Sanjuana Martínez
Francisco Eduardo de la Vega y Ávila tenía 24 años cuando ingresó en 1968 a la prisión de Lecumberri. Estudiante de ciencias políticas, había sido detenido por la policía durante una reunión del Partido Comunista: le torturaron, le acusaron de seis delitos que no había cometido (homicidio, secuestro, robo, lesiones, daño en propiedad ajena y resistencia de particulares), le procesaron y juzgaron en precarias condiciones de defensa, y la condenaron a 10 años de prisión, de los que permaneció durante tres confinado en la crujía “C” de la tristemente célebre penitenciaría.
Allí reencontró a Florencio López Osuna, el líder del 68 muerto hace dos semanas. “Con López Osuna se muere algo de cada uno de nosotros. No debimos haber permitido que muriera. No debemos permitir que nadie más muera así. Nos incumbe. Es necesario decir: ¡Basta! Poner un alto. No con las armas, sino con la razón, con la denuncia”, dice en entrevista telefónica.
De la Vega y Ávila ofreció a la reportera las fotos inéditas tomadas por él de forma clandestina durante su estancia en la cárcel: “No me gusta el protagonismo, pero me siento en la obligación de hablar, creo que es el momento”.
La hipótesis del asesinato de López Osuna le ronda en la cabeza a De la Vega y Ávila, al igual que a muchos de los hombres y mujeres que sufrieron la represión de la guerra sucia priista durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta.
“Si fue asesinado, lo habrían matado porque él se había convertido instantáneamente en un símbolo, porque iba a seguir hablando, y eso iba a mantener fresco el crimen de Tlatelolco; y porque él era testigo contunden demás cosas que iban a salir a la luz y a ellos no les convenía.”
Las fotografías reflejan distintos momentos de la vida en prisión de los líderes del movimiento estudiantil del 68, un triste capítulo de la reciente historia mexicana: lo más generoso y comprometido de la juventud de México fue castigada brutalmente por la represión del Estado.
Imágenes
Uno a uno, Francisco Eduardo de la Vega y Ávila va evocando e identificando a los hombres que aparecen en las fotos de Lecumberri. Los recuerdos que va desgranando son los de una generación perdida.
La primera foto muestra los portones metálicos de las celdas de la crujía “C”, celdas en las que fueron recluidos los estudiantes; en una de ellas puede leerse “El Tili”, por el apodo de Tilico que le pusieron a López Osuna, a quien también llamaban Flaco; ese forzado alojamiento le perteneció durante casi tres años.
Se refiere luego a la foto del equipo de futbol con camiseta de la UNAM. “Ese es el campo de la prisión de Lecumberri. Nos sacaban una hora al campo de futbol una vez a la semana”. El resto del tiempo se lo pasaban en la crujía, “ya que teníamos prohibido trabajar en los talleres”.
Empezando por la izquierda con la gente que está de pie, el primero es Gilberto Guevara Niebla, el portero. “Le sigue Joel Arriaga Navarro, miembro del Partido Comunista. A Arriaga lo ametrallaron en 1972 en Puebla; lo mataron por sus actividades políticas, iba en el carro con su mujer y a ella no le tocó ni un balazo”.
Después de una pausa, continúa: “El que sigue es Luis Sánchez, maestro normalista , y después está Florencio López Osuna; seguido de él, Camarena, y después Arturo Martínez Nateras, el más panzón que ni siquiera jugaba futbol, lo hacía malísimo; por último, de pie, está José Luis Becerra Guerrero, mejor conocido como El Virus o Pepito el Diablo. Sentados, primero a la izquierda, está Juan El Reconciliación; Luego Antonio Morales El Mezorongo. Tocando la pelota está Federico Rosas, alias El Comino; luego está Raimundo Padilla Salazar, conocido como El Chacal de Gorostiza o Barril Grande, luego Ángel Juan Heredia Espinosa, El payaso.
La relación pormenorizada continúa: “Luego, el que se suicidó, Jesaí Díaz Cabrera. Por último está Fernández Gamundi, que tenía una pierna vendada”.
De la Vega pasa entonces a explicar la foto ubicada en las bancas de granito, en el patio de la crujía “C”.
“A la izquierda, de pie, el primero es López Osuna; el de la guitarra es El Pino, Salvador Martínez Della Rocca, que recibía lecciones de guitarra de El Flaco. El que está con una gorrita, como un bonete, es William Rosado Laponte, puertorriqueño; el que está detrás agachado con la gorra en punta es Raimundo Padilla Salazar, El Barril Chico.
“A la izquierda de Padilla, atrás, aparece Jesaí Díaz Cabrera: su foto recorrió el mundo, fue una imagen de la toma de la preparatoria de San Ildefonso donde hay un tipo con las manos en la nuca y los codos abiertos y un soldado le está dando un culetazo. Este mucho terminó muy afectado por la prisión, porque se sabía inocente, todos éramos inocentes, pero algunos teníamos una militancia política, pero Jesaí no era militante político y se deprimía porque la incertidumbre era tremenda, no sabíamos cuándo íbamos a salir; finalmente él quedó libre en el 70, pero quedó muy afectado, se deprimió mucho y entonces se metió a un hotel con su novia, la mató y se mató él. Lo raro del caso es que se murieron los dos con pistolas diferentes, su novia murió con una 32 y él con una 22. En las pertenencias de la novia encontrarlo una credencial de la Dirección Federal de Seguridad, al parecer al novia era del DFS, pero nunca se supo si esa había sido la causa de la tragedia.
“Al lado de Jesaí está Federico Barrera, y a la izquierda, El Comino”, luego está Miguel Eduardo Valle Espinoza, El Búho, con anteojos y la mano en alto haciendo payasadas, era muy bromista.
“Luego está Félix, un muchacho muy pobre que tenía que lavar ropa ajena en la prisión para poderle dar algo de dinero a su mamá, era una tragedia clásica.
“Abajo, sentado con las manos juntas, está José Piñeiro Guzmán, era un muchacho muy interesado en la defensa de los derechos humanos, estudiante de la Facultad de Derecho, al que torturaron mucho, pero él sigue siendo una gente con mucha resistencia y mucho equilibrio emocional y ha logrado resolver todas las secuelas que esto deja.
“Pegado a él está Manuel Rodríguez, le llamaban El Tongolele, porque a la hora de los interrogatorios le daban ataques epilépticos, era hijo de un carnicero; no era estudiante, pero cerca de su casa quemaron un camión y él salió de curioso a verlo y eso le costó tres años de cárcel. Agarraban parejo.
“El que aparece a su izquierda con una cachucha, camisa y muñequera blanca era un delincuente común, Macario Alcalá Canchola, un asesino en serie que mataba prostitutas y dejaba con lápiz labial en el espejo de cada escena del crimen la leyenda: “Reto a Cueto”. Vivía allí con nosotros, porque si lo sacaban a otro sitio, los demás presos lo mataban por todas las muertes que debía. Pero allí empezó a enviciar a más jóvenes”.
La otra foto que describe De la Vega y Ávila es en la que aparecen al fondo unos barrotes con un grupo de presos, se trata de la despedida que le hacían a cada uno que lograba su liberación. En el extremo izquierdo, el primero es Gilberto Guevara Niebla, quien fue subsecretario de Educación. Luego está Félix Lucio Hernández Gamundi, con las manos en la cara; venía de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Poli. Atrás está Florencio López Osuna; no se le ve la boca porque se la tapa otra persona, pero se alcanza a ver sus ojos y su frente amplia. El que está abajo es Gerardo Unzueta Lorenzana, con lentes, miembro del Partido Comunista, que actualmente es dirigente del PRD, ha sido periodista toda su vida. La espalda más ancha es de Javier, un muchacho muy valiente. Después, con el pelo en la frente, es Juan, un sinaloense. Luego, el que tiene también lentes, es Saúl Álvarez Mosqueda. Luego el perfil de El Mozorongo, Antonio Morales, que se regresó a su tierra, Veracruz, para volver a trabajar en el ingenio azucarero; sus padres eran campesinos, él se vino a México y lo agarraron en una redada casualmente, no estudiaba. El de la cabeza cana es un Ferrocarrilero, Mario Hernández Hernández, uno de los íconos de la crujía, respetado por todos. De camisa blanca, de espaldas, se encuentra Félix Goded Andreu, encarcelado junto con su hermano Jaime, miembros los dos del Partido Comunista. Luego está Pablo Gómez, pegado a la reja, miembro del Partido Comunista, ahora senador por el PRD; junto con él fuimos los primeros en salir al extranjero”.
Florencio
“Siempre iba bien peinado, con zapatos limpios, vestido de negro, sobrio, de hablar muy parco. Eso era El Flaco Osuna, muy afable, muy solemne, muy caballeroso, muy educado. Era muy guapo.”
El recuerdo de López Osuna no lo deja y ha sido determinante para que De la Vega se decidiera a hablar:
“No hay una sola persona que lo conoció antes y después de la cárcel, que no lo quiera. Todos sentíamos por él una admiración y respeto absoluto, un reconocimiento a su calidad personal, a su bonhomía. Florencio nunca tuvo ningún enemigo. A el todo el mundo lo respetaba y apreciaba, por su estilo, su calidad, su paciencia con los demás. Defendía sus argumentos con la convicción de sus ideas, pero se negó a casarse con militancia de partido político alguno porque le parecía que de esa manera hubiera traicionado esas mismas ideas.
“Cuando nos daba el carcelazo, un estado de ánimo que le da al preso cuando se va su visita, entonces quedábamos desplomados, tristes. Entonces nos íbamos a platicar con dos personas: Luis González de Alba y Florencio López Osuna, porque siempre tenían una charla amable. Florencio sacaba una guitarra y cantaba canciones de Alfredo Zitarrosa, o corridos norteños, como buen sinaloense.”
De la Vega comenta que López Osuna venía de una familia muy humilde, pero tenía un estilo muy refinado: “Florencio era principesco; sus maneras producto de la nobleza, para nada vulgaridad, era una finura absoluta. Nunca fue un tipo arrogante”.
Víctima
López Osuna era un testigo de cargo. Más que una entrevista, sus declaraciones a Proceso eran un testimonio: “Su muerte es muy oportuna, por eso despierta sospechas. Incidentalmente, el dramatismo de la fotografía publicada en Proceso lo ubica a él en la proa del barco, es la punta de lanza. En caso de que haya sido un asesinato, es una especie de mensaje para que todos nosotros permanezcamos en silencio”.
De la Vega está molesto por la información aparecida en torno de la muerte de su amigo López Osuna, principalmente porque de manera oficial su muerte se ha manejado como un problema de alcoholismo, y se ha desvirtuado la imagen del líder del 68: “Osuna siempre fue una persona decente, afable y vertical a quien la represión lastimó en su dignidad y derechos elementales como ser humano. Fue una víctima del sistema político que aceptó y fomentó la deificación del presidente de la República en turno durante más tiempo del que podía tolerar la gente. Hoy Florencio materializa el aplastamiento a un movimiento democrático que apostó a la legalidad y al respeto, al derecho a disentir del poder.
“Ante la sociedad queda como un problema de congestión alcohólica. Desacreditado, deshecho, sin articulación interna. Es una forma de descalificarlo. ¡Y no es justo! Florencio fue otra osa, hay que mostrar sus facetas. Hay que decirle a la sociedad quién fue Florencio. Qué hizo. Hay que contar lo que sabemos.
En ese momento, la voz de De la Vega se entrecorta: “Debimos haber querido más al Flaco, debimos haberlo abrazado más de lo que lo abrazamos y hacerle sentir que nos hacía mucha falta. No debió nunca haber entrado a ese hotelucho. Quién sabe qué haya ocurrido. Ésa es la duda que nos queda”.








