Julio Scherer: “Plural” y el encuentro con Octavio Paz

El escritor Adolfo Castañón, coordinador general de Relaciones Editoriales del Fondo de Cultura Económica, envió el 27 de septiembre una carta al periodista Julio Scherer García invitándolo, en nombre de Marie-José Paz y de la propia editorial, a escribir un texto para la edición conmemorativa de los 30 años del nacimiento de la desaparecida revista Plural.

Scherer, a su vez, le respondió enviándole un texto inédito.

Ambos documentos se transcriben en seguida:

Carta de Castañón

Distinguido y apreciado amigo:

Nuestra común amiga, la señora Marie José Paz, sugirió a nuestro Director General el Mtro. Gonzalo Celorio, que el Fondo de Cultura Económica organizara una conmemoración de la fundación de la Revista Plural dirigida por Octavio Paz durante la gestión de usted como Director de Excélsior. Dicha conmemoración no podría realizarse cabalmente sin su participación, ya que como reconoció el propio Paz en diversos textos, la revista se realizó gracias ala generosa orientación que usted le hiciera.

El acto conmemorativo se realizará el día miércoles 24 de octubre a las 19:00 horas en la Librería Octavio Paz en Ave. Miguel Ángel de Quevedo; en dicho acto participaran algunos miembros de la Redacción y amigos de la revista como el Mtro. José de la Colina o el Sr. Danubio Torres Fierro. Además de ese acto, nuestra amiga común Marie José Paz nos ha sugerido realizar una pequeña plaquette con textos y testimonios tanto de los miembros de la Redacción como de algunos colaboradores, dicha obra se distribuirá en el curso de ese acto.

Aunque sé que el tiempo es muy breve, nos gustaría pedirle que tuviese usted la gentileza de escribirnos algunas líneas o bien algunas páginas para ser incluidas en dicha publicación. El plazo final para entregarnos dicho documento sería el próximo miércoles 3 de octubre.

De antemano, le agradezco la atención que presta usted a estas líneas tanto como su respuesta.

Reciba usted un saludo afectuoso y cordial de su amigo Adolfo Castañón.

 

La página de Scherer.

A fines de 1970, no tenía Octavio una visión clara de su futuro. En México había sentido el rechazo. Ni siquiera la Universidad Autónoma de México le había ofrecido una cátedra. Tantos años en el exilio, solía vérsele como a un extraño.

Caminábamos por los jardines del hotel “María Cristina”, en la calle de Río Lerma. Me decía que le pesaban las circunstancias del país. La sevicia contra el rector Ignacio Chávez, en 1966, lo había sacado de quicio. Triste y desengañado, melancólico por  el inmenso bien perdido, pensaba que la UNAM tardaría años en levantarse. Y luego había venido la matanza del 2 de octubre, que no necesita del año para recordarla como la barbarie que fue.

Yo había leído El laberinto de la Soledad y era un convencido del genio de Paz. Me pareció natural, como la aproximación de dos amigos, ofrecer a su talento el periódico que dirigía. “Sus páginas son para ti”, le dije por primera vez tocábamos el tema. Me vio con extrañeza. “Ya hablaremos”, prometió.

Al nombre de su revista le dimos vueltas y revueltas, como le gustaba decir a Octavio. La pluralidad en el país era ya una exigencia de la época. La mentira carcomía los cimientos de la sociedad. Simulaban los funcionarios, simulaban los gobernadores, simulaban los empresarios, simulaban los diputados, simulaban los líderes obreros, simulaban los secretarios generales de las ligas agrarias, simulaban los dueños de periódicos, simulaban los artistas y los escritores. La máscara la habíamos hecho nuestra.

De pronto, como ocurre siempre, dijo Octavio con la certeza del enigma resuelto: “Plural”

Ese día, el del bautizo, fuimos al “Passy”. Los huisquis dominaron la mesa.

Mucho después, cuando la metástasis cancerosa extendía el veneno por todo su cuerpo, vi a Octavio extraviado en su propia perplejidad:

“Del cuello para arriba todo está bien; del cuello para abajo, priva un desorden absoluto”. Hablaba de la contradicción que lo postraba, inseparables la lucidez y la desesperación.

Días antes de su muerte, escuché la voz queda del hombre que se iba:

“Aún aprendo. Hasta el último minuto el hombre puede aprender”.

En silla de ruedas, de la recámara a una silla colmada de flores y libros, lo había llevado su enfermero, un hombre fuerte.

“Hércules”, le decía el poeta.