y gratuita. En su discurso para recibir el Honoris Causa de la Universidad de Milán, Italia, indicó que había terminado el Estado confesional y no volvería nunca. Se le pregunta no obstante si con las posibles reformas constitucionales para permitir la educación religiosa, podría regresar:
“Ahí hay que tener mucho cuidado. En términos demográficos, el abatimiento de quienes se dicen católicos es enorme, es un reflejo de la pérdida de la influencia de la sociedad católica en muchos sectores. En segundo lugar, se debe tomar en cuenta que en México la lucha por un Estado laico ha significado un enfrentamiento con la jerarquía de la Iglesia.”
Ésta, lamenta, está conformada además por los más conservadores. Confiesa que le “descorazona” que el cardenal Norberto Rivera sea tepehuano, provenga de esa “comunidad indígena marginada, sin acceso a todos los privilegios que tienen otros sectores y a él no parece preocuparle mayor cosa su destino”.
Pero considera que la sociedad mexicana no tiene ya el catolicismo rígido que esta jerarquía pretende y no cederá tan fácilmente ante las presiones de los sectores más conservadores:
“Yo creo que la única sociedad en donde todos cabemos es laica. No importa que la gente sea creyente o no, judía o católica, musulmana o pentecostal, siempre y cuando tenga garantizado los servicios a los que todos tenemos derecho: educación, medicina, transporte. No van a depender de los caprichos o prejuicios de grupos religiosos en el poder. Lo tengo claro.”
Luego comenta que las universidades conservadoras católicas como la Anáhuac o la Panamericana tienen un nivel académico que “deja mucho que desear y en ciencia es un fracaso estrepitoso. De hecho he visto el programa de bioética de la Anáhuac, y no soy un experto en filosofía, pero el nivel académico es paupérrimo. ¿Dónde están los grandes eticistas? En las universidades públicas, en las instituciones laicas”.
Confía en que estos grupos conservadores luchan a contracorriente, pero advierte que no debe olvidarse que encontraron un espacio de desarrollo en estos 12 años de gobiernos del PAN, así como aliados que “nunca hubiera imaginado, da tristeza”.
Se refiere a la actitud de Beatriz Paredes, expresidenta del PRI y ahora candidata a la jefatura de gobierno del Distrito Federal, frente al tema del aborto, pues “lo utilizó como moneda de cambio político, vendiendo la vocación laica que uno veía en ciertos sectores del PRI, lo vendió por un plato de lentejas, para usar la analogía bíblica”.
–Es que tiene tal peso político que se exige a los candidatos definirse.
–Pero se han hecho guajes, ninguno ha contestado. Es una cuestión muy sencilla. Están ideologizando lo que debería ser un problema de salud pública. Así de sencillo.
Él parte de lo dicho por la antropóloga Marta Lamas, en el sentido de que ninguna mujer aborta por gusto, y como científico afirma además que se carece de una definición estricta y universalmente aceptada de lo que es estar vivo, pero considera que es determinante la actividad cerebral y “cuando esa actividad aún no se manifiesta, el embrión no está socialmente vivo”.
Lo más importante, enfatiza, es que en una educación laica niños y jóvenes tengan la adecuada educación sexual para evitar embarazos no deseados, pero una vez que se decide por un aborto, se debe realizar en las mejores condiciones posibles de salud.
Por ello, concluye que la única educación pública posible es laica y secular, y ahí está el ejemplo de Estados Unidos, donde 80% de la población, que es creyente, rechaza la teoría de la evolución. En México, con todo y el catolicismo, es mucho más aceptada.