En medio de dudas y contradicciones, suspicacias e imprecisiones, yerros ministeriales y judiciales, las pesquisas sobre la muerte de Florencio López Osuna, exdirigente del movimiento estudiantil de 1968, dejan en claro la incapacidad de la Policía Judicial para identificar y detener a una mujer que de antemano fue absuelta por el delito de homicidio y que en caso de ser detenida podría ser acusada sólo por el delito de robo.
Aunque en el cuarto 309 del hotel Museo de la Ciudad de México aparecieron muchas de sus pertenencias, los peritos corroboraron que López Osuna falleció de “muerte natural” a causa de una congestión visceral. Y sólo fue “bolseado”, es decir, le robaron todo su dinero.
Sin embargo, la indagatoria oficial, a cargo de la Fiscalía Desconcentrada Cuauhtémoc, la Política Judicial y los Servicios Periciales, de entrada se contradice.
Mientras que la Fiscalía señala que el cuerpo fue reportado y levantado por los peritos el 19 de diciembre, la Policía Judicial, empleados, familiares y amigos señalan que la muerte del exdirigente estudiantil ocurrió el jueves 20. El error se repite al menos en cinco ocasiones para hacer constar y dar fe de la actuación de policías preventivos, Policía Judicial y Servicios Periciales.
El procurador Bernardo Bátiz dice sin ambages que el caso de López Osuna “no es político”. Pero para sus compañeros que tuvieron participación activa en 1968 “parece ser otro crimen de Estado”. Para ellos, “la extraña muerte” de Florencio López Osuna parece que no tiene explicación.
De inmediato, la autoridad descarta el delito de homicidio. Tampoco encuentra indicios para presumir un crimen de Estado o un complot. Y menos un aviso para los sesentayocheros que claman justicia.
Pero la pregunta de sus compañeros flota en el aire:
“¿Cómo te puedes explicar que a dos semanas de la publicación de esas fotos muera en condiciones tan sospechosas? ¿No se te hace muy raro que no haya aparecido esta mujer que dicen iba con él?”, dice Ana Ignacia Rodríguez Márquez, La Nacha, a la reportera Sandra Rodríguez Nieto,
La muerte de Florencio López Osuna, a quienes sus compañeros del Comité 68-98 lo consideraban un “testigo de cargo de primera línea” para esclarecer los crímenes de lesa humanidad que se atribuyen al expresidentes Luis Echeverría, cayó como un balde de agua fría.
Muchos lo consideran un “acto de intimidación” por parte de las fuerzas oscuras que se mueven en el anonimato y la impunidad, y de entrada descartan que pudiera ser una acción del porrismo (al que López Osuna investigaba en la Vocacional 5), por no tener la capacidad para llevar a cabo un crimen que no deja huella.
A López Osuna, simple y llanamente, lo dejaron sin un centavo en la bolsa. Sin cartera, reloj, ni dinero. Pero eso sí, con lentes, llaves y credenciales. Nada sobre un probable homicidio. Todo apunta para un presunto robo.
De los testimonios recabados se desprende que el exdirigente estudiantil bebió de más antes de morir de congestión visceral.
En la trama reconstruida, la autoridad judicial no visualiza manos extrañas. Un recorrido de Proceso por los lugares y horas en que fue visto la víspera de haber aparecido muerto en el hotel Museo, muestra un ambiente poco hostil.
En las horas en que presumiblemente llegó al café Montes, ubicado frente a Viana Insurgentes y Puente de Alvarado, en la colonia Buena Vista, el escenario parece común a la zona: dentro de café de chinos, una decena de comensales; afuera, dos taxis ecológicos en esperas de clientes; a escasos 10 metros del lugar, un grupo de sexoservidoras y sexoservidores que descubren sus miserias, también en espera de clientes.
A diferencia de muchos de los entregados que presumiblemente conocían al profesor López Osuna y que ahora ya no lo recuerdan, Miguel Villanueva Bárcenas, encargado del café Montes, describe paso a paso las cosas que sucedieron en torno de Florencio López Osuna. Repite casi a pie juntillas las declaraciones que hizo ante la autoridad ministerial.
Dentro de la maraña destaca que la mujer fue la que tomó la iniciativa, se le acercó y empezó a solicitar canciones. Él simplemente accedió.
La misma actitud se refleja en el video tomado por la cámara de seguridad del hotel y que pudo ser visto en detalle por este reportero. La mujer va al frente. A escasos centímetros le sigue López Osuna. Ella no pierde la iniciativa. Habla con el encargado, se registral y paga. Les dan la habitación 309.
En el video, López Osuna viste de traje oscuro y camisa azul. En todo momento, mantiene una actitud pasiva. La mujer lo registró con el nombre de Carlos López Peña. Tan falso como el nombre de Julio Alemán con el que se registró otra persona ese mismo día.
El personal del hotel ya no quiere saber nada del caso. A regañadientes la encargada de a recepción mal contesta las preguntas que se le formulan. Simplemente alcanza a decir que Ángel Muñoz Cisneros, quien estaba de turno la madrugada del deceso del dirigente estudiantil, está de vacaciones.
En el restaurante La Especial, otro de los lugares que frecuentaba López Osuna, a unos pasos del Califa de Léon, don Chema, mesero y amigo de Florencio López Osuna, ya no está. Cayó enfermo. Desde hace tres meses no trabaja. La causa: una fuerte cirrosis.
La rocola suena a todo volumen y se mezcla con el ruido de la televisión. Pocos recuerdan al profesor. Desde hace un año se le dejó de ver por el lugar. Agustín Reséndiz Chávez, encargado de La Especial desde hace 25 años, describe al exdirigente estudiantil sereno, tranquilo, retraído, siempre de traje azul. Siempre bien vestido, bien arreglado.
Fumaba Raleigh. Solía pedir brandy Presidente o Don Pedro. Tomaba una o dos copas y se iba. “No se atornillaba en la mesa”, recuerda.
El establecimiento, ubicado en la avenida Ribera de San Cosme, cierra entre las dos y tres de la madrugada. No había una amistad. “Su amigo era don Chema. Pero a mí me saludaba por mi nombre, aunque pocas veces lo atendí”, refiere Agustín Reséndiz. En la cantina La Castellana ni lo recuerdan. Los meseros sólo cuchichean. Hay temor de verse involucrados en una investigación que se mantiene abierta porque hasta el cierre de esta edición no había aparecido la misteriosa mujer.
La Dirección de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal dice estar convencida de que el deceso de López Osuna fue producto de una muerte natural.
Más aún, sostiene que en materia pericial el asunto está prácticamente cerrado, y que en todo caso solo faltaría corroborar si las células vaginales encontradas corresponden a la mujer que entró al hotel Museo en compañía de López Osuna.
En los estudios practicados se trabajó particularmente en la búsqueda de alcohol y drogas. Sólo se encontró alcohol. El equivalente a 195 mililitros de alcohol, que representa un consumo aproximado de menos de siete copas.
En la búsqueda de cocaína, opio, mariguana y anfetaminas, los resultados fueron negativos.
Los peritos también se abocaron a la búsqueda de tóxicos venenos (“y más cuando se nos dijo de quien se trataba”, refieren). El resultado salió negativo.
En la búsqueda de fármacos, narcóticos,, algunas pastillas para dormir, los resultados también salieron negativos. Lo único que encontraron fue alcohol, insisten.
Sin embargo, admiten que siguen algunas cosas pendientes.
La inspección ocular, a cargo del personal de los Servicios Periciales, acompañada de decenas de fotografías, no muestra signos de violencia.
López Osuna quedó recostado, cubierto con sábanas. Ya sólo vestía playera y trusa. Las fotos muestran la salida de líquido café oscuro de la boca, con acentuado olor a alcohol.
Pericialmente, su cuerpo no presentaba lesiones ni amoratamiento común en los casos de asfixia.
Aparentemente, todo en orden. Su ropa colgada en el armario. Lentes, agenda, cigarros. El baño en orden.
Tras la inspección ocular, su cuerpo fue llevado al anfiteatro, para una revisión corporal. Tampoco se encontraron signos de violencia. Su cuerpo no presentaba lesiones externas. Simplemente, se quedó dormido.
El estudio criminalístico de campo no aporta más elementos. El médico forense tampoco reporta nada fuera de lo normal, salvo una congestión visceral, un corazón cargado de grasa. En su cuerpo sólo alcohol y fuerte presencia de células vaginales, que se presume pertenecen a la mujer con la que se hizo acompañar.
Los estudios concluyen que López Osuna falleció víctima de una congestión visceral generalizada, por lo que pericialmente se da por prácticamente concluido el caso.
La autoridad no tiene elementos para presumir un homicidio ni un suicidio. Y en cambio, son muchos elementos para señalar que murió en forma natural a causa de una congestión visceral.
Ministerial y judicialmente el caso sigue abierto mientras no aparezca la mujer que, se asegura, está plenamente identificada.








