Enrique Maza
Al terminar este año de acontecimientos bárbaros, quisiera uno encontrar una clave para entender, de alguna manera racional sucesos que sólo se original en la brutalidad.
Lo que ha hecho Estados Unidos –y lo que ha hecho Fox en su medida- es meter al mundo o al país en un sistema que lo abarque todo, derivado de una idea unilateral y simple, incapaz de comprender y de explicar la realidad y los hechos que se van sucediendo; en un sistema incapaz de hacer justicia, porque la injusticia es la realidad de fondo, compleja y profunda, que no se remedia con ideas simples de la realidad, que sólo la deforman.
La reducción de todo a un simplismo nivelador hiere, sobre todo, nuestra experiencia política, moral, social y espiritual; nuestra capacidad de pensar y de sentir, la evidencia de nuestra realidad, la verdad de nosotros mismos, de nuestra vida y de nuestra situación. Quiere verse todo a través de ese prisma que deforma y que manipula los hechos. Como el terrorismo de Bush y como el cambio de Fox.
Pero lo único que se logra es denigrar la naturaleza del hombre, la voluntad, la libertad, la identidad humana la dignidad. El grado en que los poderes han sobrepasado sus propios límites nos han llevado al fracaso de toda ilusión, comprensión y posibilidad de un pluralismo enriquecedor, que emergía con esperanza y que ha sido torturado hasta la conformidad con ese sistema simplista por totalitario.
Basta ver el simplismo cavernario del concepto de terrorismo, de las ortodoxias monolíticas, del salvajismo de las soluciones de fuerza, de la incivilidad de los despojos de tierras, del aplastamiento de culturas minoritarias o consideradas inferiores. El enemigo no es el terrorismo, es el odio que han sembrado el poder hegemónico y la ambición de apoderarse de las riquezas naturales y humanas que pertenecen a otros. Eso fueron el colonialismo y las conquistas, eso son los bombardeos sobre países donde hay petróleo y riquezas minerales, eso fueron el 68 y el 71 mexicanos, eso han sido los despojos de las tierras indias y campesinas, eso son las deudas internacionales de los países pobres, la incapacidad de comprender formas de vida distintas a la propia, los avionazos contra las torres, los bombardeos contra Afganistán, la justicia infinita proclamada por Bush, las revelaciones documentales y fotográficas de la guerra sucia mexicana, la cancelación de tantas esperanzas indígenas, la miseria de la mitad de los mexicanos y de 58% de los niños latinoamericanos, la corrupción que ha consumido y que sigue consumiendo a nuestro país.
Fox evalúa a México desde la pantalla de la computadora de Hacienda y nos anuncia que México, un país donde millones padecen hambre, es la novena economía del mundo, porque así dicen los índices macroeconómicos. Parece burla. O simplismo ortodoxo. Pero seguimos expresando nuestras dudas inaplacables y profundas, porque la pobreza de millones en México no es un simplismo, aunque no sea económicamente ortodoxa. ¿O sí lo es? ¿Deliberadamente ortodoxa?
El nuevo régimen mexicano, por lo que hemos vivido este año, ha querido darnos una nueva identidad, si haber penetrado en los patrones básicos por los que nos entendemos a nosotros mismos y por los que adquirimos nuestra identidad como pueblo. Parece haber venido de lejos con una nueva ilustración que intenta sobreponernos, pero ignorando y dejando intacto lo que está en el fondo. Empieza desde lo que imagina que deberíamos ser, no desde lo que somos, y por eso no puede realizar cambios verdaderamente transformadores. Pero eso que subyace y que nos sirve de nuestra experiencia ha permanecido sin examinar. Los gobiernos neoliberales, desde Miguel de la Madrid hasta Fox, nos han impuesto cambios económicos al margen de nuestros valores a ideales adecuadamente analizados y examinados, de nuestros orígenes y de su evolución, desde el proceso doloroso y muchas veces trágico, pero al fin y al cabo inteligible, de nuestro cambio cultural. El nuevo régimen, igual que el de Salinas y el de Zedillo, parte de verdades intemporales, que considera evidentes en sí mismas. Las ortodoxias monolíticas que tanto daño han hecho en este año que terminó.
Porque esas ortodoxias monolíticas vienen acompañadas de inspiraciones y de destinos mesiánicos. No es, como suele predicarse, el espíritu de los tiempos. Es el espíritu de los amos. Un ejemplo claro, también vivido en el año que termina, es Israel y lo que está haciendo con los palestinos. Desde los primeros libros de la Biblia, –Génesis, Éxodo, Números, Deuteronomio, Samuel, Reyes- se lee lo que está pasando ahora: “Cuando gracias a Yahvé, tu Señor, haya caído en tus manos (la ciudad enemiga), pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten y serán tuyas las mujeres, los niños, las bestias y todo cuanto en ella hubiere (…) Cuando el Señor Dios tuyo te introduzca en la tierra que vas a poseer y destruya a tu vista muchas naciones, has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. NO contraerás amistad con ellas ni tendrás lástima; no emparentarás con las tales dando tus hijas a sus hijos ni tomando sus hijas para tus hijos. Exterminarás a todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos”.
Es un dios que hierve de celos y de afán de venganza, obsesionado por su absolutismo, como ningún otro en la historia de las religiones, singularmente sanguinario y cruel. Es el rostro que le dieron a Dios aquellos esclavos de origen semita para justificar la conquista de a tierra de Canaán, hoy Palestina, y el destino mesiánico que de ese dios recibían: apoderarse de las tierras ajenas, hasta formar el gran imperio bajo el reinado de David y de Salomón. Eso es lo que están repitiendo ahora contra los habitantes de la misma tierra, los palestinos, por supuesto destino terrenal que su dios les dio y con la misma ferocidad de aquellos tiempos. Estados Unidos y con él muchos países, entre ellos México, optaron también por el dios sanguinario, no por el Dios evangélico que predicó Jesús de Nazaret.
Sólo que Israel es ahora el mesías segundón. Los presidentes de Estados Unidos decidieron, con la misma ortodoxia monolítica y simplista, que Estados Unidos es el nuevo Israel por el destino mesiánico que graciosamente le otorgó el dios estadunidense estampado en los billetes de dólar.
Sólo tres citas del mesianismo estadunidense, porque ya son conocidas.
Reagan, en 1982: “Siempre ha creído que esta tierra ungida fue colocada aparte de manera inusitada; que un plan divino colocó a este gran continente aquí, entre los océanos, para que lo encontraran las gentes que tienen un amor y una fe especiales en la libertad. El tiempo es ahora, para que volvamos a apoderarnos de nuestro destino, para tomarlo en nuestras manos. Está en nuestro poder comenzar el mundo de nuevo, reconstruir el mundo desde el principio”.
Herman Melville, el novelista autor de Moby Dick, con el mismo pensamiento: “Nosotros los estadunidenses somos el pueblo escogido, el Israel de nuestro tiempo; nosotros llevamos el arca de las libertades del mundo. Dios ha predestinado a nuestra raza, y así lo espera la humanidad, para grandes cosas. El resto de las naciones vendrá muy pronto detrás de nosotros. Por demasiado tiempo hemos sido escépticos y hemos dudado de que el Mesías político haya llegado al mundo. Pero ya llegó en nosotros”.
John Adams, también presidente de Estados Unidos: “Siempre pensé con reverencia en la colonización de América como la apertura de una gran escena y de un gran designio de la Providencia, para iluminar la parte ignorante y emancipar la aparte esclavizada de la humanidad en toda la tierra”.
George Bush fue más lejos: se proclamó “justicia infinita”; el que no está con Estados Unidos está contra Estados Unidos. Seguramente le dijeron que era un poco excesivo sustituir a Dios y moderó el lenguaje, pero intensificó y magnificó las acciones del dios sanguinario que exige venganza. La misma ortodoxia monolítica, derivada de las ideas simplistas, inspirada en un mesianismo autoproclamado que expresa y justifica el espíritu de los amos y da fundamento a los imperios, a las dominaciones, a los despojos y a las masacres, rebautizadas como guerra contra el terrorismo. Las guerras contra abstracciones no son nuevas en la humanidad: guerras contra las falsas religiones, contra la herejía, contra el judaísmo, contra el Islam (la ahora no es la primera), guerras santas, guerras contra el mal. Ya lo dijo Bush: guerra del bien contra el mal. ¿Alguna vez se habrá mirado adentro? México no es la excepción: hoy nos gobiernan los buenos, que luchan contra el mal del pasado y eso les justifica cualquier cosa, pero no remedian el mal concreto que es la injusticia profunda de este país.








