Sanjuana Martínez y María Lourdes Pallais
MADRID/WASHINGTON, DC.- En medio del mar Aral, entre Kazakstán y Uzbekistán, se encuentra la isla Bosrosdenie (“renacimiento” en ruso). Allí, se encuentran abandonados barriles de 250 kilos de bacilos de ántrax. Fue lo que quedó de décadas de producción de armas biológicas y bioquímicas desarrolladas en ese lugar por la Unión Soviética.
Pero el mar Aral prácticamente se secó. Los ríos que lo alimentaban fueron desviados por razones agrícolas y eléctricas. Barcos de mediano calado quedaron varados en un desierto de arena. Los barriles abandonados en la isla Bosrosdenie quedaron al alcance del cualquiera que –relajadas las medidas de seguridad por falta de presupuesto- puede llegar incluso a pie.
Una investigación del diario alemán Frankfurter Runds –publicada el 1 de octubre- reveló la facilidad para obtener alguno de estos barriles con ántrax.
Dice el diario: “En 1997 científicos estadunidenses hicieron estudios del suelo de la isla y encontraron altos grados de contaminación debido a que los barriles en los que se guardó el ántrax se oxidaron y tuvieron fugas. Las ratas están infectadas y son portadoras de esta bacteria”.
Y es que, agobiado por una severa crisis económica, el gobierno ruso prácticamente perdió el control de muchos centros de producción e investigación de ese tipo de armas.
De acuerdo con el científico Ken Alibek –jefe de armas biológicas de la Unión Soviética, de donde desertó para ir a Estados Unidos- había 18 plantas de producción e investigación en diversos puntos del territorio soviético. A finales de los ochenta, la capacidad de producción de ántrax era de 5 mil toneladas anuales, además de la producción de otras armas con patógenos como lassa, marburg, machupo, viruela…
Alibek es ahora director del área científica de la corporación Hadron Inc., y, desde el 11 de septiembre, asesor del gobierno estadunidense para establecer los posibles vínculos entre los ataques terroristas y los subsecuentes casos de ántrax que han provocado histeria en Estados Unidos.
Ya en 1999, en su libro Biohazar (Peligro biológico), advirtió: “Virus y bacterias pueden ser obtenidos en más de mil 500 bancos de microbios en todo el mundo. Hay muy pocas restricciones al comercio transfronterizo de patógenos (…) Agentes biológicos que alguna vez estuvieron bajo resguardo en instalaciones gubernamentales soviéticas ahora están circulando en el submundo criminal ruso”.
Así, señaló, “el arsenal de un Estado o grupo terrorista decidido podría incluir armas basadas en tularemia, ántrax, fiebre Q, tifo epidémico, viruela, brucelosis, encefalitis equina venezolana, toxina botulinum, dengue, encefalitis rusa, Ébola, Mapocho y Junín, por nombrar algunas enfermedades estudiadas en los laboratorios de la exUnión Soviética”.
Todo ello, a pesar de que el régimen de Moscú firmó y ratificó la convección de 1972 sobre armas biológicas y tóxicas, que prohibía la producción y almacenamiento de estos instrumentos de guerra.
Contactos y operaciones
Los temores de Alibek fueron, al parecer, fundados. De acuerdo con el reportaje Report Mainz de la televisión alemana, Mahmund Salim –lugarteniente de Osama Bin Laden, detenido en Munich en 1998- confesó que participó en contactos para realizar operaciones de compra de materiales para fabricar armas químicas, bacteriológicas y, también nucleares. Dichas operaciones, dijo, se realizaron a través de las mafias rusas y los contactos tuvieron lugar en Bielorrusia, Alemania, República Checa y Rusia desde 1999.
Según este reportaje, las autoridades alemanas han detectado seis operaciones de compra de material nuclear en el marcado negro y una lista con 106 opositores del régimen talibán que los terroristas debían liquidar.
Sin embargo, según el citado reportaje, Bin Laden ya tiene en su poder armas nucleares, químicas y biológicas que compró mediante un agente de nacionalidad búlgara por 200 mil dólares.
Jamal Ahmed al Fadl –desertor de Al Qaeda que se sometió al programa de testigos protegidos de Estados Unidos- dijo a los servicios secretos que Bin Laden le encargó contactar a Salah Abdel Mobruk, exoficial sudanés, para encargarle la compra por 1.5 millones de dólares de plutonio de grado militar de origen sudafricano. Recibió 10 mil dólares, pero fue relevado en 1994, antes de cerrarse el trato, aunque un miembro del Frente Islámico de Sudán le dijo que el uranio sería comprado en algún lugar de Chipre.
El informador “arrepentido” dijo que Bin Laden quería fabricar bombas atómicas o, en su defecto, las llamadas “bombas sucias”, un artefacto convencional que al estallar esparce material radiactivo.
Jamal Ahmed Al Fadl rompió sus relaciones con Bin Laden en la primavera de 1996, porque, aseguró, le robó dinero. Además, al ver que su vida peligraba, pidió asilo en una embajada de Estados Unidos.
Según el diario árabe Al-Watan Al Arabi¸ Bin Laden ofreció en 1998 a la guerrilla chechena 30 millones de dólares en efectivo y dos toneladas de opio afgano a cambio de 20 cabezas nucleares y de que en su grupo trabajaran “cinco científicos nucleares de Turkmenistán”.
Ahmed Ressam, miembro de Al Qaeda detenido en diciembre de 1999 cuando planeaba supuestamente un atentado en el aeropuerto de Los Ángeles, declaró ante el juez que en Afganistán practicó con cianuro y otros gases, particularmente para introducirlos en el sistema de aire de un edificio.
Además, de acuerdo con la prensa italiana, la policía interceptó conversaciones después de la detención del ciudadano libio Ben Heni Lased, según las cuales se intentaba reunir un arsenal de productos químicos y venenosos en Europa para llevar a cabo un nuevo tipo de guerra contra la sociedad occidental.
De acuerdo con la Asociación Norteamericana de Medicina, existen 17 países con armas bioquímicas. En total, 159 naciones han firmado los tratados de desarme biológico, pero existen 35 que se resisten a suscribirlos. Entre los que tienen arsenal químico y bacteriológico se encuentra Siria, Libia, Corea del Norte, China, Argelia, Egipto, Israel, Sudán, Azerbaiyán, Kazakstán, Kirguistán, Tayikistán, Paquistán, Afganistán, India, Irán, Irak, Taiwán, Birmania y Vietnam. Dos tercios de los no firmantes están en el Oriente Cercano y del sudeste africano, donde existen aliados claves de Bin Laden y su organización internacional terrorista. Solo Irán cuenta con casi 2 mil toneladas de agentes químicos.
Fuga de “cerebros”
El descuido ruso sobre el control de sus armas biológicas se extiende a los científicos que las desarrollaron. Ello también tiene preocupado a Estados Unidos, país que desconoce el paradero de la gran mayoría de ellos.
Durante el 2000, por ejemplo, un porcentaje muy bajo de estos científicos –alrededor de 6 mil de los casi 80 mil- estuvo bajo cierto control de Estados Unidos. Los demás, desempleados, podrían haberse dedicado este año a vender sus conocimientos a grupos terroristas o países como Irán, Irak o Corea del Norte, según documentos oficiales estadunidenses.
“Si bien es cierto que el proceso de monitoreo de (los científicos exsoviéticos) ayuda al Departamento de Estado a supervisar las actividades de los que trabajan con fondos estadunidenses, los acuerdos establecidos (para su contratación) impiden controlar lo que hacen cuando están bajo contrato”, según un documento de la Oficina de Contabilidad General (GAO, por sus siglas en inglés) titulado Armas de Destrucción Masiva: El Descuido del Programa Científico del Departamento de Estado.
Como resultado, Estados Unidos conoce poco sus actividades fuera de los programas que el Departamento de Estado financia.
“El Departamento de Estado carece de información exhaustiva sobre el número total y la ubicación de científicos de primer nivel en importantes centros e institutos de investigación biológica bajo el ministerio Ruso de Defensa”, según el informe del GAO para el Subcomité de Operaciones Internacionales del Senado.
En el tercer piso de un edificio en Obolask, en Rusia, por ejemplo, existe una bodega que parecía totalmente inofensiva. Pero almacenaba una de las herencias más mortíferas de la Guerra Fría: Laboratorios para diseñar y crear ántrax y otras plagas de forma genética. Se trataba del Centro de Investigación Estatal para Microbiología Aplicada.
“A pesar de que no existen cifras precisas, funcionarios de centros científicos estiman que, cuando cayó la Unión Soviética, entre 30 mil y 75 mil científicos trabajaban en esas instituciones. Estas cifras no incluyen a los miles de científicos y técnicos más jóvenes (de los mismos centros)”, según otro documento del Departamento de Estado.
Desde el 31 de octubre de este año, Estados Unidos ha financiado 590 proyectos en 431 institutos, especialmente en Rusia y Ucrania, pero también en Armenia, Georgia, Kazakstán, Uzbekistán y Kirguistán, según el documento de la GAO.
Los proyectos, de una duración de seis meses a tres años, incluyen investigaciones en varias áreas, como drogas contra el cáncer, limpieza ecológica y seguridad de reactores nucleares.
El Departamento de Estado dice “que no puede” financiar todos los proyectos que llenan sus requisitos técnicos, por “falta de fondos”, según funcionarios de esa institución. Por ejemplo, en marzo de este año, la junta directiva del centro que encabeza el Departamento de Estado para estos fines, revisó 148 propuestas de científicos bioquímicos rusos, de las cuales 92 llenan los requisitos para financiarlas.
Pero sólo 31 propuestas fueron financiadas, las “que contaban con el mayor número de científicos de alto nivel, mérito e instituciones con más posibilidades de proliferación”, según las mismas fuentes.
A principios de los noventa, Estados Unidos y otros países occidentales empezaron a tomar conciencia del peligro de la proliferación desatada del conocimiento de bioquímicos rusos. Fue por 1992 cuando miles de científicos soviéticos, ahora sin país y sin trabajo, empezaron a caer en la tentación o se vieron obligados a ganarse la vida vendiendo sus conocimientos a los mejores postores del mundo apenas globalizado, según las mismas fuentes.
Desde 1994 hasta fines del año pasado, Estados Unidos ha financiado 590 proyectos y ha empleado a casi 9 mil 700 bioquímicos y científicos de la extinta Unión Soviética, apunta el documento que critica al Departamento de Estado en la contratación de estos bioquímicos exsoviéticos.
“El porcentaje de la población total de científicos y bioquímicos que trabajan en la actualidad con fondos estadunidenses es de entre 12% y 32% del total”, según el documento de la GAO, elaborado entre diciembre de 2000 y abril de este año.
Es más, Estados Unidos “no monitorea de manera directa las actividades o los resultados del trabajo de los proyectos que trabajan con fondos del Departamento de Estado”.
“Nadie sabe dónde esta” la gran mayoría de los biólogos que no desertó hacia Estados Unidos o Gran Bretaña, dijo el científico Alibek hace un par de años. Como él, en ese entonces, muchos podrían haber terminado en Irak, Siria, Libia, China, Irán, quizás Israel, quizás India.
“Uno de los graves problemas que enfrentamos ahora es que hasta los (biólogos soviéticos) que permanecen en Rusia, son un peligro importante como informantes de posibles compradores. Necesitamos diseñar una manera de contratarlos. Es mucho más barato invertir fondos en ellos para que se dediquen a su trabajo científico que permitir que vendan sus conocimientos a otros”, agregó.
Lo más peligroso es que muchos de estos biólogos conocen la fórmula genética que el Alibek desarrolló, que es el grado más mortífero del ántrax, según un artículo de The New Yorker, escrito en marzo de 1998 por Richard Preston.
El ántrax diseñado por Alibek es probablemente una de las armas biológicas más potentes en el mundo. “Es muy posible que bioquímicos iraquíes, por ejemplo, estén familiarizados con la fórmula”, según Preston, uno de los primeros escritores que entrevistó a Alibek antes de la publicación de su libro en abril de 1999.
El miércoles 17, el doctor Alibek, parco, controlado, dijo que dudaba que los últimos casos de exposición al ántrax sean parte de “un ataque masivo”, pero no descartó que se tratara de una represalia terrorista tras los bombardeos de la coalición estadunidense contra Afganistán.
“Encontraron una manera poco usual de infectar a la gente. Esta técnica no podría producir víctimas masivas. Pero, al mismo tiempo, podría provocar un alto número de víctimas y casos de infección”, dijo en la cadena CNN.








