Hugo Hiriart
En cualquier ciudad grande, el dinero es más perceptible que, por ejemplo, en el campo o en una ciudad chica de provincia. Porque, desde luego, hay más en qué gastar, y eso, claro acentúa las diferencias de estatus económico, de capacidad de gastar. Y esa condición crea, en parte, la tradicional visión de la ciudad como pecadora infernal, como lugar de corrupción e impureza, la Babilonia malvada que deslumbra, atrae y destruye, sobre todo la virtud.
Nueva York no es la excepción: el demérito es aquí en extremo perceptible. No sólo por la variedad enorme y alta calidad de las ofertas en absolutamente todos los órdenes de la vida (fui a una comida por ejemplo, en una casa cuyo dueño tenía dos Rolls Royce y dos Bentley, uno azul oscuro, impresionante, en la cochera, a la vista, porque parece que tiene más coches guardados. Una sola pregunta establece mi punto: ¿cuántos Rolls Royce has visto circulando en la Ciudad de México?).
Y no sólo en eso se percibe el dinero, digo, sino principalmente en que es manifiesto que la incansable, frenética actividad de la gente aquí, ese caminar apresurado, erguido, brusco, esa prisa, esa irritabilidad por cualquier demora, que caracteriza el neoyorquino, está ligada, casi siempre a imperioso impuso de ganar dinero, dinero y más dinero.
Y, bueno ¿qué estoy diciendo?, todo mundo sabe muy bien que hay un realismo práctico, de corte materialista, en el modo de ser estadunidense: el business (pronúnciese bisnis), el negocito, el money talks o el dinerito habla, ¿dónde esta el bisnis?, bisns are bisnis, compadre, (negocios son negocios y no metas otras consideraciones) que alcanza obsesión totalizadora en la famosa (y falsa) equivalencia time is money, tiempo es lana.
Pero dinero, de todos tan ansiado aquí, ¿qué es? Wallace Stevens, uno de los más grandes poetas estadunidenses del siglo XX, responde en un verso:
Dinero es poesía pura
Y, no, no está loco Stevens: el dinero es todo lo que puedes hacer con él, es ese juego de posibilidades, ese haz de metáforas, esa fantasía. Si quitas la fantasía del dinero, no queda sino en papel, papel inerte como piedra.
Puedes decir: hay fantasías y fantasías y ésta el dinerito, mejor lo controlas antes de que haga de ti lo que ella quiere y te desmenuce ofuscando tu buen juicio. Sí, de cuerdo, pero ese no es el punto. Mira este curioso poema de Philip Larkin en el que el dinero le reprocha el poeta no sé qué misteriosa incapacidad de gastar:
Quaterly, is it, money reproaches me:
“why do you let me lie here wastwfully?
I am all you never had or good and sex.
You could get them still by writing a few
Cheques.
(Los cuartos, esto es, el dinero,
me reprocha:
“¿Por qué me dejas yacer
desperdiciado?
Soy todo lo que nunca tuviste
de bueno y de sexo.
Puedes alcanzarlo firmando
unos cuantos cheques.)
¿Te parecen desalmados desagradables, estos versos? Hay gente, no poca, a la que le entra vergüenza grande al hablar de dinero. Le parece impúdico, tal vez. Pero no, estos versos tan sólo exploran un costado de la experiencia humana inusual en poesía.
El otro domingo fui a Great Neck en Long Island, cerca de Manhattan. Great Neck es literalmente Gran cuello, pero no quiere decir eso, como Cuernavaca no dice que ni de cuerno, ni de vaca, sino tan sólo es el nombre propio de un lugar. Great Neck, un lugar elegante, de ricos, forma parte de la llamada Gold Cost (Costa de Oro), cerca de ahí tenían los Guggenheim, por ejemplo, desmesuradas habitaciones, parques y lagos.
En un lugar así, no lejos de aquí, vivió Gatsby, El Gran Gatsby que soñó Scott Fitz gerald en su obra maestra. Esta novela se iba a llamar Trimalcón porque está inspirada en un episodio genial en extremo de El Satiricón, la novela romana atribuida a Petronio, donde se narra con fuerza, lucidez y gran maña literaria, un banquete que Trimalcón da a un grupo vario y numeroso de invitados. Trimalcón es un nuevo rico, para más señas un liberto (o esclavo manumiso), ostentoso, vulgar y riquísimo. Los invitados, a la mayoría de las cuales el liberto ni siquiera conoce, devoran los raros platillos que él sirve, pero como es usual, no quieren la mano que los alimenta, y lo critican y murmuran de él sin piedad.
La regla de oro de la clase ocioso del gran libro Veblen: no eres rico si no muestras tu riqueza (de ahí las casotas, los cochesotes, etcétera), se vuelve aquí contra Trimalcón quien da y ostenta su riqueza, pero recibe a cambio murmuración y desprecio porque entre otras cosas al dar, ofende, humilla, rebaja.
Fitzgerald parte de esta situación, admirablemente retratada, como digo, en la novela de Petronio, pero le da un giro inesperado y muy inventivo: Gatsby está desesperado y muy enamorado de una novia que tuvo (casada con otro hombre, riquísimo, también, pero vulgar, vecino suyo). Todo en Gatsby es enorme: la riqueza, el amor, el misterio que lo rodea, el idealismo es que mantiene vivo su amor.
Así logró Fitzgerald una de las grandes narraciones sobre el dinero en la literatura del siglo XX. En ese libro la afirmación de Stevens “el dinero es poesía pura” se encarna, electriza y cobra vida que pareciera imposible, por dramática, que pudiera llegar a tener un millonario, pero lee la novela y verás que sí es posible. Con un estilo, un sentido de la articulación y con un olfato literario como el de Fitzgerald todo, hasta hacer intensamente un millonario, se vuelve posible y aún verosímil








