Votar es una de las múltiples tareas que cubre la agenda del ciudadano en una democracia. Ni siquiera es difícil. Sin embargo, la batahola electorera que escenificamos revela nuestro disminuido nivel de politización. Síntomas evidentes de este cruel diagnóstico son los irigotes electoreros en que concluimos siempre nuestras charadas. Aparte son ejercicios demasiado caros. Del actual se habla de una erogación de 25 mil millones de pesos, monto que debería preocuparnos. Duran demasiado en cartelera. Se hable de vedas, recortes o campañas abiertas, es muy extenso el lapso que se les dedica. También es excesiva la atención ciudadana que reclaman. Por lo mismo, su reglamentación se nos ha vuelto una maraña recargada e insufrible.
Pesando tanto, apenas acude a las urnas la mitad o un poco más de los ciudadanos en edad de hacerlo. En 25 años, un lapso generacional, llevamos registrados dos escándalos masivos por denuncia de fraude, cuyas heridas no logran ser restañadas. No se ha podido generar, en todo este tiempo de ejercicios electoreros, costosos, largos y empinados, una satisfactoria conducta política atenida a partidos políticos, que canalicen con atingencia la energía ciudadana. Retrata esta dolencia una metáfora de López Obrador, cuando dice: “Como este PAN ya no tiene levadura, ahora están inflando un merengue”. ¿Dónde hallar, en tan agitado sainete, la sustancia partidista en contienda?
La semana pasada Denise Dresser aportó 18 razones para no votar por el PVEM (Proceso 1849). Centra su argumentación en el engaño que significa sufragar por candidatos, para que una pandilla familiar, la de los González Torres, valida de nuestra inconsciencia e ignorancia, sea autorizada a seguir medrando “legalmente” del erario. No podría mantenerse la estafa sin sus nexos vivos con el PRI, con Televisa y aún con Salinas de Gortari, su padre putativo. Es análisis que no tiene desperdicio. Otro tanto habría que hacer con los enjuagues del Panal, que sufre de idéntica afección. No es clavija única en las trabes que apuntalan a la Gordillo, pero le sirve de alcayata fuerte. No será entonces iniciativa suya desecharla, sino tarea colectiva removerla.
Mas resultaría una conclusión precipitada palomear a los llamados partidos grandes como si fueran institutos sanos y robustos. Padecen de idéntico mal que los descalificados. La hojarasca publicitaria que los cubre y la maraña de intereses que enjuagan mantienen un tanto invisibles sus llagas. Pero no son entes sanos. Una revisión atenta a su accionar faccioso nos permitiría descorrer el velo que cubre sus inmundicias.
Al PAN actual no le sirve de nada su viejo lema para construir una patria ordenada y generosa. Lo mueve la defensa a ultranza de la acumulación privada, la privatización de la economía nacional y su reparto ganancioso entre ellos. Tampoco su tradicional observancia democrática, sustituida por el pragmatismo arrasador, que se impone al grito del “haiga sido como haiga sido”. No es difícil atisbar tras esta conducta proterva el ansia mal refrenada por la rapiña y el despojo. El ímpetu de la auri sacra fames (la maldita codicia del oro) que contradice todo el historial proclamado del panismo. Ahora está puesto al servicio de una pandilla, a la que la mueve el atraco de las arcas públicas para beneficio particular. Del PRI se alegó siempre tamaña perversión. Es la razón de su clientelismo, su corporativismo, sus consignas verticales, su disciplina. Ahora que parece recuperar la batuta de la conducción nacional, resulta triste ver que su ausencia de 12 años no lo curó de tan nefasto cáncer. Al contrario, le generó anticuerpos y regresa por sus fueros. No se diga ya del travestismo político que vive el PRD. Lástima de ilusiones y esperanzas que, hace un cuarto de siglo, cobijaron su nacimiento. Ahora es espantajo similar a la pareja de los mimos mayores, PRI y PAN.
Aún no conocemos la madurez cívica que proporciona una vida política transida por partidos. Está viva nuestra raigambre cristiana, nuestro teologismo soterrado. Nos atrapan, sin que logremos escabullirnos de sus tenazas no racionales, consideraciones sentimentales y moralistas. Mantenemos vivo en todo ello nuestro catolicismo de catacumba. No desaparece de nuestros escenarios su influencia, porque no la hemos sometido a la lupa de la revisión sensata, que le fija sus límites. Tampoco nos hemos curado de la prédica del insurreccionismo abstracto. Por eso no sabemos qué hacer con sus raigones inconscientes. Nos perdemos en vericuetos al debatir sobre el voto útil o el nulo; la abstinencia estilo Marcos o la propuesta de la resistencia pacífica estilo Javier Sicilia. No logramos sentar siquiera las bases mínimas objetivas del juego electoral mismo, pues tenemos oscurecido el panorama.
Ni idea tenemos de lo que es un partido político. En los que dicen serlo no hay vida intelectual, no se generan debates ni se discuten sus estatutos, y menos su observancia. Nadie conoce los principios y objetivos que rigen a los que andan en contienda. Nadie los diferencia por su fondo. Nadie quiere saber nada de estructuras organizativas que determinen su vida interna ni se atiene en su conducta política a tales orientaciones claras y distintas. No se distingue la disciplina partidista por ningún lado. La Constitución establece que ellos son las instancias autorizadas para encauzar la energía electoral. A pesar de esto, son inexistentes, meras pantallas para ocultar intereses de grupo enquistados en el poder, por arrebatar los jugosos presupuestos del oro nacional, como premio a la lealtad “partidista”. ¡Cuánta paradoja!
Por eso resulta interesante el conato de alternativa envuelto en la candidatura de Enrique Alfaro por la gubernatura de Jalisco. Intentó él apelmazar en un paquete a la izquierda local, pero se topó de frente con la obcecación cerrada del PRD, al servicio de Raúl Padilla, uno de los poderes fácticos del estado. Parecían hacerle zozobrar su propuesta. A pesar del peligro que significa la tentación caudillista, no se arredró. Sigue en la brega, lo cual es buena noticia para estos lares. Cada día se le suma más gente de temple, de probada calidad política. Estimula ver en esta trinchera personajes de la talla del propio Alfaro, de Esteban Garaiz, de Augusto Valencia y de muchos otros jaliscienses de reconocida honestidad y con alto prestigio. Es lo que establece la diferencia entre un partido verdadero y una turba de truhanes. La propuesta de Alfaro tiene que prender y madurar hasta constituirse en un auténtico partido político. La población tiene que apoyarla en las urnas, pues se trata de una propuesta objetiva y convincente. No se vale que la condene el derrotismo, que proviene de la inercia del cencerro de la abulia. Es apuesta saludable.








