A pesar de haber celebrado la Navidad en el primer año del segundo milenio, es decir, la fiesta de los 2 mil un años del nacimiento del Salvador del mundo, y de disponernos a celebrar un nuevo ciclo anual, lo que hemos visto son los frutos de la salvación. Sobre la alegría de la fe y la esperanza teologales, la concretad del mundo parece envuelta por el mal: crímenes, guerras, terrorismo, miseria, plagas. La Iglesia misma, el cuerpo místico de Cristo, aún preservando el depósito de la fe y clamando a los cuatro vientos el sentido de la redención, está como envuelta por ese mismo mal. Su rostro se asemeja, más que al de la plenitud de la natividad, al del horror del Viernes Santo: un Cristo lacerado por el pecado.
Mucha son las reflexiones que esa aparente contradicción ha suscitado a lo largo de la historia. León Bloy, en Francia, y Concepción Cabrera de Armida, en México, la resolvieron en sus respectivas experiencias místicas oponiendo a la idea moderna de la diversidad entre las épocas de la historia la noción de las edades sucesivas como reproducciones o, mejor, traducciones diferentes de la redención de Cristo.
Esta audaz identificación de la historia y de la revelación sólo puede comprenderse a la luz del misterio de la comunión de los santos. Esa comunión (lo dirá Bloy a través de sus escritos y Concepción Cabrera de Armida a través de su vida mística y de su Espiritualidad de la cruz) es una participación dolorosa, una comunión con el Cristo sufriente. Si, según está interpretación, cada uno de nosotros está, de alguna manera, en el centro de todas las épocas; si el plan de la redención divina se despliega para cada quien y gracias a que cada quien es (dirá Albert Beguin al referirse a León Bloy: “En la medida en que cada creatura, por ser creatura sufriente, porta el dolor universal, es el dolor mismo de la agonía de Jesús en la cruz, prolongada hasta el fin de los tiempos en su cuerpo místico), vivimos en todo instante la Pasión y por ella estamos enlazados, en una absoluta simultaneidad, a todos los hombres que sufrieron, que sufren y sufrirán. Cada una de nuestras penas es la pena universal, porque no hay más que una pena, la de Cristo martirizado. Y cada uno de nuestros pecados (como cada una de nuestras purificaciones) alcanza en ellos la Faz de Cristo”.
Debido a que el mal se ha complicado en este inicio del segundo milenio, yo quisiera agregar a esta interpretación la del misterio de la iniquidad o del mal. Si Cristo, como Bloy y Concepción Cabrera de Armida lo percibieron y lo vivieron, continúa en la cruz es porque el mal impide que podamos mirar y acceder al reverso del rostro que se encuentra en la Pasión y que es el cumplimiento de todas las cosas en Cristo. ¿De qué orden es ese mal?
En un texto espléndido y polémico, Mysterium inquitatis –del que me ocupé hace ya mucho tiempo en estas mismas páginas-, el italiano Sergio Quinzio, junto al misterio de la resurrección de la carne, aborda otro, no menos inquietante, pero poco analizado en el mundo contemporáneo: el de la gran injusticia, que suele aparecer en el seno de la Iglesia, es decir, del cuerpo místico de Cristo y que, según la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, surgirá de la apostasía.
Siguiendo la carta citada de San Pablo, Quinzio sitúa la gran apostasía hacia el final de los tiempos. Dicha apostasía no será, como ha sido frecuentemente, una negación directa de los dogmas de la fe, sino una contaminación de la Iglesia con los valores del mundo, una simulación del Evangelio a través de la aceptación de aquello que privilegia el mundo: el progreso indiscriminado, la globalización, la ruptura de la proporción.
El asunto, desde mi perspectiva, viene del largo desarrollo de la técnica que lentamente ha ido sustituyendo la sacralizad del mundo redimido por su objetivación utilitaria.
Junto a la técnica que nace como un conjunto de medios que la actividad humana desarrolla para realizar su existencia en el mundo, aparece la noción de la ciencia como una interpretación de lo real. Al irse unificando estas dos experiencias del hombre durante el Renacimiento y al unificarse plenamente con la revolución industrial, las interpretaciones de la ciencia se volvieron siervas de la técnica y sustituyeron lo real: el mundo creado y redimido por Dios, hecho de seres trascendentes en su misterio, por una realidad interpretada “objetivamente” y al servicio de lo útil. Lo real de la ciencia – que en el mundo de Aristóteles era el theorein y el mundo latino, la contemplatio– se convirtió en lo que Heidegger ha definido como el Betrachten de los tiempos modernos, es decir, en el trabajo sobre lo real que reduce todo a una utilidad que vela el misterio. Lo real de la ciencia dejó de ser un acercamiento puro y neutro al misterio de la vida para convertirse en una realidad con fines utilitarios en donde los seres, imágenes y semejanza del Verbo increado revelado por Cristo son reducidos a objetos, a partes que sólo pueden ser utilizadas de manera técnica.
Tal vez este ejemplo que tomo de Heidegger describe una hidroeléctrica. Ella ha sido construida sobre uno de los grandes ríos (el Rhin o el Mississipi o el Grijalva). Ese río –que para el poeta Elliot que miraba desde la contemplatio, es un “fuerte Dios parado”- se convierte desde ese momento en una reserva de energía que es almacenada y está lista para enviarse bajo pedido por múltiples cables a las industrias y a los particulares que la necesitan. El río ha sido requisado por la técnica, ha sido mutilado en su misterio y reducido a una pieza.
Lo que le sucede al río también le sucede a la naturaleza en su totalidad: el ser del hombre y de las cosas está reducido a ser un proveedor de energía o a ser un elemento que puede integrarse a una red y activarse según las necesidades. Todos nos convertimos así en elementos de los deseos de la sociedad tecnológica y económica, en reservas de las que el proyecto técnico podrá extraer lo que necesita para sus fines (véase, para hablar de México, la forma en que se ha trtado a los pobladores de Atenco y se quiere tratar sus tierras para la construcción de un aeropuerto; véase los despidos, el mundo de los desempleados, la manera en que las industrias tratan a la naturaleza para sostener la productividad o, para hablar en general, de las monstruosidades de la manipulación genética y de la globalización). El proyecto técnico quiere, en consecuencia, que todos estemos disponibles no como seres, sino como piezas de un sistema técnico que lentamente se va complicando los horrores indecibles donde las huellas de Dios y de su trascendencia se van borrando.
La Iglesia- y por ella entiendo no únicamente la jerarquía, sino a cada uno de sus miembros-, al igual que al mundo, está devorada por esta apostasía. Si en nuestro corazón preservamos la Redención, en nuestro exterior estamos envueltos por esta sombra del mal. Hablamos de la Redención que llega con la Natividad, pero al mismo tiempo habitamos, consentimos y participamos del proyecto técnico que la oculta e impone su terrible rostro: el del sufrimiento de la crucifixión. Somos así el Cristo crucificado que las sombras de nuestro propio mal, que lo han puesto en a cruz, impiden contemplar en su realidad salvífica hasta velarnos no sólo su rostro, sino su corazón en el mundo.
Esta realidad me hace pensar en ese final de los tiempos del que habla el libro de Quinzio, que aguardaba León Bloy hacía 1917 y que llevó a preguntar a Cristo: “¿Habrá fe cuando vuelva?”. ¿Estaremos viviendo parte de los prolegómenos de ese final de los tiempos en el que el rostro del crucificado –que místicamente hablando es el rostro de todos los seres sufrientes- podrá al fin revelar, en medio del mal más atroz –ese mal del que habla el Apocalipsis- su esplendor redentor? No lo sé. En todo caso, frente a estas evidencias yo me consuelo en la fe y, al pensar en el templo del río de Heidegger, con los versos con los que T. S. Elliot empieza su poema The dry slavages: “No sé mucho de dioses, pero veo en el río/Un fuerte dios pardo –hosco, indomado, impredecible/Paciente hasta cierto punto; al principio tenido por frontera;/Útil, más poco fiable como portador de comercio./Luego un mero problema para el que traza puentes;/Y una vez que es resuelto, los que viven/En ciudades se olvidan del dios pardo, que no obstante/Prosigue inexorable sus costumbres y sus iras, devastador presente/De eso que quieren olvidar los hombres. No lo rinden honores ni tributo/Quienes adoran a las máquinas, más él aguarda y vela, atento (…)”
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos y evitar que Costco se construya en el Casino de la Selva.








