César Tirado Villegas
César Tirado Villegas, representante de la Escuela Superior de Ingeniería Química e Industrias Extractivas (ESIQIE) ante el Consejo Nacional de Huelga, fue amigo de Florencio López Osuna por 37 años. Escapó de la muerte y la detención en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, para dirigir lo que quedaba del movimiento estudiantil. En enero de 1969 fue detenido y torturado, acusado de tramar el asesinato del general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa. Participó en la manifestación del 10 de junio con Raúl Álvaréz Garín y otros sesentayocheros, de la denuncia contra el expresidentes Luis Echeverría y otros exfuncionarios civiles y militares por “genocidio”, presentada en 1998.
En noviembre de 1964, descubrí que había un lugar donde muchos estudiantes del Instituto Politécnico Nacional asistían a tomar sus alimentos, frente a la Alameda de Santa María la Rivera; se llamaba Centro Camionero.
Y cierto, era estudiantes de distintas partes del país, la mayoría sinaloenses. Por esos años, mi vida se construyó con conductas provincianas que contagiaban a todo aquel que hiciera ronda con ellos. Así conocí a muchos, quienes me aceptaron en sus círculos de convivencia. Así conocí a Florencio López Osuna.
Un día Florencio llegó a ese lugar, y con el afecto que le caracterizó siempre, me dijo: “Pai, ¿me permites sentarme?”. Y así muchas veces durante el año de 1965, no encontramos de la misma forma, hasta hacernos amigos.
Él era, como fue toda la vida, un ser que conversaba con mucha circunspección, pues escrupulosamente buscaba una atmósfera de distinguido y buen trato. Él era, como fue toda la vida, un ser carismático y al mismo tiempo un hombre sencillo. Para í, era un amigo fascinante, con el podría caminar o sentarme a conversar sobre lo que acontecía en el país y en el mundo, en ese particular momento. Y su sueño más grande era entender los procesos económicos, para contribuir más tarde en la construcción de una nación justa.
Siempre, aún en su vida profesional como maestro, se preocupó por dejar claras sus ideas en torno de la economía política, en la que él abundaba con mucha nitidez. Nunca se prestó para conversar de otra forma que no fuera de manera seria.
Como jóvenes comprometidos, militantes, coincidimos en muchas acciones de solidaridad, como fue en 1967, en el movimiento de la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar de Ciudad Juárez, y como fue en las jornadas de apoyo a la Revolución Cubana y en contra de la intervención yanqui en Vietnam, en distintos momentos. Juntos, también salimos a pintas varias veces, para hacer patente nuestra lucha.
Fuimos, ambos, militantes comunistas, y muchas veces unimos nuestros pensamientos para concertar efuerzos; él en la Escuela Superior de Economía, yo en la Escuela Superior de Ingeniería Química e Industrias Extractivas del Instituto Politécnico Nacional.
En el Congreso de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET), realizado en León, Guanajuato, en los primeros días de 1968, compartimos momento a momento el desarrollo del congreso, frente a un evento en el que grupos poderosos fincaban sus expectativas de control, para su beneficio personal, a tal grado que la Presidencia de la República comprometía recursos millonarios para sostener el aparato espurio.
La Federación Nacional de Estudiantes Técnicos nunca tuvo una cultura de transformación social, era un órgano de manipulación, útil a las políticas del gobierno de personeros del Partido Revolucionario Institucional.
De ese congreso regresamos con posiciones fuertemente sólidas. En la práctica la FNET perdió el control de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, que avanzaban hacia posiciones democráticas, de manera consistente.
Luego, juntos asistimos a la Marcha por la Ruta de la Libertad. Juntos, por tren, partimos de la Ciudad de México hacia Salamanca, donde nos unimos a los que habían iniciado desde Dolores, Hidalgo. La siguiente noche, pernotamos cerca de un cementerio en las afueras de Valle de Santiago. Ahí pudimos conversar durante horas. Y más tarde nos tiramos a dormir sobre cartones, que pobladores llevaron, luego de una sorprendente y calurosa bienvenida. Florencio encabezaba el contingente de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional. Pero más adelante, cuando la columna de mil 500 jóvenes se encontraba entre dos colinas, el Ejército nos cercó y apuntando hacía nosotros sus armas nos obligó a regresar a nuestro lugar de partida.
En su delgadez, lo recuerdo aquella noche serio, responsable, sereno, dueño del tiempo que le tocó vivir. Dueño de sus sueños, de sus anhelos de cambio y de esperanza.
El movimiento estudiantil popular de 1968 hizo que volviésemos a estar juntos, y siempre hicimos un espacio para intercambiar puntos de vista respecto del desarrollo del movimiento. En la casa del estudiante poblano vivían dos jóvenes de la Escuela Superior de Economía. Ellos siempre mantenían informados de lo que acontecía en las asambleas de su escuela. Y muchas veces sirvieron de puente para cruzar mensajes entre Pai y yo.
Las cosas se fueron complicando, pero nunca perdimos el contacto.
Al fin, Florencio López Osuna tuvo su cita con la tragedia de su vida, la tarde del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas.
Por muchos años hubimos de encontrarnos y hacernos saber nuestros secretos más íntimos,, y examinarlos con la mayor honestidad posible. Ciertamente tuvimos constituciones tan distintas, pero igual de frágiles y dolorosas. Ambos renunciamos a los reflectores que había frente a los dirigentes del 68. Tuvimos muchas razones para hacerlo. Ambos buscamos la paz interior, ambos quisimos reconfortarnos en un intento para preservar lo mejor que tuvo el movimiento de 1968. Él me pedía comprender y aceptar así las cosas. Pero hace tres años, yo le dije: Ya no más, es hora de hablar, es necesario, tanto silencio mata…
Un día antes de que apareciera su foto en Proceso, las fotos en las que se mostraba la verdad de lo que fue el genocidio perpetrado por los asesinos Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, Marcelino García Barragán y Luis Gutiérrez Oropeza, autores intelectuales de la matanza en Tlatelolco, vi en el rostro de Florencio la tragedia de su vida. Ese día debimos haber caminado, debimos haber hablado, pero ya no lo hicimos más.
Se fue sin decirme, sin decirnos hasta pronto.
Una vez escribí. “En la Plaza de las Tres Culturas hubo muchos muertos por el gobierno asesino, entre ellos dos compañeros: Leonardo Pérez González, joven egresado de la Escuela Superior de Economía, poblano, quien años atrás me invitara a participar en la política, en un momento pude haberme concentrado nada más en mis estudios, y Gilberto Reynoso Ortiz, condiscípulo, cuya muerte fue para mí como un cuchillo que cortó mis entrañas. Muchos compañeros asistimos a su entierro. Su madre ante la tumba, con lágrimas en los ojos, recordó el momento en que salió de su casa rumbo al mitin que se verificaría en Tlatelolco. Ella le dijo: “cuídate, hijo”. Él le contestó: “Si no regreso, no te preocupes, nos vemos. ¡Hasta la victoria siempre!”.
He vivido muchas muertes, como fueron los cobardes asesinatos de Joel Arriaga y Enrique Cabrera en 1972 y 1973, amigos míos, que fueron en Puebla extraordinarios luchadores, jóvenes muy limpios, que me antecedieron en las luchas estudiantiles de los años sesenta y que murieron en dos crímenes de Estado, por los que también deben dar cuenta Luis Echeverría Álvarez, Mario Moya Palencia y Gonzalo Bautista O’Farril, éste gobernador del estado de Puebla en aquellos años de terror.
He vivido el juicio sumario, por haber acusado de conspirar para asesinar a Marcelino García Barragán, en enero de 1969. Fui sometido junto con otros dos compañeros por el secretario de la Defensa Nacional y los generales Crisóforo Mazón Pineda y José Hernández Toledo. Y luego liberados. Héctor Jaramillo no apareció nunca.
He vivido las palabras solaces y de sentencia, siempre respetuosas, que en volvían el mundo de Florencio López Osuna. Nada era tan hermoso como poder distanciarse de las opiniones fáciles respecto de las cosas difíciles que nos tocó vivir. La puerta de su casa estuvo abierta para mí siempre, y siempre tuvimos una expresión de aliento del uno para el otro.
He vivido las ilusiones y la mirada feliz de Florencio López Osuna, y he vuelto a sentir al amigo con el que conversé tantos años. La última vez me dijo que sentía un gran orgullo por su hijita, quien había decidió estudiar economía, como él un día decidió estudiar.
Yo no sé cuándo es que la vida termina, y no sé por qué así.








