Exquisito sería el mejor adjetivo para calificar la personalidad y la obra del recién fallecido Raúl Ruiz, si no fuera porque el trillado término apesta a amaneramiento y ya no puede utilizarse más que entre comillas y con un dejo de sarcasmo. El origen de la palabra, sin embargo, describe adecuadamente el temperamento de este gran autor chileno inclinado siempre a encontrar significados nuevos en la manera de crear cine y reinterpretar obras de autores consagrados, como Proust o Kafka, por mencionar dos casos.
Adaptada de la novela homónima del prolífico Camilo Castelo Branco, escritor portugués del siglo XIX, Los misterios de Lisboa (Portugal-Francia, 2010) cuenta la historia de Joao, un chico de 14 años educado por el padre Dinis (Adriano Luz), quien poco a poco le revela su origen. Fruto de una historia de amor de la condesa Angela de Lima (Maria Joao Bastos) que ahora vive bajo la custodia de un marido posesivo, Joao se sumerge en un mundo de intrigas. Por medio de vueltas de tuerca, unas más verosímiles que otras, con idas y vueltas en el tiempo y el espacio, Raúl Ruiz construye un laberinto narrativo por donde deambulan Victor Hugo, Eugenio Sue (Los misterios de París), Balzac, Kubrick, Visconti y el propio Ruiz, en un espacio que va de Lisboa a Venecia, pasando por París.
Imposible de condensar, Misterios de Lisboa se exhibe en dos partes en el circuito provisional de la Cineteca Nacional.
No hay necesidad de ubicar a un cineasta de perspectiva tan amplia como este chileno exiliado, teólogo y fabulista eterno, europeo en sus juegos referenciales y latinoamericano en su naturalidad para contar, por contar. La comparación más cercana en literatura sería Borges. En Misterios de Lisboa personajes como Dinis evocan novelas de Balzac (Vautrin); pero además del juego de máscaras que representa el flujo y la movilidad social, Ruiz abre una dimensión teológica donde Dios da muestra de un sentido del humor muy especial.
En la películas de Raúl Ruiz participaron actores como Marcello Mastroianni, Michel Piccoli o Catherine Deneuve; por más que sus productores y admiradores intentaron venderlo comercialmente, los distribuidores siempre vieron con desconfianza la tendencia intertextual de su trabajo, su línea surrealista y los inquietantes comentarios sobre las convenciones sociales que sugiere su obra. Lástima, Raúl Ruiz es un estupendo narrador, entretiene y enseña sin exigir erudición de parte de su público.
Poco importa que Genealogía de un crimen (1997), por mencionar una de sus obras capitales, convierta al psicoanálisis en asunto narrativo y a la narración en thriller metafísico, la tensión dramática es tan eficaz como en el mejor Hitchcock. El tiempo recobrado, por ejemplo, asusta por el peso que representa la obra de Marcel Proust, imposible de trasladar a la pantalla, como fue la desdichada adaptación de Volker Schlöedorff (Un amor de Swann). Ruiz demostró, sin embargo, que sí se podía, era sólo cosa de imitar la escritura de Proust con la cámara; el resultado es una obra entretenida que se le negó al público mexicano y que ahora puede conseguir en DVD.
En Misterios de Lisboa, Raúl Ruiz prosigue con una técnica que desarrolló mejor que nadie y que podría bautizarse como narrativa onírica, la capacidad para tener acceso al sueño sin perder el hilo narrativo. El sueño no ocurre en un plano diferente para profundizar en la psicología de los personajes (recurso siempre en el filo de la pedantería), sino que se agrega como elemento mismo del relato, una especie de episodio que cuestiona la realidad del personaje, de lo contado y hasta del mismo narrador o director. El público saborea esos sueños como el teatro de marionetas de Joao o la colección de disfraces del padre Dinis.








