Insertos en la baraúnda de los debates entre los candidatos, andamos montados en la búsqueda de la mejor información para los ciudadanos. Otras formas de acercamiento nos resultan menos firmes, menos comprometidas. Algunas, como las cascadas de promocionales visuales y auditivos, son francamente frívolas y banales. ¿Qué le informa al ciudadano medio la inundación de mantas callejeras, la profusión de caras sonrientes y gestos de ocasión?
Las campiñas y los espacios citadinos están llenos de espectaculares. Compiten éstos con los que nos siembran las cadenas comerciales. Aparte de la evidente contaminación visual, ¿qué tesoro de información política proporcionan al ciudadano medio? ¿Para qué otra cosa sirven, aparte del culto a la personalidad, si no de tributo al narcisismo? Son rutinas de atención que están de moda y que hemos de soportar hasta que sean desplazadas por otras de calaña diversa, mejores o peores. ¿Quién lo sabe?
De cualquier exposición abierta salen elementos reveladores para documentar nuestro optimismo. Del debate local de los aspirantes a la gubernatura, aunque fue más acartonado que el nacional, salió la mención de la presencia de los poderes fácticos en el ejercicio del poder. Estos poderes ocultos, que luego no lo son tanto, existen e imponen su ley en las decisiones importantes de nuestra vida diaria. Los gobernantes, que son sus títeres, evaden esclarecer tales vínculos. Siempre buscan esconderlos o negarlos, cuando es mencionado el asunto. Por decirlo de forma clásica, para ellos es tema tabú.
No hay cura del tabú en tanto no sea develado su entramado y revisada su funcionalidad concreta. Así que más nos vale sacudir nuestra modorra y revisar nuestras mentiras oficiales para saber si vale la pena seguir pasando indiferentes por encima de ellas, aunque nos sigan dañando, o mandarlas por el caño para alejar de nosotros sus malas influencias. En una de sus intervenciones, Aristóteles ofreció maravillas por hacer con la educación superior en Jalisco. Cogió vuelo lírico y ofreció hasta las perlas de la Virgen.
En su momento, Enrique Alfaro le cuestionó su optimismo y ensayó a sentarlo en la realidad. Le inquirió sobre cómo pensaba realizar tan ostentosa promesa, sin mentar siquiera la presencia de Raúl Padilla en dicha parcela. Ya sabemos que este personaje es poder fáctico del estado, que medra y mantiene secuestrada la alta nómina estatal destinada a la educación superior.
Aristóteles se evadió. En lugar de contestar esta pregunta bien formulada, se movió del tablero y salió por peteneras. Que no estaba en su agenda, dijo, manejarse con fobias personales que distrajeran sus propósitos de gobierno. No se le ha dado mucha bola al asunto, tal vez porque el público no le otorga la importancia que merece al esclarecimiento de las relaciones entre estos personajes ocultos con los hombres del poder.
Decía Flores Magón que cuando el pueblo identifica a sus verdugos reales, sus días están contados. No en balde se mantienen éstos a la sombra y obligan a sus títeres a evadir cualquier alusión a su presencia tortuosa y maquiavélica.
Alfaro mencionó por su nombre a Raúl Padilla, no porque le tenga tirria personal o porque le resulte incómodo en su actuar político, sino porque las decisiones importantes, que ha tenido que tomar, han venido a chocar con los intereses que manipula este individuo, al que los usos y costumbres mantienen como jefe intocable y árbitro final. Son valores entendidos, se dice. Se trata de las leyes no escritas. Y todo mundo se pliega a las decisiones que provienen del cubil del padillaje, en tanto los dineros de la educación superior en Jalisco siguen en sus manos y no hay poder humano que se los arranque. Aristóteles escurrió el bulto al ser cuestionado sobre esta responsabilidad, pues es un actor coludido con tales fuerzas ocultas y no piensa romper dichos vínculos, si es que llega a ocupar el puesto electorero que disputa. Es decir que, con él, sólo podemos esperar más y más de lo mismo.
Pero a la ciudadanía le importa ir ya cercenando estas dolencias. No son falsas dolencias, sino lacras punzantes, daños de fondo que nos mantienen paralizados y postrados en lecho de muerte. Es conveniente extirpar de raíz el mal. Pero habrá que empezar de alguna manera y por algún lado. No resultaría ocioso hacer ejercicios de memoria histórica para explicarnos cómo se constituyeron tales poderes y luego mirar cómo funcionan en el presente. Eso nos permitiría entender mejor si semejante influencia es nociva o inocua.
En el caso concreto del control que Padilla ejerce sobre la universidad estatal, la mayoría de los analistas remite el hecho al momento en que él mismo asumió la rectoría en 1989. No caen en la cuenta que el hecho mismo de haber ascendido a puesto tan importante estaba ya sometido a una dinámica de resortes ocultos con vigencia más antigua. El ramirismo imponía su voluntad en la máxima casa de estudios del estado desde varias décadas antes de la llegada de Raúl a la rectoría y hacía con ella lo que éste hace hasta el día de hoy. Es decir, este personaje detenta un imperio heredado, no es su constructor, así se vea tanto o más eficiente que los anteriores poderes fácticos que ocuparon el puesto que ahora detenta.
El hecho de que Carlos Ramírez Ladewig fue asesinado en 1975 no cambió las cartas universitarias. Simplemente hubo cambios de personeros. Digamos que en la UdeG se vive un neoramirismo actualizado. Pero las credenciales con que el ramirismo se hizo del control de esta parcela no son precisamente de presumir. Se sabe que los hombres fuertes en Jalisco, cuando en el centro mandaban los sonorenses, eran obregonistas. Guadalupe Zuno y Margarito Ramírez se reportaban a esta línea. Asesinado Obregón, Zuno mantuvo su lealtad y fue excluido de la esfera de los controles. Margarito volteó chaqueta y se volvió callista. Después fue cardenista, alemanista y diazordacista, según lo fue requiriendo la ignominia política.
Todos los que se han hecho de los controles de la casa de estudios han seguido la misma tónica política del fundador de la dinastía, Margarito Ramírez. En su momento fueron salinistas o zedillistas. Ahora andan de perredistas y priistas, pero si fueran presionados a cantar lealtades se exhibirían abiertamente como calderonistas, pues así convendría a los vientos que soplan. En dicho cubil no importan las definiciones políticas, ni las convicciones, sino el pragmatismo de no perder los controles de nómina tan abultada que significan los dineros destinados por el estado de Jalisco y también por la federación al rubro de la educación superior en nuestro estado.
Si ocurriera de otra manera, el control fáctico se pondría en riesgo. Y eso no va a ocurrir. ¿O pondrá fin a este doble juego la ciudadanía de a pie, que es la que pone sobre la mesa todos estos recursos pecuniarios en reparto?








